El inmenso amor del Papa Francisco por el fútbol: una pasión que nunca abandonó el alma de Jorge Mario Bergoglio

Aunque su vida estuvo marcada por la fe, el servicio y la vocación pastoral, el Papa Francisco jamás ocultó una de sus grandes pasiones terrenales: el fútbol. Hijo de inmigrantes italianos y criado en el barrio porteño de Flores, Jorge Mario Bergoglio creció en una Argentina donde la pelota era mucho más que un juego: era una forma de vida. Desde joven, abrazó el fervor popular por el fútbol y se convirtió en un hincha fiel del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, uno de los equipos grandes de Buenos Aires.
El amor del Papa Francisco por San Lorenzo no fue superficial. Él mismo contó en varias entrevistas que asistía con su padre a los partidos en el viejo Gasómetro y que vivió con alegría los títulos y las gestas deportivas de su club. Incluso, en una ocasión, relató que jugó como arquero en partidos barriales, confesando con humor que prefería esa posición “porque así no tenía que correr”.
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Durante su pontificado, Francisco mantuvo viva esa pasión. En diversas ocasiones recibió en el Vaticano a futbolistas, entrenadores y dirigentes de distintos clubes y selecciones, no solo de Argentina, sino del mundo entero. Siempre aprovechó esos encuentros para destacar los valores del deporte: el trabajo en equipo, la humildad, el respeto por el rival y la alegría del juego limpio.
En 2013, poco después de ser elegido Papa, recibió emocionado una camiseta de San Lorenzo firmada por todos los jugadores, y un año más tarde celebró con orgullo el campeonato que el club obtuvo en la Copa Libertadores. Aquella imagen suya con la camiseta azulgrana recorrió el mundo como símbolo de su amor incondicional.
Para Francisco, el fútbol fue más que un entretenimiento: fue una escuela de vida, una herramienta para construir comunidad y una forma de evangelizar a través de los valores humanos. Su pasión por el balón convivió siempre con su misión pastoral, recordando al mundo que incluso el sucesor de Pedro puede vibrar con un gol, emocionarse en la tribuna y gritar con alegría: “¡Vamos, Ciclón!”.

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