Historias

Anécdota viajera: La historia del moto ratón

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Hace muchísimos años – unos 18 más o menos – cuando empecé a trabajar, me enviaron a Cereté, un pueblo de la costa Colombia a unos 15 minutos de Montería.

En esa época no era frecuente el uso de los “moto taxi”, conocidos hoy en día como “moto ratones”, pero allá ya era muy común este servicio como parte de la movilidad. Personalmente no me gustan las motos, pero a veces toca adaptarse, y como no había taxis, la única manera para ir de un lado a otro dentro del pueblo era esa.

Cuando debía salir a las ferreterías o hacer alguna vuelta de la obra, tomaba un “moto ratón”. Con el paso de los días ya tenía 2 conocidos que siempre me ofrecían el servicio, y se convirtieron en mis transportadores de confianza.

Ya habrían transcurrido unos 3 meses, 3 meses de ires y venires casi, 3 meses de crear vínculos con los lugareños incluidos mis conductores estrellas.

Pero una mañana… uno de ellos me llevó hasta el centro y me esperó para llevarme de regresó al hospital, y antes de subirme a la moto y agarrarme de su cintura… me dijo:

–       Doctora, con todo respeto, ¿usted me aceptaría una invitación a comer helado?

Y yo que suelo ser ácida con los hombres que me cortejan (bueno, solía), por más respetuoso y todo, me congelé inmediatamente. No le dije que sí, y le dije que lo pensaría, pues tampoco quería que me fuera a dejar tirada.

Sin embargo, mi actitud ya no era la misma y desde ese día lo evitaba al máximo.

Una tarde que caminaba hacía la casa, sin esperármelo, me alcanzó…

Yo me asusté, y me preguntó ¿qué porque había cambiado?  ¿que, si me había molestado por la invitación? y ¿qué porque siempre andaba con guardaespaldas? pues después de eso, iba con la señora que hacía el aseo en la obra a hacer todas mis vueltas. Yo me salí por la tangente y continué mi camino.

Esta no es una anécdota que muchos supieran, pero en estos días se las conté a mis hermanos y todos al unísono dijeron (bastante enternecidos):

–       Ayyyyyy noooo, ¿y por qué no aceptaste?

Yo de precavida no lo hice, pero seguro que, si la historia hubiera sido otra y hubiera terminado en el periódico, se hubieran preguntado ¿por qué putas acepté la invitación de un extraño?

Igualmente me hicieron sentir culpable, así que casi 20 años después para subsanar mi odiosidad, ando esperando a que otro “moto ratón” (preferiblemente en una Ducati o una Royal Enfield), me invite a comer un helado. Prometo que esta vez, si lo pensaré.

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