Opinión

La sacralidad de la vida y la condición humana de una Senadora

José Aníbal Morales Castro

¿Qué hay en nosotros cuando banalizamos una tragedia de estas dimensiones?
“Les diría a los hombres que
en el fondo de su corazón
casi todos quieren más la paz que la guerra,
más la vida que la muerte,
más la luz que la oscuridad”
(Fromm, 1988)
La vida es sagrada. La vida de una niña es sagrada. Todos los seres humanos tienen derecho a la vida y todos deben hacer lo necesario para respetarla y preservarla. En los mandamientos judeocristianos, el no matarás era ya un principio fundante de la convivencia social y del Estado. La filósofa alemana Hannah Arendt afirmaba que fue Jesús de Nazareth el responsable de que la vida se convirtiera en el valor supremo, de que se convirtiera en algo sacrosanto: “Tal vez sea esta la razón del indiscutible hecho de que solo cuando la inmortalidad de la vida individual se convirtió en el credo central de la humanidad occidental, es decir, solo con el auge del cristianismo, la vida terrena pasó a ser el bien supremo del hombre” (La condición humana, 2005).
Sin embargo, en la época y en la sociedad que nos ha correspondido vivir, podemos constatar a diario que esa sacralidad de la vida no lo es tal para muchas personas. Existen en el imaginario de estas, seres de primera, de segunda y de tercera clase. Los “parias” del mundo son para ellas una expresión normal de la convivencia humana, son los “condenados de la tierra” que bien merecido lo tienen, por alguna razón. Aquello de la igualdad de derechos, de la valoración de cada ser humano como un ser valioso en sí mismo, les parecen apenas palabras vanas, que tal vez sea bueno oír, pero que, en realidad, no tienen ninguna trascendencia en su manera práctica de comportarse.
En 1936, en pleno auge del fascismo, del nazismo y en los comienzos de larga noche de España bajo el falangismo franquista, al enorme escritor y humanista Miguel de Unamuno le tocó asistir a un acto de necrofilia en la Universidad de Salamanca. Cuando, en su discurso, resaltaba el valor de la vida de todos los seres humanos, sin importar su credo político, los esbirros del falangismo gritaban todos a uno la consigna “Viva la muerte, muera la inteligencia”. Ahora, no es posible señalar hacia un solo lado para ubicar a los necrófilos y amor por la destrucción y el arrasamiento de la vida en nombre de sus propios intereses. Las grandes revoluciones del siglo XX como la Rusa (1917) y la China (1949) nos mostraron en algún momento las “gestas” de los seguidores de Stalin o de Mao acabando con las vidas de miles de hombres y mujeres bajo el prurito de la defensa de la igualdad de derechos.
El asunto no es fácil. Bien sabemos que el cristianismo, el mismo que según Arendt contribuyó decididamente a la exaltación del valor de la vida como valor supremo, derivó, en diversos momentos de la historia, hacia congregaciones o hermandades que patrocinaron la esclavitud, la servidumbre, la tortura (por ejemplo la “santa Inquisición) y la persecución religiosa y política.
Un grupo de siete hombres, al menos, integrantes de las fuerzas armadas de la República, violó a una niña indígena de la comunidad Embera-chamí, lo cual, según autoridades indígenas no es un acto aislado, pues en muchas ocasiones han ocurrido violaciones a manos de militares o de paramilitares o guerrilleros, sin que haya habido tanta publicidad. ¿Qué lleva a estos hombres que han sido destinados a defender y garantizar le efectividad de los derechos de todos los colombianos, a agredir violentamente a una indefensa niña? Podríamos decir que es la expresión del machismo, de los supremacistas machos, los que sí saben para qué es la fuerza, para ejercerla contra los débiles.
Erich Fromm, en su obra “El amor por la vida”, escribió: ““El sádico es habitualmente servil con los superiores, pero el desamparado o aquel a quien él puede poner en situación de desamparo- como un niño, un enfermo o en ciertas circunstancias un opositor político- provocan su sadismo” (1988). Son hombres acostumbrados a recibir órdenes, muchas de ellas recibidas con violencia verbal e incluso física, en el marco de un sistema que está concebido para ganar guerras y destruir al enemigo, aunque el propósito constitucional es que haya hombres y mujeres en las fuerzas armadas destinados a construir la paz. Muchos de esos hombres y mujeres seguramente se resisten a realizar actos violentos y destructores, pero otros se regodean en practicarlos.
¿Cuál es la condición humana de estos seres humanos? Debe haber alguna conexión, sin duda, entre estos abusadores sexuales, violadores, y los soldados que en diversos momentos de nuestra historia han realizado los denominados “falsos positivos”, aquella práctica, recompensada y estimulada por los superiores, de desaparecer y matar colombianos con el pretexto de que se trataba de guerrilleros muertos en combate.
¿Qué hay en la condición humana de quienes, anquilosados en el odio y la venganza, siguen buscando la manera de exterminar al “enemigo”, haciendo uso de los medios que encuentren para ello?.
