Opinión

Petrus (Un cuento de navidad)

Luis Carlos Rojas García

Luis Carlos Rojas García

Escritor

Una vez terminó la cena navideña, el niño Alvarito miró a través de la ventana y pidió con todas sus fuerzas que su deseo de poder gobernar al país por siempre y para siempre se hiciera realidad.

Sin embargo, hubo algo oscuro en su petición ya que, en su corazón grande y su mano firme, no había otra cosa que maldad pura. Fue así como el cielo, pese a que ya era de noche, se tornó más oscuro; de hecho, una espesa niebla invadió cada rincón del país que tanto apetecía el niño Alvarito.

A la mañana siguiente, el niño Alvarito se levantó de la cama y fue a buscar sus regalos. Grande fue su sorpresa al ver a sus padres y hermanos frente al televisor. El niño Alvarito no comprendía lo que estaba pasando.

Bajó las escaleras lentamente sin quitar la mirada del rostro sorprendido de la familia. Una vez, al lado de sus padres, pudo observar que sus ojos estaban clavados en la pantalla. Lo mismo ocurría con sus hermanos.

El niño Alvarito giró despacio, como quien sabe que va a encontrar una suerte de fantasma detrás. Entonces, lo vio. Sus piernas comenzaron a temblar, su corazón se aceleró y su respiración agitada retumbaba por todas las paredes de la gran mansión.

En el noticiero matinal anunciaban un hecho sorprendente, a cientos de niños hijos de la política del país, les había llegado como regalo un trozo de carbón, lo que significaba que la leyenda de Petrus, un demonio maligno, la sombra de Santa Claus, era real y lo peor, había vuelto.

Petrus, en la mitología nórdica, era un personaje perverso y con unos poderes extraordinarios, poderes que iban más allá de la imaginación. Podía, por ejemplo, mover a medio país a su favor y ponerlos a marchar en su nombre, cambiar la mentalidad de las personas, expropiar tierras y propiedades, hacer que la gente de otras partes del mundo lo adoraran e incluso, era capaz de fomentar una tercera guerra mundial y volver al país como cualquier país vecino caído en desgracia, aunque el país ya estuviera en condiciones lamentables.

Tenía además la facultad de denunciar la corrupción y, lo peor, le daba trozos de carbón a los niños hijos de la política que se portaban mal, para después venir por ellos y llevarlos a la eterna oscuridad de su mundo.

El niño Alvarito sintió que todo a su alrededor se derrumbaba. Cómo era posible que existiera un ser tan aterrador como ese. No entendía cómo nadie le había contado sobre el mismo, cuando él tenía amistades por todas partes y podía escuchar todo tipo de conversaciones.

Comenzó a llorar, a gritar hasta que logró sacar a sus padres y hermanos de su letargo.

Su madre lo socorrió enseguida. Lo abrazó y le mimó para que se calmara. Luego, el padre los reunió a todos en la sala, frente al arbolito de navidad y les explicó todo acerca de este ser tan diabólico y poderoso.

Una vez terminada la reunión, el niño Alvarito subió al cuarto con su regalo de navidad en las manos. Lo dejó en el suelo, luego tomó el teléfono y llamó a todos sus amiguitos: a la niña Paloma, a Mafe, a Rodolfito, al niño Sergio, a la niña Martuchis, al niño Alejito y por supuesto al niño Iván. El gordito del grupo que comía como un chancho.

Acordaron dos cosas, verse en la casa abandonada de siempre y llevar sus regalos de navidad sin abrir. Salieron de casa, montaron sus bicicletas y una vez estuvieron reunidos, hicieron un círculo, luego, pusieron sus regalos al frente y a la cuenta de tres los abrieron.

En efecto, cada uno de ellos había recibido un trozo de carbón. Ni siquiera pudieron gritar, ni llorar, el miedo, el aterrador y escalofriante miedo los invadió porque sabían que Petrus vendría por ellos y no podían hacer nada para evitarlo, tan solo esperar, esperar en una eterna agonía, esperar y nada más que esperar.

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