Opinión

La violencia que no dispara balas

Diana María Castillo Trujillo

Diana María Castillo Trujillo

Comunicadora Social – Esp en Política, Cultura y Educación – Master en Dirección de Recursos Humanos.

En Colombia, la violencia nos golpea de muchas maneras. Este lunes, el país entero se estremeció con la noticia del asesinato del senador Miguel Uribe. Un acto atroz, directo, perpetrado por una mano armada. Una muerte injusta, que deja un vacío y una indignación colectiva.

Pero yo también conocí esa violencia. No fue una bala la que mató a mi mamá. Fue algo más frío, más calculado y, tal vez, más cruel: la indiferencia del sistema de salud. Ella falleció de cáncer, diagnosticada en enero de este año, cuando ya no había nada que hacer. Antes de eso, hubo meses de quejas, síntomas y alertas que no fueron escuchadas. Meses en los que las puertas se cerraban con excusas, en los que las citas se aplazaban y los exámenes se demoraban. Y cuando por fin llegó el diagnóstico, era ya una sentencia.

Así como a Miguel Uribe le arrebataron la vida de un momento a otro, a mi mamá se la fueron arrebatando lentamente, día tras día, consulta tras consulta, hasta que su cuerpo no resistió más. Porque la violencia no siempre llega con el ruido de un disparo; a veces llega en silencio, disfrazada de trámites, de demoras y de negligencia.

Miles de personas mueren cada año en Colombia por no recibir atención médica a tiempo. Son víctimas invisibles, cuyas muertes no salen en titulares ni provocan pronunciamientos oficiales. Sin embargo, sus vidas valían tanto como la de cualquier figura pública.

Mi mamá merecía vivir. Merecía un diagnóstico temprano, un tratamiento digno, un sistema que la viera como persona y no como un número en una lista interminable. Hoy, mientras el país llora la muerte de un senador, yo lloro la de mi mamá, y con ella, la de tantas madres, padres, hijos y hermanos que se van sin justicia.

Porque la violencia que mata con balas y la violencia que mata con indiferencia, aunque parezcan distintas, tienen algo en común: ambas destruyen vidas que jamás podrán recuperarse.

Mi amor, condolencias y oraciones por la familia de Miguel, y por todos quienes hemos padecido este inmenso e injusto dolor.

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