Noviembre de Ceniza y Dolor: A 40 años de Armero

Recuerdo aquel amanecer gris en Cali, hace ya cuarenta años. Tenía apenas doce, la edad en que uno apenas empieza a comprender el peso del mundo. Subí a la ruta escolar a eso de las 5:45 am, como cada mañana, con la mochila liviana y la mente puesta en los juegos del recreo. El conductor del bus, don Mario, con su voz ronca y el gesto sombrío que rara vez mostraba, me dijo: “Joven, no queda nada de Armero… ese pueblo se desapareció.”
No entendí del todo sus palabras. ¿Cómo podía desaparecer un pueblo? ¿Cómo podía borrarse del mapa una comunidad entera en una sola noche? En aquel instante no supe que la tierra misma, despiadada y ciega, había cubierto de barro, fuego y silencio a miles de colombianos. No supe que el 13 de noviembre de 1985, el Nevado del Ruiz había soltado su furia y convertido la vida en tragedia.
Ese noviembre fue un mes de horror para el país. Aún no sanaban las heridas del Palacio de Justicia, tomado a sangre y fuego por los asesinos del M-19, el cual vimos consumido por las llamas apenas una semana antes. Colombia entera se tambaleaba entre el desconcierto, el miedo y la desolación. Y cuando creímos que ya no podíamos llorar más, vino Armero. Fue como si la historia hubiera decidido ponernos de rodillas, obligarnos a mirar de frente nuestra fragilidad.
Con los años entendí que Armero no fue solo una tragedia natural. Fue también una tragedia humana: la del olvido, la del aviso ignorado, la de la soberbia ante las señales de la montaña. Miles de vidas segadas, sueños truncados, familias enteras desaparecidas bajo un manto de lodo que aún pesa sobre nuestra memoria colectiva.
A cuatro décadas de distancia, sigue doliendo. Duele la imagen de Omaira Sánchez, esa niña que resistió con dignidad hasta el último suspiro; duele la indiferencia de los que pudieron hacer más; duele el silencio que siguió al estruendo. Pero también duele el olvido. Porque olvidar es como permitir que Armero se hunda dos veces.
Hoy, cuando pienso en aquel niño de 12 años que escuchó la noticia sin entenderla, siento una mezcla de tristeza y gratitud. Tristeza por el país que fuimos, por la inocencia que se perdió en medio del barro. Gratitud porque aprendí que la memoria es lo único que puede salvarnos del olvido, que recordar no es quedarse en el pasado, sino honrar a quienes ya no están.
Cuarenta años después, seguimos buscando respuestas, consuelo, justicia. Pero sobre todo, seguimos buscando sentido. Y quizás ese sentido esté en no dejar que la voz de Armero se apague, en repetir sus nombres, en mirar al volcán con respeto y con memoria. Porque un país que olvida su dolor, está condenado a repetirlo.




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