Historias

Anécdota viajera: El fin del mundo

Annie Navia

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Suele pasar que, en algunas partes, siempre encuentras un lugareño que tiene una historia para contar. Y cada día se convierte para él, en una oportunidad para conectar con los forasteros a través de ella.

Era la hora de atravesar la frontera entre Ecuador y Perú, en nuestro viaje que hicimos por tierra hasta Bolivia. Para esto debíamos tomar un transporte que de Huaquillas nos llevará a Tumbes, y que en el camino se detuviera en el puesto de control fronterizo para que sellaran nuestros pasaportes.

En Huaquillas había varios carros piratas, pues en ese entonces, las empresas de transporte no realizaban esa parada, así que como fue normal en este viaje, nos ofrecimos al mejor postor, es decir al más barato.

Una vez regateamos el precio y cerrado el trato, nos subimos a su carro. Mentiría si les dijera que era un Dodge, un Chevrolet, un Ford o un Mustang, pero si era un carro de los 70´s, de aquellos donde cabían las familias que por esa época contábamos con varios hermanos.

El carro no es que se destacará por ser un auto clásico, sino una herramienta de trabajo a punto de exhalar su último respiro. Y su color gris no obedecía a un acabado de esmalte metalizado, sino que descubría el tono de la latonería, que aún mostraba restos de una pintura que tal vez en algún momento fue amarilla.

El conductor muy emocionado por su pesca milagrosa, nos ayudó a meter las maletas en la cajuela hasta donde sobró espacio, aunque éramos 7. Luego nos abrió las puertas y sin mayor problema cupimos todos.

Al fondo, la carretera recta se perdía en el horizonte tras una nube de polvo que se desprendía del árido desierto. Polvo que osaba entrar por nuestras ventanas, pues los vidrios de nuestro elegante carruaje no subían y el aire caliente y húmedo atravesaba de un lado a otro.

Para nosotros era un paisaje normal, y solo lo mirábamos a través de los ojos de quien conoce algo nuevo. Pero para nuestro guía, no lo era. El cielo estaba gris, y un aguacero parecía amenazar aquella tarde.

Y fue así como comenzó a contarnos de que, en ese lugar, nunca, nunca, nunca… llovía. Que supuestamente habían pasado 50 años desde la última vez que había ocurrido, y por eso rondaba la leyenda de que cuando volviera a ocurrir, sería el FIN DEL MUNDO…

A lo lejos un rayo, el estruendo de un trueno, los ojos de asombro de nuestro conductor, y de repente… el sonido de la lluvia cayendo sobre el capot con cierto aire de misterio.

Y aunque es una de esas historias en las que no sabes hasta dónde va la ficción, si llamó nuestra atención. Sobre todo, cuando el chofer pasó por encima de nosotros y señalando la guantera le pidió a uno de mis compañeros que la abriera y sacó de ella una plumilla. La tomó en su mano izquierda, sacó el brazo por la ventana y pegado al timón comenzó a frotarla contra el parabrisas para poder ver.

¿Será que de verdad nunca llovía? ¿Por qué los vidrios no funcionaban? ¿Por qué no tenía plumillas? Eran preguntas que resonaban en nuestras cabezas.

Después de un largo, pero quizás corto camino, llegamos a nuestro destino, guardando en nuestra memoria esta apocalíptica experiencia.

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