Opinión

La verdad amenazada

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Esta semana, en la soledad de mi casa, reflexioné una vez más sobre el rol de los periodistas en la sociedad actual y lo resumí en un pensamiento simple, que para mi es la esencia de lo que he querido aplicar y reflejar en más de dos décadas de ejercicio en este oficio. «Muchos sueñan con ser parte de la historia, yo solo quiero ser testigo de ella para contarla», escribí en mis redes sociales como un mensaje de felicitación a todos mis colegas y amigos periodistas en Colombia. Como cada año el 9 de febrero se conmemora en el país el día del periodista, recordando que, en esa misma fecha, pero hace 230 años, el cubano Manuel del Socorro Rodríguez de la Victoria fundó Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, el primer periódico de la capital colombiana. Una fecha importante para tener en cuenta ahora que el periodismo, a nivel mundial, enfrenta retos gigantes en medio de la sobresaturación de información que ronda a la humanidad, mucha de ella engañosa o falsa.  

Vivimos una época convulsionada y polarizada en la que nos bombardean con noticias amañadas con las que buscan presentar la realidad del mundo en blanco y negro, sin entender que la vida está llena de colores, con diferentes matices, que la hacen más compleja de lo que cualquiera pudiera imaginar. Esto no es algo nuevo sino más bien el reencauche de fenómenos sociales que se han repetido en diferentes momentos de nuestra historia. Una prueba de ello es que en agosto de 1984 don Guillermo Cano Isaza, inmolado e inolvidable director de El Espectador, escribió: «Solo la independencia, el carácter, la objetividad y el buen criterio del periodista y de los medios pueden vencer estas tormentas terribles en el nuevo mundo amenazado por todas partes de la libre información».  

Las balas de los violentos, de los enemigos de la paz, de los terroristas que han buscado arrodillar a los colombianos, curiosamente privilegiaron a don Guillermo de no tener que vivir en este mundo en la era de Twitter o Facebook, cuando cualquier persona puede escribir lo que piensa y ser replicado con un simple clic, por seguidores o robots que no se toman un solo instante en analizar o comprobar si lo escrito allí es veraz, requisito mínimo del periodismo responsable. 

Hoy los pilares sobre los que se sustenta el periodismo, entre ellos la ética y la moral, están amenazados por las mal llamadas «bodegas«, sitios nefastos para la sociedad, desde donde se manipula la información para desatar pasiones virulentas. En cuestión de minutos una mentira o fake news, usando la terminología moderna, se hace viral para favorecer intereses oscuros escondidos tras miles de réplicas que parecen salidas desde las más profundas vísceras del odio. Hechos históricos como la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el Brexit en Inglaterra o el Plebiscito por la Paz en Colombia, fueron inundados desde todos los flancos por falsedades fáciles de derrumbar, pero que ninguno quería reconocer o comprobar. Al replicarla solo buscaban ser poseedores de la única verdad como si esta fuera exclusiva de unos pocos poderosos y sus deseos de mantenerse en la cima, sin importar a cuántos tuvieron que pisotear, humillar o ningunear en su funesto ascenso.  

El reto está al alcance de todos los que mantenemos viva la esperanza en que el periodismo serio, el que reafirma la mística de lo que Gabriel García Márquez llamó «el mejor oficio del mundo», el realizado con pasión, se mantendrá erguido e impetuoso frente a la mentira que atenta contra nuestra agobiada democracia. Con la verdad por sobre todas las cosas, los periodistas seguiremos adelante y, con ello, ganaremos todos, sin excepción. 

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