Opinión

Cali: entre el miedo y la esperanza

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

El terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter, ocurrido el pasado lunes de 10 de agosto en varias ciudades del país, ha puesto a prueba lo que somos como seres humanos. Produce tristeza ver cómo la ideología política llega, en algunos, a rebasar el deseo de lograr que unidos salgamos adelante.

Aún no puedo concebir que, en Cali, algunas personas estén diciendo que no tenemos alcalde, que no lo han visto en acción y que, lo poco o nada que ha hecho, no sirve, cuando, desde el primer minuto, hemos visto a toda la institucionalidad volcada día y noche a la solución de esta tragedia que, como todo a este nivel, no tiene manual. Y no consiste, o no debería consistir, en si votó o no por el alcalde o el presidente de turno, en si pertenece o no al partido político que es de su predilección, consiste en ser sensato frente a lo que una emergencia como ésta exige.

Y puedo entender que no se esté de acuerdo con todas las medidas, que se considere que el camino debió ser diferente y que otro lo habría hecho mejor, pero de ahí a desvirtuar todo lo que se hace porque se difiere del color o partido político, es miserable. De ahí a torpedear las acciones por el simple deseo de figurar, salir en redes y obtener “likes” que deriven en votos, sean propios o para el partido, es infame.

Esta es una etapa que no ha sido fácil para nadie. Todo aquel que vivió el terremoto está afectado de alguna manera: algunos, muchos, perdieron su vivienda, su patrimonio familiar; otros perdieron el lugar en el que vivían y consideraban su hogar; otros tienen afectado su entorno, porque perdieron a algún familiar o ser querido entre los escombros; muchos perdieron su mascota, su compañía. Otros, simplemente, tienen arrugado el corazón al ver tanto sufrimiento que no pueden aliviar, porque todas esas cosas que pasan alrededor afectan, dejan huella y marcan vidas.

Por eso hoy, el llamado es a la sensatez, a pensar en el sufrimiento de aquellos que lo perdieron todo y que ni siquiera tienen claro dónde van a dormir esta noche y por cuánto tiempo podrán hacerlo en el mismo lugar; en los que necesitan empezar de cero y no saben cómo van a hacerlo, porque no tienen cómo; en quienes quedaron solos, porque sus familiares quedaron bajo los escombros; en aquellos que perdieron su fuente de ingreso y hoy, no saben cómo sostener a sus familias.

Y es esa sensatez la que debe llamarnos a ser empáticos, respetuosos y conscientes de que nuestras acciones deben estar encaminadas a ayudar, no a destruir u obstaculizar. Y no digo que se deba guardar silencio ante la corrupción o el delito, pero no es el momento de anteponer las redes sociales y las visualizaciones. Si evidencia un delito, un verdadero crimen, póngalo en conocimiento de las autoridades competentes, pero deje de estarse quejando de que no se ha hecho nada, cuando tenemos mandatarios de frente, en el campo de acción, haciéndolo todo desde la primera hora de la mañana, hasta el último minuto del día. No pierda de vista que ellos también son seres humanos y que, al igual que los damnificados, están afrontando una situación que sólo estaba en supuestos.

Hoy, Cali, Pereira y Chocó, las ciudades más afectadas por el terremoto, se debaten entre el miedo por lo vivido y la esperanza generada por los ayudas que, con constancia, llegan de todos lados. Hoy, dejemos a los políticos de lado, no seamos voceros de sus intereses, seámoslo de aquellos que, en realidad, nos necesitan.

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