El cambio más urgente en Colombia es un nuevo liderazgo

La semana pasada estuve conversando de política con una amiga. Militamos en el mismo partido, nos llamamos con frecuencia y coincidimos en algunos temas; pero en otros no. Me llamó particularmente la atención que no compartiéramos, por ejemplo, los precandidatos presidenciales que más preocupación nos generan. Cada una tiene su propio ranking de tres, y en ninguno coincidimos.
El ranking de ella lo lidera Iván Cepeda, y el mío, Abelardo de la Espriella.
Pensé entonces en lo problemático que resulta que quieran separarnos en tres bolsas: izquierda, centro y derecha. Como si fuera un pecado que quienes estamos dentro de cada bolsa nos rozáramos con los de al lado. Yo, por ejemplo, me considero liberal porque creo que todo se puede cambiar. Me considero rebelde, y esa rebeldía también la uso para definir mi manera de ser liberal: no me conformo, soy curiosa y siempre cuestiono el estado de las cosas. Además, no creo que “lo que está mal” esté en los individuos, sino en los sistemas en los que se organizan; y que es allí donde deben hacerse los cambios. Para mí, allí está la posibilidad de justicia; no en acabar con “los malos”. Dicho en mis palabras: en nuestra capacidad de crear sistemas que permitan que todos los bebés que nacen puedan tener vidas dignas y plenas.
En otra columna hablaremos de esos sistemas. Pero es ahí donde está el debate. Y ese debate debe incluirnos a todos: al interior de los partidos, donde, como en el caso de mi amiga y mío, también hay diferencias de opinión; entre los partidos; y entre la ciudadanía. Cada quien con sus ideas. Las opiniones distintas no son un obstáculo para sentarse en una misma mesa; al contrario, son fundamentales para ello.
El verdadero problema, para mí, está en la actitud de quienes nos sentamos en la mesa. En Colombia, y en el mundo, necesitamos cambiar de actitud: pasar de creer que lo sabemos todo, a escucharnos. Sobre todo, a aquellos que consideramos más equivocados. Pasar de cautivarnos por quien habla más fuerte y nos emociona con cada palabra, a escuchar con atención a quien se expresa de manera pausada. Pasar de elegir a quien nos promete milagros y se ufana de ser un salvador, a elegir a quien entiende que el desarrollo de las sociedades toma tiempo, pero sólo puede construirse con diálogo y sinceridad, no con soberbia. La fuerza no está en la voz que arrastra multitudes, en el deseo genuino de un mejor país y en el oído atento.



