Historias

Anécdota viajera: Un pescado parlanchín camino a Santiago

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Los viernes cómo es costumbre, publico mis anécdotas viajeras, las cuales escribo la noche anterior.

Normalmente antes de enviarlas se las leo a mi hijo como parte de su rutina para dormir, a él le encanta escucharlas y su entusiasmo comienza desde antes de irse a la cama.

Por lo general le gustan las que para él son divertidas, y como buen crítico me lo dijo un día: Esta muy buena tu historia mamá, pero no está tan divertida como tal otra.

Yo le expliqué que no todas son graciosas, es más, puede haber algunas trascendentales, tristes y hasta tenebrosas.

Pero hoy me la puso difícil porque no solo esperaba algo gracioso, sino que me pidió que escribiera una anécdota que lo incluyera a él. Y de paso, ya me comí bastante espacio contándoles todo esto, así que tocó algo corto.

Agustín (mi hijo) desde muy pequeño ha hablado mucho, nosotros le decimos que es un pescado parlanchín. También suele ser muy simpático, atributo por el cual no nos destacamos precisamente sus padres.

Cuando tenía 2 años y medio lo llevamos a Europa, y en una ocasión tomamos un tren nocturno de Madrid a Santiago de Compostela. Los camarotes estaban divididos para mujeres y hombres, así que Quique se fue hacía un sector y yo al otro, decidiendo que el niño se quedaría conmigo.

En el compartimiento iban 2 mujeres, una mujer de 55 años y su hija. Yo comencé a organizar las cobijas y las almohadas, mientras Agustín aprovechó y entabló amistad con la señora y se le instaló en su litera.

Cuando menos pensé le había sacado sus 12 carros y le estaba diciendo como se llamaba cada uno, le contó que venía de Cali, que ya había estado en Barcelona, en Madrid y cuál era el resto de nuestro itinerario.

Yo estaba relajada concentrada en lo mío… sin embargo después de unos 15 minutos y cuando yo ya estaba lista para dormir, su interlocutora le preguntó en tono de preocupación:

–       ¿Y… tú siempre hablas así?

A lo cual él muy tranquilamente respondió que sí, y continuo con su monólogo.

Yo al interpretar su angustia, le dije que tranquila, que él se dormía rápido… ella se sonrió y creo que en ese momento rezó para que así fuera.

Por supuesto no me pareció pertinente decirle que a veces hablaba dormido.

Lo pasé a mi litera y después del cuento se durmió. Al amanecer llegamos a nuestro destino, y aunque él quería despertar a su nueva amiga para despedirse, logré sacarlo en silencio.

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba