Opinión

Drácula 2021

II parte

Luis Carlos Rojas García

Luis Carlos Rojas García

Escritor

El rostro de Renfield palideció al ver al Conde Drácula atravesar el umbral de la puerta en dirección a quién sabe dónde. Por un momento, se escuchó su lamento, el cual, terminó en un ahogado llanto.

—Amo ¡Por favor! Amo, esto no es Londres… no es Transilvania… esto, esto ¡Esto es Colombia amo! ¡Colombia amo! ¡Amo quédate en casa!

Tres semanas después no había ni un solo rastro de Drácula. Renfield comenzó a inquietarse. Conocía muy bien las actividades nocturnas del Conde y, lo que era peor, sabía que el Conde desconocía la situación actual del país caribeño al que habían llegado sin saber la razón.

Pensó entonces en la manera de encontrar a su amo, pero, ¿Qué podía hacer? No podía ir a la policía, primero, porque no le iban a creer que Drácula, el vampiro, estaba perdido; segundo, porque no tenía fotos de él, los vampiros no tienen reflejo ni en los espejos, ni en aparatos de proyección, aunque sean tan famosos en el séptimo arte.

Fue así que se le ocurrió buscar en los periódicos para ver si encontraba alguna noticia relacionada con su amo; para su infortunio, las noticias eran las de siempre: muertes a líderes sociales, robos, corrupción, las nuevas bestialidades del gobierno de turno, la negociación de las vacunas, las curas benditas para combatir el Coronavirus, el horóscopo y algunos clasificados en donde ofrecían servicios de amarres, conectar con el más allá, baños para la buena suerte y la lectura de cartas. Al final, nada, ni el más mínimo indicio del paradero del Conde.

Sobre las doce del día sintió hambre. Entonces, cansado de su dieta de moscas y arañas, decidió salir a comprar una arepa de huevo. Vio pasar a una vendedora ambulante. Dudó por un momento. Sabía que era más seguro comer arañas y moscas por la situación de la pandemia, pero, se arriesgó.

Antes de que pudiera darle un mordisco a la suculenta masa, lo abordaron dos sujetos vestidos de verde quienes lo despojaron de más preciada pertenencia, un IPhone 12 que había sacado a cuotas.   Los fulanos le dijeron que eran la ley y que estaba cometiendo un delito por no llevar tapabocas.

—¡Colabóreme señor agente!

Dijo Renfield, y fue en ese momento en donde llegaron al bochornoso y típico acuerdo. Abatido, regresó al viejo barco, buscó las últimas monedas de oro que le quedaban, las tomó en sus manos y se tiró a pensar en un rincón. Alrededor de las seis de la tarde salió en busca de su amo. Contrató un Mototaxista y se fue a recorrer la ciudad.

A las ocho de la noche el hombre de la moto le suspendió el servicio. Tuvo que pagar más de lo cuenta. Luego, comenzó a sentir una insoportable rasquiña en la cabeza. Entonces, mientras se sacaba los piojos, se imaginó al Conde Drácula en distintas situaciones: secuestrado, despojado de sus pertenencias, detenido por la policía, en un calabozo recibiendo todo tipo de maltratos, emburundangado o, incluso, en la sala de espera de algún hospital pidiendo ayuda.

—¡Erda! ¡No joda! ¿Cómo no lo había pensado antes?

Gritó Renfield. En efecto, había buscado en calles y callejones de la ciudad, en los parques y burdeles, pero, no lo había buscado en los hospitales ni centros de salud. Serían las cinco de la mañana cuando llegó al quinto hospital.

La situación era la misma que en los otros lugares. El centro de salud atiborrado de personas que clamaban, reclamaban, gritaban y suplicaban con desesperación; Renfield entró lentamente y observó la espantosa escena. Algunos estaban de pie en la recepción, otros tirados en un rincón, la gente corría de un lugar a otro y, en un mugriento rincón cerca de una puerta que indicaba a través de un letrero el uso privado de hombres y mujeres por igual, el Conde Drácula.

Renfield lo miró y no pudo creer que su amo, el señor de las sombras, estuviese en un estado tan lamentable.

Renfield se acercó y como si se tratase de un padre a su hijo lo tomó entre sus brazos:

—¡Amo, amo mío! ¡Eche no joda! ¿Qué me le hicieron amito?

Drácula levantó la mirada, su tez cadavérica le daban un aspecto irreconocible. Tenía los labios resecos, los ojos vidriosos y una debilidad corporal que apenas le permitió sujetar uno de los brazos de su esclavo.

—¡No me quiero morir en este lugar!

Dijo Drácula con la voz entrecortada y fatigada.

—Pero si ya está muerto amo.

Respondió Renfield.

—¡Os he dicho que me estoy muriendo idiota!

—Amo, yo le dije que las cosas estaban bien fregadas aquí. Que se quedara en casa. Pero, pero… no se preocupe amo. Ya casi llegan las vacunas, sí, nos van a vacunar. Primero la población más anciana y usted ya tiene miles de años.

—¿Cuándo Renfield? ¿Cuándo nos van a vacunar?

—Amo, el presidente dijo que ya habían comprado muchas dosis para comenzar la operación y hasta le pidió a la Procuradora General que lo apoyara y a todos los suyos.

—Habéis dicho: ¿Todos los suyos?

—Sí amo, es que todos son del mismo partido: La Procuradora, el Fiscal, todos.

—Eso me parece una obra demoniaca.

—Pero así funciona aquí amo. Es normal.

En ese instante, en el televisor que estaba colgado en una de las paredes de la sala de espera y que proyectaba un magazín matinal, anunciaron los titulares del noticiero que llegaba a continuación:

¡Ultima hora!

Atención: el presidente Iván Duque anunció que no pude dar información sobre la compra de las vacunas porque se podría perder la negociación con las farmacéuticas ya que, hasta el momento, no se ha llegado a ningún acuerdo cuando, el año inmediatamente anterior, había anunciado que ya estaban listas las primeras dosis. Mientras tantos, Venezuela, Argentina, México, Panamá, Brasil, Ecuador, Uruguay y demás países, comenzaron hace más de dos meses la vacunación a la población vulnerable y a los trabajadores de la salud. En Colombia todavía es incierto si se compraron o no las vacunas.

Drácula abrió sus enormes ojos; miró a Renfield, como pudo lo sujetó de la camisa guayabera, quiso gritar, pero le fue imposible. Renfield lo miró con angustia, no sabía qué decir, tenía plena seguridad en la dichosa negociación de las vacunas y hasta pensó que sería la solución a la terrible situación en la que se encontraba el Conde Drácula, pero, había olvidado algo importante, estaban en Colombia, sí, Colombia, ese extraño lugar que parece haber salido de la imaginación de algún escritor de terror o suspenso. Un lugar que cuenta historias en donde por lo general, los malos siempre ganan.

Sí, Renfiel definitivamente había olvidado que las historias de terror en un país como Colombia, pueden llegar a superar a cualquier ficción de Poe, Stoker, Lovecraft‎, King o de cualquier otro. Drácula despertó a Renfield de su letargo y entre murmullo dijo:

—Clavadme… clavadme una maldita estaca en el corazón Renfield… Clavádmela o llevadme a fuera para que me destroce el sol.

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