Opinión

No fue censura

Nelson Germán Sánchez Pérez -Gersan-

Se supone que quien está inmerso en funciones del Estado, públicas o de liderazgo, por Ley y por moral debe apegarse a la verdad y a la legislación, ser ejemplo, no propiciar actos de odio, barbarie, enfrentamientos, derramamiento de sangre ni ser el generador de noticias falsas, especulaciones, teorías conspirativas sin fundamentos, pruebas, indicios o hechos verificables. No se puede confundir el hacer uso de la libertad de expresión con permitir mentir públicamente para confundir, desviar la atención o avivar radicalismos.

Por ello, la decisión que tomaron algunos medios de comunicación estadounidenses de cortar en vivo de la alocución del Presidente Donald Trump cuando este hablaba sin pruebas, de que él había ganado la elección frente al candidato Joe Biden, de que este último se la había robado,  apelando solo a especulaciones en redes sociales y cadenas de WhatsApp, fue el acto más sensato y ético que pudieron hacer en nombre de esa libertad de expresión para no convertirla en un libertinaje locuaz, que afectara no solo la democracia, si no causara desgracias como la pérdida de vidas humanas, socavar la confianza en las instituciones, alentar imaginaciones que pudieran conducir a desastres mayores, que golpearán la convivencia social y la maltrecha economía. Cortar fue un acto deontológicamente correcto, sin un asomo de censura como se ha tratado de descalificar.

Como dice Adela Cortina, no se trata solamente de que la gente tenga el derecho de decir lo que quiera, si no que realmente tenga algo cierto por decir y más cuando se trata de hacerlo públicamente. En esto también coincide Hugo Aznar al hablar de comunicación responsable y la autorregulación de los medios, cuando ha dejado claro que una de las principales obligaciones de estos y los periodistas mismos es “respetar la veracidad y exactitud de la información” y como se sabe hasta hoy, no había nada más que elucubraciones sin pruebas ni indicios de lo que Trump decía sobre el supuesto fraude de las elecciones.

Hans Jonas, en el principio de la responsabilidad, al hablar de la ética para la civilización tecnológica, también ha señalado que en este mundo de la modernidad y mucho más con el avance tecnológico y sus posibilidades inmediatas de comunicar los mensajes, los medios y periodistas debemos tener nuevas dimensiones de la responsabilidad; entender que debido a las redes sociales y los medios modernos,  se permite de forma instantánea que una idea, un hecho, una situación o un mensaje se propaguen casi sin control al no quedar circunscritos en su inmediatez a una esfera íntima o reducida. si no “queda eclipsada por un creciente alcance del obrar colectivo, en el cual el agente, la acción y el efecto no son ya los mismos que en la esfera cercana y que, por la enormidad de sus fuerzas, impone a la ética una dimensión nueva, nunca antes soñada, de responsabilidad” (Jonas, 2000, pag 32.)

Por tanto, en un mundo de frenesí permanente, de información e infoxicación como el actual, que se haya tomado tal decisión vale la pena destacarlo y avalarlo y seguramente servirá tal actitud responsable y valerosa de ejemplo en muchas otras partes del mundo para no hacer eco impávidamente, ni revestir de credibilidad, a una mentira cuando es presentada públicamente por un personaje de cualquier índole.

En Colombia, ejemplos de ello abundan: me persiguen, la corte es izquierdosa, la JEP sirve a las FARC, todos los del centro democrático son paramilitares o mafiosos. Lo hemos naturalizado de una forma absurda y perversa, cuando podríamos evitar el contribuir a radicalismos y odios, al no hacer eco de mentiras de políticos o “líderes”. Mis enemigos no me dejan gobernar, la Minga acabará Bogotá, la protesta ciudadana es guerrilla, hay un complot para sacarme, yo sí hice, cuando los datos, las cifras e indicadores son absolutamente desastrosos y desmienten tales aseveraciones. Por eso, que bien por lo hecho por esos medios en un momento tan crucial para la democracia y la sociedad misma. Hace falta eso por aquí.

La labor de un periodista no es lavarse las manos y acudir al viejo “presentar las dos versiones de los hechos”, no, es precisamente constatar su veracidad. No se trata de que le dé la voz a quien dice que está lloviendo y a quien dice que no, si no que realmente por sí mismo abra la ventana y compruebe, como dicen por ahí.

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