Historias

La visita de Humboldt a Ibagué

Germán Niño

Economista y Bloguero.

En septiembre de 1801 Ibagué era una pequeña población en uno de los extremos del Camino del Quindío. Sus 1000 habitantes eran en su mayoría cargueros, nombre que se daba a aquellas personas que tenían el oficio de llevar pasajeros en sillas que acomodaban a sus espaldas, en el largo y peligroso camino de dos semanas entre Ibagué y Cartago, en el otro extremo del Camino del Quindío. La ciudad acababa de pasar por una epidemia de viruela, una de las tantas que se dieron en Colombia en los siglos XVIII y XIX. Un gran porcentaje de sus habitantes vivía de los pocos ingresos que recolectaban en su duro oficio de atravesar continuamente la cordillera.

Carguero – Foto Germán Niño

A esa pequeña y pobre ciudad llegó en septiembre de 1801 Alejandro de Humboldt, en un viaje de exploración que lo llevaría por varios países de América del Sur. Había viajado por Venezuela y varias partes de Colombia y se dirigía hacia Quito. En los días previos a su llegada a Ibagué había estado en una gran hacienda en la zona de San Luis, de propiedad de Luis de Caycedo.

Humboldt y Luis Caicedo estuvieron 4 días juntos en la Hacienda Contreras, entre el 17 al 20 de septiembre de 1801. Humboldt había salido de Santa Fe el 8 de septiembre, vía Fusagasugá, Pandi e Icononzo. Su impresión acerca de la caña de azúcar que se cultivaba en la hacienda fue mala, él pensaba que la caña de azúcar rendía más en tierras más altas, lo que con el tiempo se demostró estaba equivocado. Quería quedarse otros días en la hacienda, pero un eclipse que iba a ocurrir el 22 de septiembre lo motivó a seguir su viaje a Ibagué. Llegó a nuestra ciudad el día 21 de septiembre de 1801 a las 9 de la mañana, habiendo dormido la noche anterior en la Mesa de Coello. A las 7:19 GMT del día siguiente, ocurrió el eclipse lunar total que estaba esperando Humboldt.

La impresión de Humboldt sobre Ibagué no pudo ser más crítica. Lo dejo narrar: “Ibagué es una mísera aldea en la que probablemente el número de habitantes apenas alcanza a 1000 personas. Es muy extraño que desde la destrucción esta ciudad (comienzos del siglo XVII) nunca se haya podido reponer. El clima es excelente, más suave que el de Fusagasugá; la avanzada edad de sus habitantes da testimonio de la salubridad del aire; el suelo es magnífico y produce cuanto se cultive (productos de clima frío y cálido); el valle es eternamente agradable y hermoso… La culpa es posiblemente la gran capacidad de absorción y desproporcionada magnitud de la capital, Santa Fé, y quizá la cercanía del mismo Quindio. Lo que debiera ser fuente de bienestar se convierte en fuente de miseria. Comerciantes que dispongan de más de 10.000 P. no hay en Ibagué; todo el comercio viene directamente de Cartagena, Mompox y Santa Fé, y la totalidad de la gente común está habituada a la vagabundería de la montaña.”

Pensamiento de Alexander Von Humboldt con respecto a Ibagué

Humboldt quedó muy impresionado con la pobreza y la vida miserable que llevaban la mayoría de los ibaguereños. Escribió lo siguiente: “Es casi imposible imaginar una vida más mísera y sin dinero que la de los cargueros. Alternando los más altos calores con el frío del páramo, expuestos a la humedad de tremendas lluvias tempestuosas, rebajados a verdaderos animales de carga, frecuentemente con la espalda herida, con el riesgo de ser abandonados en la montaña, solos y sin ayuda cuando se enferman de desfallecimiento. Un hombre carga por los Andes 5 a 7 arrobas en 7 a 8 días y, con frecuencia, cuando el camino está muy malo, en 15 días. Se le pagan 10 a 12 reales por arroba y, como el regreso tarda 4 a 5 días, el carguero gana escasamente en un mes 10 – 12 pesos, de los cuales ya ha gastado la mitad antes de emprender el viaje. En un país donde hay tantos animales de carga y donde el trabajo humano es tan escaso, el gobierno debería reducir este oficio, para darle un enfoque más provechoso a la energía humana.”