Una senadora de la República reaccionó ante el acto de violencia, diciendo que “Mucho cuidado con esto @mindefensa que no sea un falso positivo como ha sucedido antes”. Fue una reacción al trino de un usuario que había dicho “que le parecía increíble que los soldados fueran condenados por una “denuncia de un gobernador de un resguardo, en zona fariana, y con ‘reintegrados’, que llaman a nuestro Ejército ‘grupo armado ilegal’”. ¿Qué hay en la condición humana de una persona que reacciona de esta manera? Las palabras suelen ser la expresión de lo que somos, de lo que estamos hechos, de nuestra esencia vital, es decir, de nuestra condición humana, de nuestras creencias y convicciones. La senadora pensó primero en los militares que en la niña, su visión, enmarcada en su concepción política del conflicto armado en el país y de la paz y de la guerra, la llevó a tratar de desvirtuar, de manera primordial, que los soldados fueran los actores del repudiable hecho. Con ese tipo de enfoque ha venido actuando desde hace mucho tiempo. Si los soldados son acusados de asesinar colombianos indefensos (“falsos positivos”), se trata seguramente de los “mamertos”, de la guerrilla o de la izquierda que quiere enlodar la imagen de los militares. De esta manera, la sacralidad de la vida, pasa a segundo plano, los derechos y la integridad de ese ser humano valioso y digno que es la niña indígena, pasa a segundo plano, deja de ser relevante.
No, no se trata de un hecho aislado. Es el enfoque, es la cosmovisión de la senadora la que la obliga a actuar así. Es la misma de su marido, el presidente de Fedegan, , la federación de los ganaderos, José Félix Lafaurie, organización ligada de alguna manera y en diversos momentos con el apoyo a los paramilitares, autodefensas, narcotráfico y acciones de grupos violentos. Su expresidente Jorge Visbal Martelo, fue condenado por paramilitarismo. Es una visión que lleva a ciertas élites y sectores sociales a ver en toda acción en favor de la justicia, la igualdad y demás derechos humanos, la malintencionada intervención de los enemigos del orden y de la ley, es decir, de su orden, de su ley. Si se presume que son “mamertos”, izquierda, guerrilla, venga entonces la reacción que se merecen, al costo que sea, con bombardeos incluidos, sin preocuparse por los daños colaterales. ¿Qué mueren civiles? ¿Qué caen niños y niñas? No importa. El fin justifica los medios, al fin y al cabo la vida es un valor secundario frente a la ley y el orden, su ley y su orden. Así, por ejemplo, la “masacre de las Bananeras” no es para ella más que un “mito comunista” que nunca existió realmente, y Gabo, el escritor que se atrevió a narrar la historia, otro comunista que solo merece estar en el noveno círculo del infierno. En la defensa del “tener” por encima del “ser”, la senadora y su entorno harán lo que sea necesario.
Es todo un entorno, una asociación necrófila, lo que se ha constituido, sobre todo desde los años noventa, en el marco del surgimiento de las Convivir, las autodefensas aliadas con el narcotráfico y otros intereses económicos. Por ello, con esta asociación necrófila en el poder, resulta muy claro por qué siguen ocurriendo día tras día las muertes de hombres y mujeres ambientalistas, campesinos, indígenas, todos ligados a alguna lucha por los derechos humanos. Este entorno del poder al que pertenece la senadora Cabal, tiene claro que los líderes sociales no son más que la avanzada de algún tipo de organización guerrillera, de izquierda o “mamerta”. En los dos períodos presidenciales del señor Uribe, la necrofilia alcanzó niveles escandalosos. La mayoría de “falsos positivos” se produjeron en esta época.
Esa es su cosmovisión, no les da para más. ¿Cómo podemos pedir entonces que la vida sea tenida como lo que realmente es, un sacrosanto valor?.
La senador Angela Robledo también reaccionó ante la violenta acción contra la niña indígena, y lo hizo desde su cosmovisión, desde su esencia de mujer comprometida largamente en la defensa de los derechos de las mujeres, no solo de las indígenas. Es fácil seguir su rastro en este sentido. No son imbecilidades lo que se puede encontrar en sus actuaciones públicas, si hurgamos en su pasado. Sus convicciones le impiden callarse ante el oprobio y la violencia. Es también una mujer de carácter, cuando Gustavo Petro decidió deslindarse de Claudia López, ella decidió apoyarla y compartió su programa de gobierno, a pesar de haber sido la candidata a la vicepresidencia de Petro. Pero no se puede esperar que de su boca salgan palabras diferentes al reproche contra cualquier acto violento, no importa de dónde provenga este. Cuando se ama la vida, cuando se es biófilo, cuando es eros y no tanatos guía nuestro camino, no es posible nada diferente. Si los asesinados son soldados, como ocurrió recientemente en una emboscada de un grupo armado del narcotráfico, gritamos que sus vidas son igualmente sagradas y que, por tanto, reprochamos esos actos violentos. Esa convicción biófila nos lleva a rechazar incluso la pena de muerte por las implicaciones que ella puede tener en relación con la presunción de inocencia de muchas personas.
Es la misma convicción que inunda los recintos de la ONU, sus principios orientadores (bueno, también sabemos que hay Estados que los desacatan y los violan), por lo cual la pena de muerte no puede ser establecida en ningún país, solo puede permanecer en aquellos que ya la tenían antes.
Son principios iluminadores, pero, claro, no irradian a todos. Los necrófilos están por todas partes. El racismo, el supremacismo blanco, las políticas antiinmigración del señor Trump y de algunos Estados europeos son expresión de ella. Por ello, no les importa que las jaulas que han levantado para separar a muchos niños y niñas de sus padres y madres, rompan en mil pedazos el tejido social o sus vidas mismas. Sus políticas necrófilas están basadas en el “tener”. ¿El “ser”? Importa poco.
La vida por encima de todo.
¡Qué piensas tú? ¿Cuál es tu cosmovisión?
“¡Para la vida y la paz, todo. Para la guerra, la violencia y la muerte, nada!”
Cali, junio 27 de 2020, en la semana XIV de la cuarenpena, con 2811 muertos y 84.442 contagiados por el coronavirus en Colombia, y 9.815.000 contagiados y casi 500.000 muertos en el planeta.

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