La primera semana del año

La alarma sonó unas horas antes del fin de año. Algunos preparativos se quedaron servidos y otros, para no perder la costumbre, fueron a parar al bote de basura.
La orden era clara: “nadie se podía reunir y nadie podría circular en las calles y avenidas después de las diez de la noche”.
Las estadísticas del contagio aumentaron y como era de esperarse, el pánico entró en cada casa y apartamento y se sentó en la mesa; en algunos lugares sin ser invitado, en otros, hasta calle de honor le hicieron.
Los más inteligentes pudieron compartir con los suyos; a otros se les olvidó la restricción y el resto acató la orden, como cuando nos decían de niño que si nos portábamos mal el viejo del sacó vendría por nosotros y nos llevaría consigo.
No obstante, el toque de queda no se quedó ahí nada más; después dijeron que cerrarían los restaurantes, las discotecas y hasta los supermercados. La venta de marihuana y el alcohol no estaría suspendida, por supuesto, porque el paraíso puede sobrevivir sin supermercados, sin gimnasios y bibliotecas, pero no sin drogas y alcohol, eso ¡Sí que sería una verdadera hecatombe!
Entonces, la primera semana del año se fue entre un corre y corre que nadie ha podido, y lo que es más preocupante, ha querido entender. Es más fácil no hacer preguntas.
En algunos lugares la leche, los huevos y otros productos se agotan y tienen que sacar de donde no hay para que no sienta el temor que alimenta el imaginario dominado por quién sabe quién.
Ha regresado la desconfianza, los pasos rápidos, las miradas de odio debajo de esos tapabocas y hasta se puede escuchar el grito desesperado de unos y otros en las calles, porque alguien ha no lleva puesta la mascarilla.
Para colmo de males, así como dijeron que las pruebas caseras no eran tan buenas después de todo y que las vacunas no fueron del todo efectivas, se rumorea que las benditas máscaras ya no sirven de nada:
¡Qué Dios nos coja confesados! ¡Qué Dios salve a América!



