Historias

Los tiempos del abuelo Pedro Antonio

Germán Niño

Economista y Bloguero.

Circula en redes sociales un texto donde se nos pide imaginar cómo fue la vida de un colombiano nacido a finales del siglo XIX, a quien le tocó vivir dos guerras mundiales, la fiebre española, la guerra fría e innumerables crisis durante el siglo XX. Con este texto, buscan mostrarle a los jóvenes que la vida está llena de crisis y duros momentos, para ponerle algo de contexto a la pandemia del año 2020.

En esta crónica, quiero contarles la vida de alguien a quien le tocó vivir todas esas duras experiencias, adicionadas con algunas propias de la vida colombiana de la primera mitad del siglo XX. Mi abuelo Pedro Antonio Niño, protagonista de la crónica, experimentó cada uno de los episodios que destaca el anónimo post que circula en redes sociales. Santandereano, estuvo vinculado al Tolima durante más de 40 años y nos dejó como herencia el orgulloso título de tolimenses.

Mi abuelo nació en Oiba, una pequeña población de Santander del Sur, el 31 de mayo de 1897. Colombia era un país de apenas 4 millones de habitantes, envuelto en una larga serie de guerras civiles. Un par de años tenía apenas el pequeño Pedro Antonio cuando estalló una de esas guerras civiles, que estaba destinada a ser la más grande de ellas. Aunque la guerra no duró exactamente mil días, pasó a la historia como la Guerra de los Mil Días. Con esa guerra se estrenó Colombia en el siglo XX.

La familia del abuelo Pedro Antonio no escapó a las consecuencias de la guerra. Oiba estaba situada muy cerca a El Socorro, uno de los grandes epicentros de la guerra. Los ejércitos iban y venían, destrozando los cultivos y apoderándose de los animales. En diciembre de 1899, en los días previos a la Batalla de Peralonso, uno de los ejércitos combatientes se asentó en la Hacienda de Paloblanco, propiedad de unos parientes del abuelo. En las 2 semanas que permanecieron allí los soldados, acabaron con cultivos, mataron a todos los animales y dejaron a la familia en la ruina y la desolación.

Foto Archivo El Tiempo – Germán Niño

La familia continuaba con grandes problemas económicos hacia 1914, cuando mi abuelo tenía ya 17 años y las noticias de una guerra en Europa apenas llegaban a la pequeña y aislada Oiba. El único hombre en una familia de 5 hijos, Pedro Antonio recibió un impulso inesperado. Los jefes conservadores de Oiba, viendo su inteligencia y sus ganas, decidieron apoyar el sueño de enviarlo a la capital. A lomo de mula emprendió el largo camino hacia Tunja y Bogotá. El destino era la Escuela de Artes y Oficios de los Hermanos Salesianos en La Candelaria, adonde llegó el abuelo a comienzos de 1915, con el único patrimonio de un vale para hacerse un vestido de paño y una carta de recomendación para los Salesianos.

Bogotá en 1915

Bogotá 1915 – Foto Germán Niño

Bogotá en enero de 1915 era una pujante ciudad de cerca de 150.000 habitantes, que tenía varios periódicos y donde los hermanos Di Domenico hacían los primeros pinitos para traer el cine a la capital. El presidente Concha se había posesionado unos meses antes y las noticias internacionales mostraban una dura guerra en Europa, mientras que se preparaba la inauguración del Canal de Panamá para junio de ese año, asunto que todavía dolía mucho en la opinión de los colombianos de comienzos del siglo XX. Un pujante comercio, casi 1000 teléfonos en servicio, rutas de tren hacia varias ciudades, hacían de Bogotá una metrópoli que deslumbró al joven Pedro Antonio. Los salesianos lo vincularon como aprendiz en su Escuela de Artes y Oficios, donde aprendería el oficio de tipografista e impresor.

Escuela de Artes y Oficios Hermanos Salesianos de Bogotá Libro Azul de Colombia – Foto Germán Niño

Los 2 primeros años del abuelo Pedro Antonio en Bogotá fueron relativamente tranquilos y dedicados al aprendizaje. El 31 de agosto de 1917, recién cumplidos sus primeros 20 años, experimentó el primer gran susto de su vida. A las 6 y 36 minutos de la mañana de aquel viernes, hubo un fuerte terremoto que causó pánico y destrucción en Bogotá. El abuelo ya estaba vestido y corrió desde las instalaciones salesianas hasta la Plaza de Bolívar. Allí, según su recuerdo, todavía se movían las montañas de Monserrate y Guadalupe. La ciudad sufrió grandes destrozos y muchas familias que perdieron sus viviendas debieron instalarse en el campo, en la cercana población de Chapinero.

