Opinión

No soy de aquí ni soy de allá

Vivir en una tierra distinta a la de uno no es fácil, los cambios culturales afectan de una manera sorprendente y ni hablar de la interacción con los nacionales que a veces se torna bastante compleja.

No importa que las políticas del nuevo país tengan contemplado la no discriminación dentro de sus leyes, la discriminación está ahí, lista para saltar cuando menos lo pensamos, tal como lo hace la liebre en nuestros países de orígenes.

Tal vez por eso, no es raro escuchar a más de un ignorante referirse a los colombianos, por ejemplo, como los amantes a la cocaína, como los Pablo Escobar de la empresa o simplemente, no es raro verlos desesperados porque uno no habla a la perfección su idioma, mas, cuando hay una suerte de guerra por mantener un idioma específico, en un lugar que recibe miles de inmigrantes de todo el mundo cada día y cuya economía es movida por los mismos inmigrantes.

Pues bien, llegar de otro país a enfrentar este tipo de cosas no es tarea sencilla; no obstante, muchos tenemos la entereza de defender lo nuestro; de no amilanarnos por los comentarios mal intencionados de nativos y de foráneos que se creen las vacas sagradas por estar en estas tierras.

A muchos, no nos tiembla la lengua para poner en su lugar a estos personajes que quieren burlarse de nosotros porque se han comido el cuento que les muestra Netflix y toda esa basura que no tiene que ver con la verdadera esencia de nuestra idiosincrasia.

Aunque, se hace necesario decir que no falta el inmigrante ignorante que no para de despotricar de la tierra que lo parió y los escucha uno hablando pestes del país y muertos de la risa cuando algún local se mofa de la patria.

Sin embargo, creo que la parte más compleja de este asunto de defender la identidad nacional de una persona, está más marcada en quienes no son de aquí, ni son de allá; dicho en otras palabras, de la gente cuyos padres son extranjeros y nacionales o de padres extranjeros que les concibieron aquí o en cualquier otro país diferente, incluso, en todos aquellos que llegaron siendo unos niños y que no tuvieron la oportunidad de experimentar el sentimiento patriótico que si tenemos los que vivimos, conocimos y nos dolió hasta la Madre Patria cada bomba, cada guerra, cada masacre, cada destrucción y toda esa barbarie absurda y característica de nuestras tierras agobiadas y dolientes.

Y digo que es cosa sería, porque estas personas, cuyos rasgos generalmente no son los de un norteamericano o un europeo, se enfrentan también con una suerte de discriminación en donde les preguntan, por ejemplo, si hablan el idioma, sin entienden lo que se les están diciendo e incluso, llegan a experimentar cierta animadversión por sus raíces latinoamericanas, como su lengua o sus costumbres gastronómicas.

Sin dejar de lado que, al llegar a ciertos lugares, son mirados como verdaderos extraños, como nos pasa a los que no somos de aquí.

Entonces, debo decir que vivimos en un mundo de sociedades excluyentes; un mundo en donde pese a que todos somos iguales, sangramos igual, defecamos igual y nacemos y morimos, todavía seguimos con el imaginario de las razas perfectas, de los estatus y de la clasificación dentro de un código de barras.

Tal vez por eso, y como dice el cantor:

“No soy de aquí, ni soy de allá,

no tengo edad, ni porvenir

y ser feliz es mi color de identidad”.

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