Carguero en Acción – Foto Germán Niño

A la llegada del Barón, se había producido una escasez de cargueros por cuenta de la epidemia de viruela, debiendo permanecer en Ibagué el resto del mes de septiembre. La epidemia de viruela había acabado con gran parte de estos trabajadores, a tal punto que las alarmas estaban prendidas en la capital del Virreinato y en la ciudad de Honda, las grandes ciudades vecinas al pequeño poblado. Humboldt se refugió en la casa de don Ignacio Buenaventura, hijo de un siciliano, Jacinto Buenaventura, que llegó a Ibagué en octubre de 1727 y se estableció como comerciante en una esquina de la plaza principal. Era, como ahora decimos, el rico del pueblo. El convento de Santo Domingo, situado donde hoy es el edificio del Banco de la República en el Parque Murillo Toro, alojaba apenas a dos monjes dominicos.

Los Buenaventura eran los potentados de la ciudad. Jacinto Buenaventura, honrado y exitoso, hizo una gran fortuna en el comercio de ropas y el abastecimiento de toda clase de víveres y herramientas para las personas que atravesaban la cordillera. En 1750 era poseedor de una fortuna de 5500 patacones de plata. Fue alcalde (1735, 1750), procurador (1731, 1755) y administrador de rentas. En 1747 fue uno de los organizadores de los festejos por la coronación de Fernando VI en España, presidiendo el mismo una parada militar con 100 soldados. Construyó la primera casa edificada en cal y canto en Ibagué, con teja de barro. Esa casa, llamada El Fuerte por los ibaguereños de la época, estaba situada en la esquina siguiente a la iglesia parroquial.

Ignacio Nicolás Buenaventura Padilla, su hijo más conocido, nacido en Ibagué en 1735, fue el anfitrión de Humboldt en su visita a Ibagué. Fue alcalde (1754), juez, teniente del gobernador de Mariquita, administrador de las grandes haciendas de Doima y La Vega de los Padres, geógrafo y constructor del camino hacia Cartago. Es el autor de un bello mapa del Camino del Quindío, que seguramente mostró a Humboldt para su viaje por la cordillera.

Trazado del Camino Ibagué a Cartago – Foto Germán Niño

Humboldt muestra una faceta de los ibaguereños que vale la pena recordar. Escribió que don Ignacio era el hombre más activo y entendido de Ibagué y por su diligencia se ganó el odio de sus conciudadanos de Ibagué a tal punto que casi lo arruinaron. Por la época del virrey don Manuel Antonio Flórez, Buenaventura había abierto el camino de Ibagué a Cartago y lo había hecho tan transitable que en 4 a 5 días se llegaba cabalgando por los Andes.

Construyó puentes (cubiertos) sobre el río San Juan y el Coello, el cual con frecuencia impedía la comunicación con sus crecientes. Levantó en esa época, mapas especiales del Quindío y del valle del Magdalena desde Honda hasta Neiva, mapas que Humboldt copió. En la Revolución de los Comuneros los habitantes de Ibagué exigieron la supresión del impuesto del camino; quemaron los puentes que había construido Buenaventura sobre el río San Juan; destruyeron las pequeñas casas (rancherías) que había establecido él como reposo para los viajeros y en pocos años el camino del Quindío se volvió peor que antes de las construcciones de Buenaventura. La cobarde envidia, diría mi abuelita Paulina.

Humboldt continuó su viaje, le llamó mucho la atención nuestro Nevado e hizo varios cálculos sobre su altura. Pasó por Juntas, hizo varios dibujos sencillos sobre el Nevado y sus compañeros dibujaron la hermosa silueta de nuestra hermosa montaña.

Nevado del Tolima – Foto Germán Niño
Cálculo altura del Nevado del Tolima por Alexander Von Humboldt – Foto Germán Niño

Alejandro de Humboldt nos dejó una imagen sombría sobre aquel Ibagué de 1801, pobre y golpeado por las epidemias. Una ciudad muy bien localizada, pero avasallada por la cercanía de la capital. Una tendencia de 470 años que podemos cambiar en esta nueva pandemia.

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