Historias

Los Niños Esclavos

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

Iqbal Masih tenía cuatro años cuando en el año 1987 su padre lo cedió a una fábrica de alfombras de Punjab (Pakistán) a cambio de un préstamo para pagar la boda de su hijo mayor, Aslam. Era un hecho habitual: los hijos menores eran entregados a cambio de préstamos para reunir una suma apreciable que le permitiera al primogénito construir una casa o adquirir tierras antes de casarse.  En aquellas circunstancias, Iqbal y Patras, el otro hermano menor de Aslam, debían mostrarse solidarios con su hermano y acceder a trabajar para que sus padres pudieran obtener las rupias.

Los dueños de las fábricas recuperarían el dinero prestado a cuotas, descontando mensualmente una pequeña parte del miserable salario acordado con el padre de los niños.  Sin embargo, en éste y todos los casos de niños esclavos, nunca se llega a la restitución total de la deuda en parte debido a los exagerados intereses impuestos por los amos, y en parte debido a los nuevos préstamos solicitados por los padres, que, en el caso de Iqbal, incrementó la deuda inicial de 600 hasta 13.000 rupias en los 5 años siguientes.

Durante estos años Iqbal trabajó más de 12 horas diarias durante las cuales permanecía encadenado al telar donde trabajaba siendo golpeado en varias ocasiones cuando su producción disminuía por el cansancio o el hambre. Cambió de dueño varias veces y entre ellos le daban fama de “libertino”, expresión utilizada para referirse a aquellos que tenían una gran habilidad con el telar, recibiendo mejores tratos que los demás dado que tenía la capacidad de hacer alfombras muy valoradas por los adinerados del lugar quienes las compraban por una gran suma de dinero ya que, además, solo tejía una al año.

Iqbal Masih y Ehsan Khan – Fotografía tomada en 1994

Un domingo de 1992, Iqbal, quien profesaba la religión católica, conoció al también católico Ehsan Khan, un luchador contra el trabajo esclavo y quien había sido el creador del Bhatta Mazdoor Mahaz (Frente de los trabajadores de ladrillos), otra industria en donde también se esclavizaban niños y niñas desde los cuatro y cinco años.  De él aprendería a no tener miedo y reuniendo la fuerza suficiente huyó de sus amos captores convirtiéndose en un líder infantil que denunciaba las condiciones laborales y el régimen de esclavitud en el que viven aún los niños trabajadores.

Gracias a su valentía y con la ayuda del Frente alertó a la policía sobre el sitio en donde era esclavizado, lo que permitió llevar ante la justicia a su último dueño, Hussain Khan, pese a que intentó sobornarles. Hussain fue condenado y su fábrica clausurada, dejando así en libertad a los compañeros de Iqbal.

A partir de ese momento y de la mano de su salvador, Ehsan Khan, quien además también había liderado la fundación de más de 250 escuelas en todo el país, comenzó a estudiar dedicando gran parte de su tiempo a denunciar a los patronos de los telares. En reportajes de televisión emitidos en India, Pakistán y en todo el mundo daba un mensaje que decía: “¡No compréis ninguna de esas alfombras!».

Iqbal se empezó a hacer popular, y numerosas asociaciones humanitarias comenzaron a prestar oídos a una situación que contravenía los derechos infantiles y que el Gobierno había preferido ignorar a pesar de haber suscrito varios acuerdos internacionales como la “Convención contra el Trabajo Infantil,” la cual firmó poco después de que hubiera prohibido la esclavitud por deudas. Pero tanto el trabajo infantil como los trabajos por deudas aún hoy en día no solamente son “socialmente aceptados” en Pakistán, sino que se trata de una muestra de riqueza y poder que no todo el mundo se puede permitir.

En 1994 le fue otorgado a Iqbal el «Premio Reebok a la juventud en acción», instituido para reconocer las actividades en pro de la infancia. Un premio otorgado por Reebok, una multinacional que paradójicamente estaba utilizando mano de obra infantil en sus fábricas de Pakistán (la concesión del premio coincidió con un reportaje de la cadena CBS en el que se denunciaba esta paradoja).

