Opinión

La tragedia de Abelardo: talento, poder y extravío en el Caribe

Sara Moreno Ruiz

Sara Moreno Ruiz

Columnista Invitada

El Caribe colombiano es un lugar fascinante. Gabriel García Márquez se quedó corto con Macondo; lo supe la primera vez que leí Cien años de soledad. Yo crecí en Macondo, sé de qué les hablo…

Hay en el Caribe colombiano una mezcla del polvo de sus carreteras calientes con la sombra fresca de sus árboles de ciruela, donde se arriman a descansar los jovencitos que venden pescado recién arrollado en sus poncheras, que es imposible de transcribir incluso en la más inverosímil de las novelas.

Quienes lo hemos vivido lo sabemos. Se lo pueden preguntar a David Sánchez Juliao o a Raúl Gómez Jattin en el cielo. Pero si no tienen cómo preguntárselo a ellos, pregúntenle a Juan Gossaín, que vive en Cartagena.

Pues bien, allí nacieron Armando Benedetti y Abelardo de la Espriella. No sorprenden la espontaneidad, encanto y desparpajo por lo que se les reconoce. Y si haber sido contador de historias hubiera sido un oficio tan prestigioso como ser abogado o periodista en el también arribista Caribe colombiano, los dos se habrían dedicado a ello y habrían recibido mención de honor de sus familias y coterráneos. Se habrían “casado bien”, ocupado un lugar de respeto y construido un porvenir próspero en un barrio de bien en Barranquilla y Montería.

Pero ese no era —ni es todavía— el caso en el Caribe colombiano que es más bien un lugar de fantasía. En consecuencia, en busca de la fortuna y el reconocimiento de sus familias, Armando y Abelardo enredaron sus vidas y sus talentos en otros oficios. Uno estudió periodismo y se enredó en la política; y el otro, abogacía, haciendo lo propio defendiendo paramilitares y otros criminales.

Ningún ser humano sale bien librado de abandonar sus talentos. Pero mucho menos cuando entre ellos figura la exuberancia de la palabra, y en lugar de usarlo para inventar historias lúdicas, se usa en la política para ganar votos, o en el litigio para defender criminales. En busca de fortuna y reconocimiento, por presión social, y no por un interés genuino de servicio.

Esto último suele derivar en tragedia: excesos, adicciones y, a menudo, delito. Este ha sido —para mí— el desafortunado caso de Armando Benedetti y del señor Abelardo de la Espriella. En el fondo de su alma, ambos individuos padecen el tormento de una vida vacía; desesperada por llamar la atención. No hace falta hacer el recuento de las veces ni de los motivos por los que ambos aparecen frecuentemente en televisión.

En el caso de Abelardo, a quien quiero referirme de manera particular en este espacio, el mayor peligro no son los cuestionamientos éticos a su carrera, sino su lamentable estado mental y emocional, lo cual lo convertiría en una tragedia nacional de llegar al cargo de presidente.

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