Opinión

La vie normale

Luis Carlos Rojas García

Escritor

Dos de la tarde y quince minutos.

El viento levanta la capa de nieve que cubre al río Saint- Laurent y produce un efecto parecido al de las olas del mar que se estrellan contra las murallas, aunque, esta vez, la brisa gélida opaca los cristales de los autos cuyos conductores retornan a sus casas o se dirigen a sus trabajos a más de cien kilómetros por hora por la autoruta 132. La delgada nieve que no logra atrapar a los autos choca con violencia sobre el pavimento y en cuestión de segundos se cristaliza gracias a los menos ocho grados que cobijan la tarde.

En la radio suena «Partons Vite» de la agrupación de rock-francés: Kaolin. Los acordes de guitarra y otros instrumentos, además de la agradable letra de la canción, producen un verdadero efecto de tranquilidad y armonía, como si algo, en medio de la pandemia y las preocupaciones de la vida, hubiese cambiado.

Entonces, la locutora de radio hace su intervención con su acento québécois, que es bien distinto del francés y, como para complementar la letra de la canción, advierte que en los próximos días los restaurantes, los gimnasios y hasta los eventos especiales serán reabiertos y que es un motivo para celebrar porque regresamos a (la vie normale) que traduce algo así como la vida normal.

Luego, anuncia otra canción y termina su intervención. Entonces, la expresión “la vida normal” se queda dando vueltas en el aire, como si de un presagio se tratase y unos kilómetros más adelante, muy cerca al terminal de Longueuil la duda, acompañada de la incógnita, hacen su triunfal aparición:

¿De qué hablamos cuando hablamos de la vida normal?

Por supuesto, podríamos obtener muchas respuestas que tengan que ver con volver a ser lo que éramos antes de que una pandemia nefasta y farandulera nos pusiera, supuestamente en jaque y nos invitara a cambiar nuestra forma de vivir, aunque ya lo hemos dicho hasta el cansancio que todo eso se quedó simplemente en buenos deseos de unos y otros y en promesas que nunca se cumplirán porque como dicen por ahí: “el que es no deja de ser y guarda para la vejez”.

No obstante, pensar en “la vida normal” crea una suerte de sin sabor para todos los que llegamos a pensar que en verdad las cosas podían cambiar, que todo sería diferente, que las personas tendrían la capacidad de reflexionar, de aportar algo mejor al planeta y a la misma interacción de los seres humanos y a las prácticas de nuevas formas de vida que permitan formar seres realmente sanos para consigo mismos y para la sociedad. Ciudadanos del mundo que llaman.

Sin embargo, y sin querer ser pesimista, el panorama parece ser el mismo. Una cadena de intereses personales que nunca se acaba. Por eso, vale la pena que usted, en donde quiera que se encuentre, se haga una pregunta:

¿En serio quiere que después del confinamiento, de los muertos, de todos esos momentos de angustia y desesperación volvamos a la vida normal?

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