La pobre viejecita del poder

En el célebre poema La Pobre Viejecita, de Rafael Pombo, la protagonista “no tenía nada”, salvo mansiones, manjares y riquezas incontables. La ironía infantil desnuda una verdad incómoda: quien más ostenta, más se victimiza. Hoy, esa metáfora parece calcada sobre el autodenominado “Gobierno del Cambio” de Gustavo Petro, que entre discursos de austeridad y justicia social exhibe un apetito presupuestal difícil de saciar.
La “pobre” viejecita literaria lloraba carencias rodeada de abundancia. De igual manera, mientras se invoca la crisis heredada y se apela constantemente a la narrativa del sacrificio, el gasto público crece sin pudor. Ministerios inflados, contratos cuestionables, viajes costosos, esquemas burocráticos ampliados y una nómina estatal cada vez más pesada configuran un panorama donde el despilfarro no es excepción, sino regla.
Pero el problema no es solo cuánto se gasta, sino cómo y con quién. El nepotismo —viejo vicio de la política latinoamericana— ha encontrado terreno fértil. Familiares, amigos y aliados estratégicos ocupando posiciones clave, contratos adjudicados a círculos cercanos y designaciones que parecen obedecer más a lealtades personales que a méritos profesionales dibujan un cuadro preocupante. La promesa de ruptura con las prácticas tradicionales se diluye cuando el poder se reparte en clanes.
La corrupción abierta y descarada deja de ser un rumor para convertirse en percepción generalizada. Cuando los escándalos se acumulan y las explicaciones oficiales oscilan entre la negación y la minimización, la confianza pública se erosiona. Y sin confianza, no hay reforma que prospere ni narrativa que convenza.
El descalabro en el manejo de los recursos económicos tiene consecuencias reales. El déficit fiscal presiona, la inversión se enfría, la incertidumbre regulatoria espanta capitales y el ciudadano común —ese que no vive en palacios burocráticos— enfrenta inflación, desempleo y servicios públicos cada vez más precarios. La retórica redistributiva pierde fuerza cuando la caja fiscal parece una piñata rota.
En Colombia, donde la desigualdad y la corrupción han sido males históricos, la expectativa de cambio era legítima. Sin embargo, cambiar no es simplemente rotar nombres ni invertir discursos. Cambiar exige transparencia radical, disciplina fiscal y un compromiso inequívoco con la meritocracia. Cuando el poder se ejerce como banquete privado financiado con recursos públicos, el poema deja de ser sátira y se convierte en diagnóstico.
La pobre viejecita de Pombo fingía miseria mientras nadaba en abundancia. El paralelismo es inquietante: un gobierno que clama austeridad mientras amplía su propio festín presupuestal corre el riesgo de convertirse en caricatura de sí mismo. Y en política, como en la poesía, la ironía puede ser demoledora.
El verdadero cambio no se proclama; se demuestra. Y hasta ahora, entre despilfarro, nepotismo y escándalos, la promesa parece más verso que realidad.



