Opinión

Orgulloso reportero

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Disciplinada y laboriosa una mujer servía cada plato de comida con cuidado. Yo observaba que me miraba mientras hacía la fila para recibir el almuerzo. Esa tarde acompañaba a una gran amiga que organizó una reunión para despedir a su madre, quien falleció días atrás. Al final, la mujer me entregó el plato de comida mientras me decía que por años me había visto en televisión. Me felicitó por mi trabajo como reportero y yo le agradecí rápidamente, otras personas esperaban.

Un par de horas más tarde, cuando ella recogía los platos, iniciamos conversación.

Ella, robusta y de piel aceitunada, me contó que es de Nicaragua, de donde salió hace 55 años. Vivió 7 en México y hace 48 años está en Estados Unidos. Sonriente, con algunas arrugas en su rostro y unas pocas canas, me contó que tiene 78 años y que se llama Patricia Aguilar.

Me preguntó por qué ya no me veía en televisión. Cuando le respondí que se viven tiempos difíciles me dijo que siente que las noticias en la televisión han cambiado. Me preguntó por algunos compañeros que tuve por años, quienes tampoco siguieron por diversas razones.

Nos tomamos un par de fotos, me dio un abrazo y se marchó.

El recuerdo de aquella charla me dejó una gran sonrisa. Me hizo pensar que algo bueno hemos hecho los periodistas para que la gente nos recuerde con cariño.

Quizás suena banal, pero esto es muy importante ahora que el periodismo enfrenta momentos tan críticos. Muchos medios han cerrado. Muchos periódicos y revistas han transitado, obligados, hacia el mundo digital. Muchas salas de redacción han visto reducir su número de integrantes año tras año.

El ejército de periodistas en busca de oportunidades, como las que se vivían en épocas anteriores, no es pequeño.

Unos meses atrás un reconocido periodista, a quien admiro, me compartió un mensaje que escribió en X el reportero de The New York Times, Benjamin Mullin: «Alguien va a construir una gran compañía de medios a partir de las cenizas de los últimos dos meses. La cantidad de talento en el mercado en este momento es irreal».

Quisiera tener el optimismo del señor Mullin, pero los grandes y oscuros nubarrones que amenazan la continuidad de los medios de comunicación, tal y como los hemos conocido en las últimas décadas, no parecen despejarse.

Entre muchos factores causantes de esta crisis, quiero resaltar tres: la forma en que se consumen contenidos ha cambiado drásticamente en los últimos 20 años; cada vez hay medios nuevos y más segmentados; y, el último, y no menos importante, la polarización a nivel mundial en temas como política y religión atenta contra la credibilidad de los periodistas. Solo hay que ver la forma en que desde la Casa Blanca, hoy liderada por el presidente Donald Trump, quieren decidir cómo deben informar los medios de comunicación. El veto a la AP, la agencia de noticias más grande del mundo, a los espacios y eventos presidenciales, es el más claro ejemplo.

Hoy, no entiendo la razón para dejar de escuchar, leer y ver noticias de la forma tradicional. Cuando tenemos un problema de salud buscamos un médico; cuando queremos construir un edificio buscamos un arquitecto; cuando queremos solucionar un problema legal buscamos un abogado. Y entonces, ¿porque cuando queremos buscar información veraz no acudimos a un periodista o a un medio reconocido?

Ha hecho carrera en los últimos años una nueva forma de informarse. Generaciones de «youtubers», «instagramers», «tiktokeros», por mencionar solo algunas modalidades, que ganan grandes cantidades de dinero (a lo que tienen total derecho), pero sin el estricto rigor ético y moral que garantiza que la información que entregan sea veraz y oportuna. La única función de algunos de estos nuevos informadores pareciera ser la de atizar el carbón que alimenta el fuego de nuestros odios reprimidos.

Las llamadas «fake news» crecen de manera vertiginosa de la mano de quienes las repiten sin cesar haciendo homenaje a Joseph Goebbels. El llamado jefe de la propaganda nazi en el Tercer Reich aplicó con éxito los 11 principios que ideó. Basta con entender que el sexto, el «Principio de la Orquestación», llevó a una famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.

Y no importa el espectro ideológico, esos engaños los implementan sin sonrojarse la izquierda y la derecha.

Y mientras tanto, los grandes sacrificados somos los periodistas y los medios de comunicación tradicionales, que a lo largo de la historia nos hemos aferrado a la verdad con pasión.

¿Estamos destinados los periodistas y los medios a desaparecer? No creo. Pienso que es hora de adaptarnos a la nueva realidad.

Mientras haya personas como Patricia Aguilar, cada esfuerzo, cada noticia, cada historia contada, habrá valido la pena.

Por eso, después de tantos años dedicado al «mejor oficio del mundo, como lo llamó Gabriel García Márquez, sigo siendo un orgulloso reportero.

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