Opinión

Treinta días: cuando gobernar vuelve a significar estar cerca de la gente

Diana María Castillo Trujillo

Diana María Castillo Trujillo

Comunicadora Social – Esp en Política, Cultura y Educación – Master en Dirección de Recursos Humanos.

Hay momentos en la vida de un país en los que el calendario parece avanzar más rápido que de costumbre. Treinta días pueden parecer muy poco tiempo para transformar una nación, pero pueden ser suficientes para mostrar algo fundamental: la voluntad de un Gobierno y la manera en que decide ejercer el poder.

El presidente Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia de Colombia el pasado 7 de agosto. Apenas tres días después, el 10 de agosto, el país fue sacudido por una tragedia que nadie había previsto: un terremoto que dejó muerte, dolor, familias destruidas y miles de damnificados.

Y fue justamente en medio de esa tragedia cuando comenzó a verse el verdadero desafío de gobernar: no administrar desde un escritorio, sino responder cuando la gente más necesita al Estado.

Desde las primeras horas, el Gobierno puso en marcha la atención de la emergencia. Pero el presidente no se quedó en Bogotá esperando informes. Viajó a las zonas afectadas, estuvo en Chocó, en Buenaventura, en Cali y regresó varias veces a los territorios donde miles de colombianos estaban viviendo las consecuencias del desastre.

En Chocó propuso incluso un plan especial para saldar parte de las deudas históricas que el país tiene con ese departamento. Y algo que merece ser resaltado es que las propias autoridades territoriales han comenzado a hablar de una presencia diferente del Gobierno Nacional.

La gobernadora del Chocó y mandatarios locales han reconocido que están sintiendo el acompañamiento de la Presidencia.

Y eso, en un departamento que durante décadas ha reclamado ser escuchado, no es un asunto menor.

Porque gobernar también significa estar.

Estar cuando hay una tragedia.

Estar cuando una comunidad necesita respuestas.

Estar cuando una región históricamente olvidada reclama atención.

Y estar no solamente para tomarse una fotografía, sino para escuchar, tomar decisiones y regresar.

Ante la magnitud de la emergencia, el Gobierno también decretó la emergencia económica, una herramienta constitucional que permite adoptar medidas extraordinarias y priorizar recursos y esfuerzos del Estado para atender situaciones graves que afectan al país. En este caso, significa concentrar capacidades y recursos del Gobierno Nacional en la atención de los damnificados, la reconstrucción y las necesidades urgentes derivadas de la emergencia.

Pero esta tragedia también permitió descubrir otra cara de Colombia: la solidaridad.

Bajo el liderazgo de la primera dama, Ana Lucía Pineda, nació “Colombia, un solo corazón”, una iniciativa que logró articular al Gobierno, al sector privado, organizaciones sociales, voluntarios y ciudadanos para llevar alimentos, insumos y ayuda humanitaria a las familias damnificadas.

Ana Lucía no se limitó a acompañar al presidente en los actos oficiales. Ha estado al frente de la recepción, organización y distribución de ayudas, convirtiéndose en una pieza fundamental de esta respuesta humanitaria.

A ella se sumaron cientos de voluntarios, empresarios, organizaciones y ciudadanos que entendieron que frente a una tragedia de esta magnitud no existen colores políticos: existe Colombia.

También merece reconocimiento el trabajo del vicepresidente José Manuel Restrepo y de todo el equipo del Gobierno que ha tenido que enfrentar una emergencia de enormes proporciones mientras apenas comenzaba una nueva administración.

Y la respuesta tampoco ha sido solamente nacional. La solidaridad de la comunidad internacional y de distintos sectores de la sociedad ha demostrado que Colombia no está sola.

Pero hay historias particulares que permiten entender mejor la diferencia entre un Estado distante y un Estado que escucha.

Una de ellas es la de Lucas.

Un niño que decidió utilizar las redes sociales para pedir ayuda y contar públicamente su situación. Su mensaje llegó al presidente Abelardo de la Espriella y la respuesta fue inmediata.

Aquí es imposible no recordar a Kevin Acosta, el pequeño niño que padecía hemofilia y que murió después de enfrentar dificultades para acceder al tratamiento que necesitaba.

Lo doloroso del caso de Kevin no fue solamente su muerte. También lo fue la manera en que, posteriormente, desde el propio Gobierno de entonces, se terminó señalando y revictimizando a su madre.

Se llegó incluso a cuestionarla porque el niño montaba bicicleta, como si la responsabilidad de garantizar el tratamiento de un menor con una enfermedad grave pudiera trasladarse a su familia.

Kevin necesitaba atención médica.

Necesitaba su tratamiento.

Necesitaba que el Estado cumpliera su deber.

Y no la encontró a tiempo.

Lucas, en cambio, levantó la voz en redes sociales y encontró a un presidente que decidió escuchar y actuar.

No se trata de decir que un Gobierno es perfecto y otro fue responsable de todo lo malo. Se trata de observar una diferencia concreta en la reacción frente a un ciudadano que pide ayuda.

Un niño pidió ser escuchado y el Gobierno respondió.

Eso también es gobernar.

Y hay otra historia que ha conmovido profundamente al país: la de Ana María Saavedra, una de las trillizas que sobrevivió al terremoto de Cali después de perder a sus padres y a sus dos hermanas.

Ana María no solamente sobrevivió a una tragedia natural. Sobrevivió a la pérdida de prácticamente toda su familia.

