Opinión

La hora de la humanidad

Juan Carlos Aguiar

Periodista

La tarde era calurosa y el verano todavía no comenzaba oficialmente en Miami, donde vivo hace algunos años. Llamé a mi papá a responderle una consulta que me hacía por WhatsApp, cuando me cortó para decirme que hablábamos esa noche porque iba saliendo para Ibagué. El anuncio fue como un baldado de agua helada que me dejó pasmado. Era el 12 de marzo del año 2020. Preocupado lo interrumpí para que me confirmara lo que acababa de escuchar. Me dijo que iba a cumplir con unas citas médicas y días más tarde celebraría, con un grupo de amigos, los 50 años de haberse graduado como Ingeniero Agrónomo de la Universidad del Tolima. Si mi papá hoy tiene 76 años, imaginen cuántas décadas sumaría aquella reunión.

No soy alarmista y mi papá lo sabe. Pero en una conversación que se extendió por 10 minutos más lo convencí de no viajar. El argumento determinante fue que solo en Italia, un día antes, murieron por coronavirus 200 personas. Quién iba a imaginar que semanas más tarde, en ese país o en España o en Estados Unidos, se pasaría de mil víctimas fatales en lapsos de 24 horas. Para fortuna de mi mamá, de mis hermanos y mía, pero especialmente de sus 5 nietos, tomo la sabia decisión de enclaustrarse en el apartamento en el que vive en San Antonio, un pequeño pueblo en el sur del Tolima.

Imagen proporcionada por el autor

Esta enfermedad, denominada oficialmente como Covid-19 y a la que coloquialmente llamamos coronavirus, llegó para cambiarnos la vida a todos. Por primera vez, en la historia reciente de la humanidad, un pequeño y microscópico virus nos tiene a su merced sin que tengamos muy claro qué pasará en nuestro futuro inmediato. Primero se dijo que solo afectaba a los más ancianos, luego a los inmunodeprimidos y ahora sabemos que es un peligro para todos. Así es, todos estamos expuestos; desde el Príncipe Carlos de Inglaterra hasta habitantes humildes de poblados colombianos, ecuatorianos o venezolanos, han sucumbido ante el poder de un organismo que a simple vista es insignificante. Nadie parece salvarse, ni siquiera porque tenga cantidades inimaginables de dinero. Por coronavirus murió António Vieira Monteiro, presidente del Banco Santander y el hombre más rico de Portugal. Su inmensa fortuna no le alcanzó para comprar un poco más de aire que oxigenaran sus pulmones.

Nadie se salva

No hay un tratamiento exclusivo para coronavirus, no hay vacuna, no hay protocolos de atención. Hoy, científicos del mundo trabajan arduamente, con el apoyo de naciones y de multimillonarios, en busca de respuestas que, hasta el momento, han sido esquivas. Mientras tanto, al igual que en el pasado lo han hecho los militares, hoy médicos y enfermeras están en lo  que son el nuevo campo de batalla: los hospitales. Los equipos de limpieza, que por tanto tiempo han pasado desapercibidos en empresas grandes y pequeñas, están en pie de lucha.

Imagen proporcionada por el autor
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Los sepultureros no descansan, tanto que en Nueva York, capital del mundo, los cementerios y crematorios colapsaron y se hizo necesario realizar entierros en fosas comunes en la isla Hart, frente al Bronx, tras descartar hacerlos en Central Park.

El coronavirus nos está enseñando de moda, ahora vestimos pijamas en nuestras casas; nos está enseñando de socialización, nos reunimos a través de teleconferencias; nos está enseñando nuevos tipos de dolores, nos toca despedirnos de nuestros familiares por videos mientras ellos mueren en una infinita soledad en hospitales y clínicas. Recuerdo como hace apenas dos meses algunos amigos me decían que esto era un invento de los medios y una exageración de los gobiernos. Creo que hoy estamos aprendiendo a vivir con una nueva amenaza. Y seguiremos con ella.

Pero no todo está perdido. Las más recientes fotografías que la Nasa ha tomado del planeta se ve cómo este se ha limpiado, aprovechando la ausencia de cientos de millones de humanos en las calles. Los mares y los ríos se ven más transparentes, mientras los delfines llegan a zonas antes vedadas por los turistas. El aire, ese que tanto falta a quienes padecen la terrible enfermedad, se siente más puro. Y, en todo el planeta, a ciudades y poblados, se acercan animales que antes no se atrevían por sentirse atemorizados. Es como si el mundo se estuviera reiniciando, como si a la raza humana nos estuvieran pegando el mayor susto de nuestra existencia. Es ahora o nunca el momento de entender que es nuestra responsabilidad, otra vez de todos, sin excepción, cuidar esta tierra que es nuestro único hogar.

Unidos

Esta semana hablé con mi papá nuevamente a través de una video llamada. Lleva casi mes y medio encerrado, su barba ha crecido pero su alegría permanece intacta. Me pidió que me cuidara, que cuidara a mis hijos y a mi esposa. Lo hago a diario y cuando salgo a trabajar extremo las precauciones. No quiero que este coronavirus me encuentre desprevenido. Al momento de escribir esta historia (25 de abril de 2020), la Universidad Johns Hopkins, registraba 2.877.487 contagios en 185 países y 201.907 muertes. El número puede parecer corto si lo comparamos con los miles de millones de habitantes que tiene el planeta, pero lo que asusta es su capacidad y rapidez de contagio. Hace exactamente dos meses, el 25 de febrero de este doloroso 2020, había 80.339 contagios en 38 países, mientras que la cantidad de fallecidos estaba apenas en 2.715. Hace dos meses, en Estados Unidos solo había 35 contagiados y hoy el país más poderoso del mundo es el más afectado con 929.730 casos confirmados. Falta saber cuántos más hay rodando por allí sin saberlo. Ni siquiera hay las pruebas suficientes, en ninguna nación, que permitan confirmar la real cifra.

Si no queremos hacer parte de una fatal estadística, hay que acatar las medidas de los gobiernos y auto protegernos. En este momento, según la Organización Mundial de la Salud, OMS, hay 70 posibles vacunas en desarrollo en todo el mundo y varias ya están en la etapa de ensayos clínicos en humanos. Nunca antes la humanidad ha trabajado de forma mancomunada en busca de una respuesta que nos proteja a todos. Este virus logró lo que nadie había podido: unirnos.

Imagen proporcionada por el autor
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Si mantenemos la esperanza y nos aferramos a nuestras creencias, lograremos salir unidos, como humanidad, de esta enfermedad declarada pandemia por la OMS el pasado 11 de marzo. Este virus habría saltado de un animal a un hombre de 55 años en la provincia de Hubei, en China, el 17 de noviembre del año pasado. Al comienzo los primeros casos fueron diagnosticados como una extraña neumonía. Se necesitaron al menos tres meses para que la OMS tomara la drástica medida que hoy la tiene como centro de atención mundial, tanto que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió retirar los recursos que la potencia le asigna anualmente al organismos multilateral. Ya llegarán las investigaciones más adelante y se determinarán responsabilidades.

Hoy, confío en que pronto se reactiven los viajes y mi familia me visite, así podré darle nuevamente un abrazo a mis padres, a mis hermanos, a todos mis seres queridos. No podemos permitir que los besos y los abrazos sigan siendo un arma contra nosotros mismos. Cuando retomemos esta maravillosa práctica, seguro que podremos rendir homenaje a quienes perdieron esta batalla pero que nos ayudaron a entender una nueva enfermedad y a ganar la guerra.

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