Iqbal en alguna ocasión había dicho que quería llegar a ser abogado, para poder defender con más eficacia su causa. Pero un año más tarde, en 1995, mientras iba en bicicleta, fue asesinado de un disparo.  En 1998 en memoria de Iqbal, se instauró el día 16 de abril, como Día Mundial contra la Esclavitud Infantil y en el año 2000 se le otorgó el «Premio de los Niños del Mundo» por primera vez, a título póstumo.

En Pakistán no existen leyes que castiguen la esclavitud infantil y el 50% de los menores de edad no asisten a la escuela por lo que resulta común encontrar niños víctimas de explotación en trabajos degradantes, a la merced de las humillaciones y mal tratos de sus dueños.

Se estima que, en todo Pakistán, hasta 264.000 menores están trabajando en el servicio doméstico en el que las denuncias de abuso se han convertido en algo habitual.

Cada noche, después de doce horas de trabajo doméstico, Neelum, de 11 años y Pari, de 13, abandonan una lujosa mansión rodeada de césped bien cortado en el deslumbrante barrio de La Defensa en Karachi y regresan al alojamiento de los criados en donde duermen sobre un colchón muy delgado, repleto de termitas y con el hambre que provoca alimentarse de los restos de la comida de otros.

#justiceforUzma – Uzma Bibi

Uzma Bibi, criada de 16 años, fue torturada y asesinada en Lahore por su patrón, que la acusó de “comer un trozo de carne que no era suyo”. Su caso se hizo viral en Twitter con la etiqueta #justiceforUzma, lo que logró que tres personas fueran arrestadas, el patrón incluido quienes permanecen detenidas a la espera de juicio.

En 2018 ya había sucedido lo mismo, protestas en las redes sociales tras la difusión de las fotografías de Tayyaba, una niña de 10 años brutalmente golpeada. Trabajaba para un juez y su esposa. La pareja fue absuelta por los golpes, pero condenada por denegación de auxilio y sentenciada a un año de cárcel.

Cuenta Humaira quien lleva más de una década como “esclava doméstica” que «una vez, mientras jugaba con los niños, me echaron agua hirviendo y me quemaron el cuerpo de la cintura para arriba. No podía caminar. Los patrones entraron en pánico, pero se negaron a llevarme al hospital. Me escondieron durante días y no me permitieron hablar con nadie». Al final, un vecino rescató a Humaira, le ofreció asistencia médica y la devolvió con su familia.

La extrema pobreza y la falta de educación hacen que los padres acepten enviar a sus hijos a estos trabajos en los cuales los dueños pueden hacer con los niños lo que les venga en gana, sin tener que responder ante la justicia. Fuel tal el caso de Bano, una niña de 13 años que trabajaba en Bahria, un pueblo en la región de Rahim Yar Khan, en el centro del país. Su patrón la arrojó por la ventana y le rompió la columna vertebral. No tenía salvación. Murió seis meses después. En lugar de acudir a los tribunales, su padre acordó recibir 300.000 rupias, menos de 2.000 euros, quedando de esta manera su muerte en la completa impunidad.

Aunque Pakistán sea un país lejano, cuya realidad pareciera no compararse con la nuestra, muchos niños en Colombia también son esclavizados por quienes se lucran de su trabajo muchas veces frente a nuestros propios ojos.  Pequeños que en los semáforos limpian vidrios, venden dulces o piden monedas, reciben de los conductores varios gestos agresivos o violentos, o regaños puritanos por no ser capaces de superar su propia suerte.  Algunos más, utilizados como “mulas” para el transporte, almacenamiento y entrega de drogas, muchas veces instrumentalizados por sus propios padres.  Otros más en el doloroso mundo de la esclavitud sexual a merced de las perversiones de los adultos que los compran, venden o alquilan, todo dentro del mercado del mejor postor y de la mayor ganancia.

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