Destrozos en Bogotá Terremoto 1917 – Foto Germán Niño

Lo salesianos siguieron sus actividades y contribuyeron a calmar a los bogotanos, aterrados por las consecuencias del sismo. Paradójicamente, como en muchas de estas crisis, hubo algunas consecuencias inesperadas. La ruina de viejas casas facilitó la construcción de nuevas vías en la capital, que continuó creciendo. Pero algo mucho más grave se avecinaba.

Recién posesionado el presidente Marco Fidel Suárez en agosto de 1918, comenzó a notarse una nueva clase de enfermedad que llegaba de ultramar. Los primeros casos de gripe se presentaron en Bogotá a comienzos de octubre de 1918.  En ese momento no se notó que se trataba de una epidemia. Mucho más tarde, a fines de octubre y principios de noviembre, fue cuando se advirtió que se trataba de algo muy grave. A principios de noviembre la gripa se había propagado al Departamento de Boyacá y también había aparecido en los Departamentos de Antioquia, del Tolima, de Bolívar y del Atlántico, pasando luego a los del Valle y de Caldas. A finales de noviembre también estaban invadidos los dos departamentos de Santander.

Según Pablo García Medina, quien había sido durante varios años Presidente de la Junta Central de Higiene y quien después de la epidemia ocupó el cargo de Director Nacional de Higiene, la población afectada por la epidemia de gripa de 1918 en Bogotá se estimaba en cuarenta mil para el 20 de octubre y para finales del mismo mes la cifra había ascendido a sesenta mil personas. 

La cifra total estimada de muertes por la epidemia llegó a 1.500 defunciones, y el total de enfermos en la ciudad se estimó en cerca de 100.000 personas, esto es, el 80% de la población. Los salesianos aplicaron la cuarentena para sus estudiantes y el abuelo Pedro Antonio, con 21 años, no fue afectado, al menos nunca lo mencionó en su casa, como si recordaba aquel día del terremoto.

Bogotá durante la pandemia de 1918 – Foto Germán Niño
Bogotá durante la pandemia 1918 – Foto Germán Niño

Para enero de 1919, la epidemia paró. No están claras las causas de esta desaparición de la enfermedad. Es curioso, por lo menos para este cronista, por qué se detuvo la emergencia en la capital. Con el 80% de los bogotanos infectados, ya para diciembre de 1918 había pasado lo peor y la epidemia se detuvo. Las cifras de muertes volvieron a lo normal, la epidemia pasó y no hubo una catástrofe. Ocho meses después, para el Centenario de la Independencia en agosto de 1919, Bogotá celebró por todo lo alto, con varios días de festejo. La epidemia fue muy fuerte un par de meses, a nivel mundial produjo millones de muertos, pero fue algo corto en Colombia, sin dejar grandes secuelas. Al abuelo no lo afectó, pero es claro que con 21 años ya había vivido una guerra civil, una guerra mundial, un gran terremoto y una pandemia, aparte de años de pobreza en su Oiba natal. El récord de eventos que nos quieren mostrar los que hablan de lo duro de aquellos años.

Los años 20 en Ibagué

Para 1924, con 26 años, los salesianos le ofrecieron a mi abuelo, que ya era instructor, una oportunidad muy valiosa en la ciudad de Ibagué. En concreto, le ofrecieron la dirección de la Escuela de Tipografía, en el complejo salesiano de la calle 19 con carrera quinta en Ibagué. Pedro Antonio no lo dudo y viajó por ferrocarril a Girardot, pasó por barca a Flandes, tomó de nuevo el ferrocarril y llegó a Ibagué, en febrero de 1924. Los salesianos estaban en plena actividad constructiva, tanto en la calle 19 como en San Jorge.

Ibagué 1924 – Foto Germán Niño

El abuelo estuvo varios años con los salesianos, con los que completó 15 años muy productivos. Los religiosos le permitieron comenzar a hacer sus primeros pinitos empresariales en los años 20s, mientras el mantenía un noviazgo a distancia con una prima en el lejano Santander del Sur. En aquel Ibagué, ya con estación del tren, comunicado con nueva carretera con Armenia y muy cerca de Honda, sobraban las oportunidades. El abuelo vivía en la Plaza de Bolívar, desde donde le escribió esta postal a mi abuela en agosto de 1929:

«Pavita: Muchas noches, sentando en estos parques, he evocado tu carísimo recuerdo y he visto tu blanquísima silueta que se acercaba a hacerme compañía. Me la harás realmente algún día? Pedro.
Postal de Pedro Antonio Niño – Foto Germán Niño

Las cosas se facilitaron más para el abuelo Pedro Antonio con la inauguración el primero de enero de 1930 del puente ferroviario entre Girardot y Flandes. Bogotá quedaba apenas a unas horas de la capital, en un trayecto directo que favorecía al comercio y que hacia igualmente que al otro lado de la capital, los santanderes también estuvieran más cerca.

