Opinión

El fútbol sin hinchada visitante: una solución cómoda para una incompetencia disfrazada

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

El cierre de fronteras en los estadios de Colombia, y en especial en Ibagué, se ha convertido en una medida tan recurrente como ineficaz. Se nos dice que es por seguridad, por prevención, por evitar enfrentamientos entre hinchadas. Pero la verdad es que esta decisión —cómoda para las autoridades— no hace más que disimular una gestión deficiente y una falta de compromiso real con la organización de eventos deportivos.

Lo paradójico es que hace 15 años, recuerdo claramente cómo los operativos de seguridad para recibir hinchadas visitantes eran estructurados, coordinados y, lo más importante, funcionales. Desde los puntos de ingreso a la ciudad, como el Alto de La Línea o la Variante, las caravanas eran escoltadas por la Policía hasta el estadio Manuel Murillo Toro. Una vez finalizado el encuentro, los mismos operativos garantizaban su salida segura. ¿Era complicado? Seguramente. ¿Se requería más personal, más logística? Por supuesto. Pero se podía hacer. Y se hacía.

Hoy, en cambio, se opta por la “solución fácil”: prohibir la entrada a los hinchas del equipo rival. Lo que no dicen es que esta medida, lejos de mitigar los riesgos, los dispersa. Al no contar con una tribuna asignada, los hinchas visitantes se camuflan entre la afición local. ¿El resultado? Enfrentamientos aislados, imposibles de contener porque la distribución en el estadio impide identificar y controlar los focos de conflicto. ¿No sería más sensato y seguro ubicarlos en un solo espacio, con control policial, filtros de ingreso y registro previo?

Además del problema de seguridad, está el impacto económico. Equipos como el Deportes Tolima aprovechan estos partidos de alto perfil contra Nacional, América o Millonarios para equilibrar sus finanzas. La hinchada visitante consume, compra boletas, genera ambiente y dinamiza la economía local. Negarle el ingreso es, en cierta forma, renunciar a una fuente legítima de ingresos en un fútbol que vive contando cada peso.

Y hay algo más. La emoción del fútbol no es completa sin la hinchada rival. Un partido sin visitantes es como un baile sin pareja, como un canto a una sola voz. ¿Dónde queda la pasión, el color, la competencia en las tribunas? Negar ese componente esencial es empobrecer la experiencia.

No se trata de justificar la violencia, ni de romantizar las barras bravas. Se trata de aceptar que el problema no es la hinchada visitante, sino la falta de voluntad y capacidad de las autoridades para gestionar adecuadamente su presencia. Decirle no a la visita rival es, en el fondo, decirle sí a la mediocridad operativa.

Por eso, digo con convicción: sí a la hinchada visitante en el Manuel Murillo Toro. Me niego a creer que no seamos capaces de compartir un partido de fútbol sin caer en el caos. Si no lo logramos, es porque no queremos hacerlo bien.

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