Opinión

Los tentáculos de Tapia

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

Las situaciones que se presentan en este país no dejan de sorprender… y, hasta asustar. Emilio Tapia reaparece en las noticias, no por haber hecho algún grandioso acto de contrición o haber devuelto algo del dinero que se embolsilló con alguno de los muchos contratos amañados y ladrones que hizo con el Estado, no señores, volvemos a saber de él porque su nombre hace parte ahora, de los contratos de Emcali. Así es, el mismo personaje que se encuentra  privado de la libertad en la cárcel El Bosque, en Barranquilla, por el caso de Centros Poblados, donde falsificó las pólizas del Banco Itaú para quedarse con un contrato por el que recibió un anticipo de 70 mil millones, que invirtió en pagar deudas personales y comprar obras de arte, es quien se encuentra hoy, nuevamente, en el ojo de la Fiscalía General de la Nación, porque en 2021 presentó ante Emcali, dos documentos falsificados, denominados Certificados de Cupo de Crédito Aprobado, en los dos procesos contractuales de la Planta de Tratamiento de Agua Potable (PTAR) de Puerto Mallarino fase uno, por $ 3.798 millones y $ 2.414 millones.

Lo que no se entiende es por qué si la Fiscalía fue capaz de dar con el nombre del señor Tapia y relacionarlo con cada contrato, no hay una veeduría o auditoría dentro de TODAS LAS EMPRESAS DEL ESTADO que haga lo propio antes de la firma de los contratos, buscando garantizar que las partes sean las idóneas para cerrar el negocio. Alguien debería evitar que se las sigan robando. Y yo sé lo que está pensando, que eso no lo evitan los burócratas porque es lo que quieren para poder sacar su “tajada”, pero, precisamente por eso, es que las entidades deberían estar blindadas para que estas cosas no ocurran, porque, como se ha dicho durante largo tiempo, la corrupción es el peor de nuestros males. Aunque, si soy honesta y pudiendo sonar “Arjonesca” el problema más grave que tenemos no es la corrupción, es la forma en que nos acomodamos a vivir en ella lo que nos impide erradicarla.

Como sociedad, tenemos que revaluar nuestros principios y valores, dejar el egoísmo que nos hace pensar que, si el negocio nos beneficia o no nos perjudica de forma directa, qué importa a quién perjudique o a quién no beneficie. Los “Emilio Tapia” llegan a nuestra sociedad para quedarse, porque nos acostumbramos a seguir su juego y hacer negocios bajo sus condiciones, a cerrar los ojos cuando la negociación trae pormenores que no sabemos claramente cómo identificar para saber si, al final, era lo más conveniente para todos como sociedad. Hasta que no dejemos de creer que lo público va de la mano con riqueza y que de ella debe haber para todos, nuestra sociedad no va a cambiar. Lo público debe ser tomado como lo que es, de todos, y quienes lleguen a su servicio, deben ser personas capaces de entender que su labor es velar por los intereses de la comunidad, sacando adelante negocios, proyectos y acciones que tengan por objetivo, beneficiar a una parte de los ciudadanos o a un público específico, no a sus bolsillos. Y cuando hablo de quienes llegan al servicio de lo público no hablo de los “Emilios”, hablo de quienes tiene la responsabilidad de garantizar que aquello que se haga con recursos públicos, sea lo indicado y se realice de la manera más transparente posible.

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