Historias

El Coste, el hombre que le dio sabor a la cuadra universitaria

A las cuatro de la madrugada, cuando Ibagué aún bosteza entre calles silenciosas, Orlando García ya está de pie. La primera tarea del día es encender la luz de su cocina improvisada, sacar los ingredientes y comenzar a amasar. Lo hace casi en automático: harina, agua, especias y una mezcla secreta que nunca revela. “Eso es lo que le da el sabor. Un chef nunca cuenta su receta. Lo único que digo es que lo hago con amor”, comenta, con un brillo de orgullo en los ojos.

Ese amor se convierte en empanadas doradas y tacos chinos que a las ocho de la mañana ya esperan a los estudiantes de la universidad cercana. Son ellos quienes lo bautizaron como El Coste. “Yo llegué de Cartagena hace varios años, y el acento me delató. Desde el principio me decían así, y el apodo se quedó”, cuenta entre risas, mientras da vuelta a la freidora.

La historia de Orlando no empezó en esta cuadra de la universidad de Ibagué , sino mucho antes, en su juventud. Estudió culinaria en el SENA, convencido de que su destino estaba entre ollas y cuchillos. Durante años trabajó en un restaurante de comida china en Ibagué, donde aprendió técnicas que hoy adapta a su sazón costeña. También pasó por una empresa de metalmecánica, pero confiesa que allí nunca se sintió en su lugar.

“Uno se mata en esas fábricas, y a la final no queda nada. Yo siempre quise tener mi propio negocio, pero a veces toca esperar la oportunidad”, recuerda. La edad jugó en su contra: con 45 años, dice, ya casi no lo recibían en las cocinas de los grandes restaurantes. Eso lo empujó a arriesgarse. Con ahorros y un préstamo pequeño, montó su puesto frente a la universidad.

El Coste eligió bien la ubicación. “Aquí hay movimiento todo el día. Los estudiantes siempre buscan algo económico y rápido, y yo les di eso, pero con calidad”. Sus tacos chinos son famosos en la cuadra. No hay otro local que los ofrezca, y eso lo convirtió en referente. “Lo que más vendo son los tacos. A veces no me alcanza el día para todo lo que piden”, confiesa.

A las doce del mediodía la fila habla por sí sola. Jóvenes con mochilas, cuadernos y celulares en mano esperan su turno. Algunos lo saludan con confianza, como si fuera un amigo más. “Qué hubo, Coste, écheme dos empanadas y un taco”, gritan desde la acera. Él responde con la misma energía, repartiendo comida y sonrisas.

El ambiente de su negocio es parte del encanto. El humo de la fritura se mezcla con la música costeña que a veces pone en un parlante pequeño. Entre salsa vieja y champeta, el ruido de la freidora suena casi como un instrumento más.

Aunque Orlando sonríe, no todo es sencillo. Su jornada empieza antes del amanecer y termina al anochecer. Son casi quince horas de pie, amasando, friendo, sirviendo. “A veces termino molido, pero me siento bien. Al final del día, cuando cierro la caja, sé que todo valió la pena”, dice.

Ese esfuerzo le ha permitido algo que lo llena de orgullo: sostener a su familia. Gracias al puesto, paga la universidad de una de sus hijas y el colegio de la otra. “Ellas son mi motor. Cuando pienso que ya no puedo, me acuerdo de que estudio no les puede faltar”.

El negocio, sin embargo, tiene temporadas difíciles. Cuando los estudiantes salen a vacaciones, la venta cae drásticamente. “Ahí toca rebuscársela. Me llaman de restaurantes para hacer turnos como chef, y voy. Uno no se puede quedar quieto”, explica.

Si hay algo que Orlando valora es la independencia. Después de años de obedecer órdenes en fábricas y cocinas ajenas, ahora disfruta ser su propio jefe. “Aquí nadie me dice qué hacer ni me pone horarios. Trabajo más, pero lo hago tranquilo. Esa es la ganancia”.

Al preguntarle por sus sueños, se queda en silencio un momento. Luego sonríe y dice: “Me gustaría tener un local más grande, con mesas, que los estudiantes puedan sentarse a comer. Sé que se puede, porque la gente ya conoce mi comida. Pero lo que quiero, sobre todo, es seguir aquí, con salud, viendo crecer a mis hijas”.

Para los universitarios, El Coste es parte de su rutina. No hay generación que no haya probado sus tacos chinos. Pero detrás del apodo hay un hombre que cargó cajas de metal, que viajó desde Cartagena buscando oportunidades, que pasó noches enteras pensando cómo darles a sus hijas un futuro mejor.

Hoy, en esa esquina, Orlando García encontró más que un sustento: halló dignidad, independencia y un lugar en la memoria de quienes lo visitan. Los estudiantes lo recordarán por el sabor, pero también por la sonrisa que acompaña cada pedido.

Al final de la tarde, cuando apaga la freidora y baja la carpa, la cuadra vuelve a quedar en silencio. Solo queda el eco de la música costeña y el olor que se resiste a irse, como una promesa de que mañana, a las ocho en punto, El Coste volverá a abrir su esquina de sabor.

 

 

 

 

 

Jesica Vanesa Silva Piñeros

Jesica Vanesa Silva Piñeros

Estudiante de Comunicación Social – Practicante Tolima Online.

 

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