Historias

Anécdota viajera: Ecuador, Perú, Bolivia y 300 dólares

Annie Navia

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Corría el año 1998, yo tenía 23 años (no hagan cuentas) y se acercaban mis últimas vacaciones de la época universitaria; pasaría a cursar mi último semestre y seguro después de eso tendría que enfrentarme a la vida adulta: buscar un trabajo y producir.

Quería aprovechar esas vacaciones al máximo, sabía que era el momento justo para arriesgarme a hacer lo que siempre había querido: viajar de mochilera, salir a conocer el mundo.

No tenía un presupuesto para ir a Europa, es más, ni siquiera tenía un presupuesto, solo las ganas. Así que se me ocurrió proponerle a amigo alocado de la U, que nos consiguiéramos 500.000 pesos colombianos –el equivalente a 300 dólares en esa época– y que nos fuéramos en bus por Ecuador, Perú y Bolivia.

El monto era poco para abarcar tanto, así que, para restarle un poco de incertidumbre al asunto, le propuse que cuando se nos acabara la mitad del dinero nos devolviéramos. A él le pareció tentador y aceptó. Cruzamos los dedos, y la promesa para las vacaciones quedó hecha.

Ilusionados con nuestra futura hazaña, le propusimos otro compañero, que hiciera el viaje con nosotros. Inmediatamente aceptó. No podía creerlo, ¡había sido tan fácil! ¿Por qué no lo había hecho antes?

En medio de las clases comenzaron a tomar fuerza nuestros planes: trazamos itinerarios, consultamos un atlas y soñamos con conocer Machu-Picchu, ¡esa era nuestra meta! Quique, que en ese entonces ya era mi novio, también comenzó a entusiasmarse, así como, otro compañero nuestro. Poco a poco el grupo fue creciendo.     

Teníamos tres cosas claras:

  • El itinerario era: Ecuador, Perú y Bolivia
  • El presupuesto sería de 300 dólares
  • Y el viaje duraría un mes

Basados en estos tres objetivos, el 13 de junio de ese año, a las 10:00 a.m., nos dimos cita en el terminal de buses de Cali para iniciar la travesía hacia el sur. Recuerden que las condiciones en esa época eran otras: no se manejaba internet, y aunque llevábamos una ruta marcada, no teníamos ningún tipo de reserva. La sorpresa y la improvisación iban de nuestro lado.

Como buenos –aunque inexpertos– aventureros, pasamos esa mañana por cada una de las empresas de buses que viajaban hasta Ipiales-Nariño –ciudad cercana a la frontera con Ecuador–, hasta que conseguimos el tiquete más barato. No había otra opción si queríamos llegar hasta Bolivia y no devolvernos a mitad de camino.

Este proceso de regatear fue absolutamente repetitivo a lo largo de todo el mes. El transporte no era lo más seguro ni lo más cómodo, pero sí era lo más barato, la alimentación no superó los desayunos en las plazas de mercado y comidas callejeras; ni modo de hablar de algo entre comidas y, obviamente, no contaré detalles de nuestra infección gastrointestinal

El hospedaje no se destacó por el lujo, pero sí por el hacinamiento, pues ganábamos algún descuento si nos permitían a todos dormir en la misma habitación.

Y así, el 13 de julio, después de un emocionante mes y con todas las metas cumplidas, llegamos de nuevo a casa.

Volvimos algo transformados con nuevos atuendos folclóricos, un poco más flacos y con un olor particular que no quiero recordar… Pero eso sí, con la satisfacción de haber VIAJADO!!!

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