El Gobierno anunció que recibirá una vivienda, una forma concreta de ayudar a reconstruir, aunque sea parcialmente, la vida de una niña que perdió demasiado en un solo instante.

Porque detrás de cada cifra de damnificados hay un rostro.

Detrás de cada vivienda destruida hay una historia.

Y detrás de cada familia que perdió a un ser querido hay un dolor que ningún subsidio puede borrar.

Pero el Estado sí puede acompañar.

Sí puede ayudar.

Sí puede estar presente.

También hemos visto un cambio importante en la manera de entender la seguridad y el papel de nuestras Fuerzas Militares.

Colombia necesita recuperar la autoridad del Estado en los territorios donde durante años los grupos armados y las estructuras del narcotráfico han pretendido imponer sus propias reglas.

El Gobierno ha enviado un mensaje claro de respaldo a la Fuerza Pública y ha tomado decisiones contundentes contra estructuras criminales y cabecillas del narcotráfico.

Dignificar a nuestros soldados y policías no significa afirmar que nunca se equivocan. Significa reconocer que son colombianos que arriesgan su vida todos los días para proteger la nuestra.

Durante demasiado tiempo, muchos integrantes de nuestra Fuerza Pública sintieron que el Estado no estaba de su lado.

Hoy reciben un mensaje diferente: Colombia necesita de ustedes y el Gobierno los respalda en el cumplimiento de su misión constitucional.

Y hay algo más que, en mi opinión, merece una reflexión especial: la manera como el presidente se está comunicando con los colombianos.

Abelardo de la Espriella ha convertido sus redes sociales en un canal permanente de comunicación con el país.

Cuenta lo que está haciendo.

Explica decisiones.

Muestra los territorios que visita.

Habla de las ayudas.

Informa sobre las operaciones.

Responde a situaciones particulares.

Y permite que millones de colombianos sepan, prácticamente en tiempo real, qué está haciendo su Gobierno.

Esto puede parecer un detalle menor, pero no lo es.

La comunicación también es una forma de gobernar.

Un presidente que comunica permanentemente permite que los ciudadanos sepan qué está pasando y, al mismo tiempo, puede ser cuestionado y vigilado por la sociedad.

No necesitamos presidentes perfectos.

Necesitamos presidentes presentes.

Necesitamos instituciones que funcionen.

Necesitamos funcionarios que trabajen.

Necesitamos decisiones.

Y necesitamos que las promesas de campaña comiencen a convertirse en hechos.

Por supuesto, sería absurdo afirmar que Colombia cambió completamente en treinta días.

No.

Hay problemas que llevan décadas acumulándose y que necesitarán años para ser solucionados. La seguridad, la pobreza, la salud, las pensiones, el desempleo, la infraestructura y tantas otras dificultades no desaparecen porque llegue un nuevo presidente.

Pero tampoco sería justo negar lo que sí ha ocurrido.

En apenas unas semanas hemos visto un presidente recorriendo las regiones, enfrentando una emergencia nacional, acercándose al Chocó, llegando a Buenaventura, acompañando a Cali, viajando al Tolima para dar solución sobre los incendios forestales, escuchando comunidades, respaldando a la Fuerza Pública, tomando decisiones contra estructuras criminales, atendiendo casos particulares y comunicándole al país cada paso de su gestión.

Y eso permite hablar de algo que quizás Colombia había perdido: la sensación de que el Gobierno está mirando hacia la gente.

Abelardo de la Espriella prometió durante su campaña que gobernaría de una manera diferente.

Todavía le quedan casi cuatro años de mandato para demostrar si esa promesa puede convertirse en una transformación real.

Vendrán momentos difíciles.

Habrá decisiones que tendremos que cuestionar.

Habrá errores que deberán corregirse.

Habrá políticas que tendrán que ser debatidas.

Y así debe funcionar una democracia.

Pero hoy, treinta días después de su llegada a la Casa de Nariño, creo que también es justo reconocer aquello que se está haciendo bien.

Porque criticar al Gobierno cuando se equivoca es un deber ciudadano.

Pero reconocerlo cuando actúa correctamente también lo es.

No podemos convertir la política en una guerra en la que solamente aceptamos las virtudes de quienes piensan como nosotros y negamos cualquier acierto del adversario.

Colombia necesita algo distinto.

Necesita menos odio y más resultados.

Menos discursos y más presencia.

Menos distancia y más territorio.

Menos promesas y más cumplimiento.

Quizás treinta días no sean suficientes para cambiar un país.

Pero sí pueden ser suficientes para demostrar que la manera de gobernarlo puede cambiar.

Y después de tantos años de divisiones, confrontaciones y desconfianza, quizás lo que Colombia necesita hoy es volver a sentir que el poder no está por encima de la gente.

Que el Gobierno está para servir.

Que un niño puede pedir ayuda y ser escuchado.

Que una familia que lo perdió todo puede encontrar una mano extendida.

Que el Chocó también importa.

Que nuestros soldados merecen respeto.

Que las víctimas merecen dignidad.

Y que un presidente puede recorrer Colombia no solamente para pedir votos, sino para mirar de frente a quienes le confiaron el destino del país.

Treinta días son apenas el comienzo.

Pero a veces, para saber si un barco cambió de rumbo, no hace falta llegar al puerto.

Basta con mirar hacia dónde está navegando.

Y hoy, Colombia empieza a navegar en otra dirección.

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