Pedro Antonio Niño

La novia, su prima Paulina Rodríguez, ya no vivía tan lejos, en un país impulsado por los dineros provenientes de la indemnización de Panamá. Ya era hora de concretar el matrimonio, pues mi abuelo ya era un hombre de negocios con más de 30 años.

Paso del tren entre Girardot y Flandes – Foto Germán Niño

A finales de julio de 1931, mi abuelo no soportó más su soledad y decidió que ya era hora de dar el gran paso del matrimonio. Había recibido varias ofertas para independizarse en Ibagué y pensó que lo mejor era iniciar una nueva etapa con su novia de tantos años. El abuelo invitó a su novia Paulina y a su hermana Luisa a hacer el viaje desde Oiba a Bogotá, para concretar las cosas. Allí en Bogotá, por telegrama, mi abuelo pidió la mano de Paulina. Fue necesario un telegrama al Obispo de San Gil para pedir la dispensa matrimonial por ser los contrayentes primos hermanos.

Mis abuelos Pedro Antonio Niño y Paulina Rodríguez se casaron en la Catedral de Ibagué, el sábado 8 de agosto de 1931, 89 años atrás. Después del matrimonio, salieron de luna de miel hasta Buenaventura, aprovechando la nueva carretera a Armenia, los buenos trayectos ferroviarios de ese momento y el nuevo Hotel Estación, la joya de la corona de aquellos años de bonanza. 

Me preguntaba mi buen amigo Manuel Ramírez cómo se vivieron en Colombia los años de la Gran Depresión de Estados Unidos, es decir aquel periodo oscuro entre 1929 y 1935, con gran miseria para nuestros vecinos del norte. Pues bien, aquí en Colombia todavía disfrutábamos de los 25 millones de dólares de la indemnización por la separación de Panamá y todavía teníamos mucho comercio con Europa. Para mi abuelo Pedro, ahora casado e independiente, fueron años de gloria. Aprovechando la localización de Ibagué, el abuelo hacia negocios tanto en Colombia como en el exterior. Traía mercancía de Estados Unidos, Alemania, Italia, España y algunos países asiáticos. Compró una vieja papelería que existía desde los años 20s en Ibagué muy cerca a la antigua gobernación y al Colegio san Simón, la Papelería Tolima y la convirtió en su negocio principal.

Calle del Comercio Ibagué – Foto Germán Niño

Pedro Antonio Niño también fundó una editorial e imprenta, la Editorial Apolo y ambos negocios los combinaba de manera brillante. Para 1939, era uno de los comerciantes más importantes de Ibagué. Un aviso que publicó en 1939 en un periódico de Honda mostraba como era su dinámica al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando tenía 42 años.

Foto Germán Niño

La Guerra Mundial que comenzó en 1939 fue muy dura para el abuelo Pedro. Su cercana relación a fábricas alemanas e italianas le complicó la vida, pues se formaron listas negras de comerciantes colombianos que hubieran tenido relación con los países del Eje. Su filiación conservadora no ayudaba mucho en aquellos tiempos del gobierno Santos. El abuelo sobrevivió como pudo y mantuvo su dinámica empresarial, “reinventándose” y trasladando parte de sus negocios a Bogotá.

Familia Niño Rodríguez hacia 1940 – Foto Germán Niño

En 1944 el abuelo Pedro seguía muy activo en comercio exterior, como lo muestra este sobre de 1944, dirigido a una comercializadora de productos de papelería en Nueva York. La Papelería Tolima funcionaba en la carrera 3, números 11-02 a 11-14, con el teléfono 12-23, seguía siendo uno de los negocios más importantes de Ibagué en los años 40s, con suministro no solo de papelería en general, pues también manejaba «libros, juguetes, cacharros, novedades, máquinas de escribir, radios, etc.». Funcionaba muy cerca al Edificio de la Gobernación del Tolima. La guerra lo había afectado, como al país entero, pero había sobrevivido y seguía activo en negocios, ahora con 47 años.

Para el récord de eventos, a los 47 años ya había vivido una guerra civil, dos guerras mundiales, un gran terremoto, una pandemia, una gran depresión, años de pobreza en Oiba y años de prosperidad en Ibagué. Estaba casado y ahora tenía 6 hijos.

