Opinión

Gasolina cara y rebajas oportunas: cuando el precio también hace campaña

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

El precio de la gasolina en Colombia se ha convertido en uno de los símbolos más claros de la desconexión entre el discurso político y la realidad cotidiana. Bajo el gobierno de Gustavo Petro, el galón pasó de costar alrededor de $9.300 al inicio de su gobierno a $16.407 al 31 de enero de 2026, un incremento brutal de $7.107 que golpeó sin anestesia a trabajadores, transportadores, pequeños empresarios y a cualquier ciudadano que dependa de su vehículo para vivir.

Durante meses, el Gobierno defendió el alza como una decisión “responsable” y “necesaria”, escudándose en el déficit del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles. Se repitió hasta el cansancio que no había alternativa, que mantener subsidios era insostenible y que el país debía “decir la verdad”, así esa verdad se tradujera en una gasolina impagable y una cadena de aumentos en transporte, alimentos y servicios.

Pero ahora, casi de manera milagrosa, llega una rebaja de $500. Una reducción mínima, simbólica, casi insultante si se compara con los $7.107 que se le cargaron al bolsillo de los colombianos. Y lo más llamativo no es el monto, sino el momento.

Esta rebaja no parece responder a un cambio estructural, ni a una mejora sustancial de las finanzas públicas, ni a una nueva visión técnica. Todo indica que se trata de un gesto político, abiertamente calculado, con la mirada puesta en el calendario electoral de 2026. Cuando el costo político del combustible empieza a pasar factura, aparece el “alivio”, presentado como un acto de sensibilidad social.

El problema no es solo económico, es ético. Porque mientras el Gobierno presume una rebaja de $500, evita hablar del impacto acumulado: del transportador que quebró, del comerciante que subió precios para sobrevivir, del ciudadano que tuvo que dejar el carro parqueado. La gasolina no subió de golpe por accidente; fue una decisión política. Y ahora, la rebaja también lo es.

Resulta difícil no ver en este movimiento una estrategia clásica: apretar fuerte primero y soltar un poco después, esperando aplausos por devolver una mínima parte de lo que se quitó. Pero los números no mienten. El saldo sigue siendo negativo, profundamente negativo.

La gasolina hoy sigue siendo históricamente cara. Y una rebaja oportunista no borra ni el impacto económico ni la sensación de que, una vez más, el bolsillo del ciudadano es usado como herramienta de cálculo político. Porque cuando el precio sube por “responsabilidad fiscal” y baja por conveniencia electoral, el mensaje es claro: el combustible también hace campaña.

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