Opinión

Los Iván y la fábrica de la doble moral

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

“Los Iván están de moda”. No por sus buenas ideas, ni por su coherencia, mucho menos por su defensa genuina de las causas que dicen abrazar. Están de moda porque representan, quizá mejor que nadie, la doble moral elevada a discurso público.

Hay Iván que se disfrazaron de defensores del deporte, expertos de ocasión, paladines del atleta olvidado. Sin embargo, guardan un silencio casi reverencial frente a las repetidas cagadas del gobierno nacional con el deporte del país: recortes, improvisación, promesas incumplidas y un abandono que solo se recuerda cuando hay micrófonos y cámaras. Para esos Iván, criticar al poder sería morder la mano del ministro, del gerente del canal de medios y del «mesías» que les da de comer.

Otros Iván trinaban antes, pero ahora trinan más. Todos los días. Como si tuvieran un libreto nuevo, escrito por su flamante patrón. Repiten las “bondades” de un gobierno que vive de escándalo en escándalo, maquillando la realidad con hashtags, consignas y frases vacías. No cuestionan, no dudan, no contrastan. Aplauden. Y si alguien se atreve a señalar los errores, lo tildan de enemigo, vendido o nostálgico del pasado.

También están los Iván candidatos. Los que leen discursos ajenos, diseñados para convencer electores de cara a las elecciones. Los que se presentan como salvadores, casi mesías, prometiendo un país ideal mientras hablan todos los días de Uribe, como si el pasado fuera la excusa perfecta para no responder por el presente. En su narrativa, incluso su propio “mesías” queda como un aprendiz frente a todo lo “bueno” que ellos dicen que van a hacer.

Pajaritos, “combatientes de la corrupción” y aspirantes al poder han dejado claro que lo suyo no es el plato de lentejas para el pueblo que tanto mencionan en sus discursos. Lo que realmente les interesa no es la gente, ni las causas sociales, ni el deporte, ni la transparencia. Les interesan los contratos que llegan desde papá gobierno, los puestos, los favores y la cercanía al poder.

Lo más irónico —y quizás lo más cínico— es que muchos de estos Iván señalan a sus colegas de vendidos, mientras estiran la mano con la otra. Denuncian la corrupción ajena, pero justifican la propia. Hablan de ética, pero practican conveniencia. Predican cambio, pero se acomodan al sistema con una facilidad asombrosa.

Los Iván están de moda, sí. No como ejemplo a seguir, sino como símbolo de una política donde la doble moral ya no se esconde: se exhibe con orgullo.

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