Sobre 1944 – Foto Germán Niño
Papelería Tolima Años 40 – Foto Germán Niño

El 9 de abril y los años 50s

El abuelo había trasladado parte de sus negocios hacia Bogotá y por alguna razón terminó comprando un hotel en pleno centro de la ciudad. El Hotel Bolívar era una pensión que mantenía niveles de ocupación cercanos al 100%, pero demandaba que Pedro Antonio le dedicara tiempo y esfuerzo. En el año 2014 descubrí la localización del hotel, en plena zona de venta de libros en el centro de Bogotá. Les dejo la imagen de aquel bello hotel.

Hotel Bolívar en Bogotá – Foto Germán Niño
Interior Hotel Bolívar en Bogotá – Foto Germán Niño

El 9 de abril de 1948 el abuelo Pedro Antonio viajó por avión de Bogotá a Ibagué, en uno de los modernos aviones de SAETA, línea aérea fundada en Ibagué en 1946. El vuelo era en horas de la mañana. Al mediodía, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán en el centro de Bogotá, a 3 cuadras del Hotel Bolívar. En pocas horas, el centro de Ibagué estaba en poder de los revoltosos.

La Papelería Tolima fue saqueada y sufrió grandes destrozos, durante los disturbios por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El abuelo Pedro Antonio debió esconderse varios días, dada su condición de conservador en una ciudad liberal como es Ibagué, aún hoy en día. Lo protegieron familias liberales, que conocían de su amabilidad y honradez. En Bogotá, el Hotel Bolívar fue respetado, a pesar de estar en un sitio muy céntrico de la capital.

Periódico de la época – Foto Germán Niño

Con 51 años, el abuelo ya podía decir que lo había vivido casi todo. Una guerra civil de niño y una revolución urbana en su cincuentena, dos guerras mundiales, un gran terremoto, una pandemia, una gran depresión, años de pobreza en Oiba y años de prosperidad en Ibagué, sumados a sus negocios destruidos.

Aún así, siguió adelante con sus planes. Compró un lote en una zona no muy comercial de la ciudad, situada entre la Plaza de Bolívar y el Parque Murillo Toro, en plena carrera tercera. Con mucha visión, logró construir un edificio donde localizó en los primeros pisos la papelería y la editorial, dejando arriba la casa familiar. En diciembre de 1953, 5 años después de la destrucción del 9 de abril, mi abuelo Pedro Antonio inauguraba su edificio. Tenía 56 años, pero ya se le notaban los años de esfuerzo.

Pedro Antonio Niño durante la inauguración – Foto Germán Niño

En 1955, en uno de los frecuentes viajes de mi abuelo Pedro Antonio a Bogotá por la nueva vía construida por Rojas Pinilla, sufrió un derrame cerebral en plena carretera. Aunque se recuperó temporalmente, ya nunca tuvo la salud de antes. No obstante sus quebrantos de salud, en agosto de 1956, celebraron en su casa los 25 años de matrimonio. El 11 de agosto de 1956 también asistió al matrimonio de mis padres Humberto y Gloria en Bogotá. En los años siguientes su salud se vino en picada.

Mis recuerdos del abuelo Pedro Antonio son vagos, pero a la vez muy precisos. Lo veía muy anciano, muy impedido. Recuerdo que le daban de comer y que yo me acercaba y me apretaba muy fuerte la mano. No podía hablar, como consecuencia de sus derrames cerebrales. Pero en el fondo de sus ojos veía el amor a sus nietos y la impotencia por no poder expresarlo. La abuela Paulina siempre estaba a su lado.

Recuerdo muy claramente esa mañana del 25 de mayo de 1968, un día después del gran recibimiento a Pedro Jota Sánchez en Ibagué. Contesté el teléfono y era mi abuela Paulina llorando, contándome la triste noticia de la muerte del abuelo, su compañero de tantos años. Fue velado en la sala de la casa, lo que nos afectó a los cobardes nietos durante muchos años. El domingo 26 de mayo de 1968 fue la ceremonia religiosa en la Catedral de Ibagué.

A su muerte a los 71 años, el abuelo había sido testigo de la historia del Siglo XX. Una guerra civil de niño y una revolución urbana en su cincuentena, la violencia política más grande de nuestra historia, el Frente Nacional, dos guerras mundiales, una pandemia, una gran depresión, años de pobreza en Oiba y años de prosperidad en Ibagué, negocios destruidos y reconstruidos, crisis de salud, hijos y nietos. Una vida que perdura en nuestro eterno agradecimiento.

Familia Niño Rodríguez agosto 1956 – Foto Germán Niño

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Un comentario

  1. Felicitaciones!!! Que gran artículo! Me encantó porque cuando se conoce la historia de su tierra, se enseña a respetar y amar a su gente, las costumbres y tradiciones… Estas son las Noticias que deben conocer todos… Las personas que han hecho grande nuestra tierra Tolimense, con su esfuerzo y principios.
    Que sigan estos artículos con más frecuencia.
    Gracias

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