Mis olimpiadas

1 Corintios 9:24-25
24 ¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero solo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. 25 Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre.
El mundo hoy coloca su mirada en el deporte, específicamente en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y nos maravillamos muchos con las marcas, los tiempos, las épicas victorias, los pesos levantados, los aciertos en los disparos, la precisión en los lanzamientos y la fortaleza de los deportistas.
La preparación, la disciplina, el tesón, la valentía y el esfuerzo físico, llevan a estos hombres y mujeres a verse como superdotados y sobresalientes en su aspecto visible al de los demás. Son los mejores deportistas del mundo quienes compiten por las medallas.
El Apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, nos advierte de estar enfocados en una carrera que está muy lejos de ser una prueba de los olímpicos; que está en un plano totalmente diferente a las carreras por las medallas o las pruebas que generan premios pasajeros y efímeros. Es una carrera espiritual, para conseguir llegar a una meta alcanzable, no es imposible; es la carrera hacia un premio que dura para siempre: La Salvación eterna, la valiosa meta de la vida en Cristo.
Tomemos un deporte como el Atletismo; allí hay diferentes pruebas de carreras. Existen las de velocidad (100 mts, 200 mts, 400 mts), las de mediano fondo (800 mts, 1.500 mts. y 3.000 mts) y las de largo aliento o de fondo (5.000 mts, 10.000 mts, maratones, etc.)
En ese escenario; vemos en las largadas de esas carreras la presentación de los atletas, y encontramos profundas diferencias en su biotipo y su aspecto físico.
Encontramos: Endomorfos en las carreras de velocidad, con gran masa muscular, generalmente de mediana y alta estatura, longilíneo a veces y corpulentos. En las de mediana velocidad podemos hallar en la misma medida algunos Mesomorfos de constitución más atlética y un poco más livianos. Pero en las de largo aliento o de fondo, encontramos individuos de poca masa muscular, muy delgados, de baja estatura y de poca contextura; estos son los Ectomorfos.
La carrera de la que habla Pablo en el versículo de partida de este mensaje, es una carrera de largo aliento, de fondo; no de velocidad, también llena de obstáculos. No es de llegar más rápido, no es de correr tras el viento, no es de llegar primero.
Y así como existen tres constituciones físicas, también existen tres en el campo de esta carrera:
El hombre natural: La persona que se deja influir por las pasiones, los deseos, apetitos y sentidos del mundo, en lugar de escuchar la inspiración del Santo Espíritu. Ese se parece al Endomorfo (muy musculoso)
El hombre carnal: Es el que reconoce que Dios existe, pero lucha con la carne y sus deseos, no ha podido abandonarlos. Este se asemeja al Mesomorfo, (mediano aliento).
Y por último…
El hombre espiritual: El que tiene una íntima relación con Dios y se relaciona con los demás de acuerdo a ello. Este se parece al Ectomorfos (de largo aliento, y de poca masa muscular)
Todo este repaso bio-espiritual, nos lleva a algo que dijo alguien que sabía exactamente en qué condición estaba; un hombre que no se consideró grande, que siempre quiso sacrificar su estatura y su masa muscular espiritual, para dejar que el Señor Jesús creciera en él: Es Juan el Bautista
Juan 3: 30
30 A él le toca crecer, y a mí menguar.
La tenía clara, era un Ectomorfo, un hombre espiritual, que no se movía por egoísmos, ni por fama, ni por orgullo, ni placeres materiales, ni vanidad. Él sabía que debía menguar para que en el creciera el Señor, para que ese músculo y esa estatura que dejaba atrás, le permitiera en su humildad, tener una capacidad toráxica mayor; tal cual como los fondistas, que sacrifican músculo por oxígeno.
Ese oxígeno, en este caso es el Espíritu Santo. Así debemos ser para llegar a la meta de la Salvación; de largo aliento, breves, menguados, para que nuestro ego no se vea como unos bíceps abundantes o deltoides prominentes o pectorales voluptuosos. Debemos morir al yo, para que Cristo viva en nosotros.
Pablo lo sabía y nos lo dice clarito
Gálatas 2:20
20 He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.
Despreciar toda vanidad, todo primer plano, ser brevilíneos, ser menguados y dar crecimiento al tórax; o sea nuestra capacidad espiritual y que esto nos lleve a llenarnos del Espíritu Santo; como el Ruach, el viento vital, el hálito de vida; el que da el Señor para infundir aliento, como lo hizo con adán.
Al final el llamado es a menguar y dejar que el Señor crezca y tanquear nuestros pulmones de oxigeno divino, para llegar al final. Me despido con la reiteración de Pablo.
1 Corintios 1:8
8 Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo.
Les amo en Cristo Jesús.
Bendiciones.




