“Tiro ventiao”: el peligro de una candidatura incendiaria

Llevo mucho tiempo advirtiendo sobre el peligro de algunas candidaturas en potencia a la presidencia. En una entrevista con Vladdo en El Destape, el periodista lo dijo con unas palabras que desde entonces he adoptado: “En 2026, no necesitamos un antídoto de Petro”.
Por eso, no podía dejar pasar —aunque algunos de mis amigos políticos me lo recomienden— el anuncio de la aspiración presidencial del señor Abelardo de la Espriella. Mucho menos después de que, hace poco, en un pueblo remoto y olvidado del departamento de Bolívar, dos personas expresaran, en mi presencia, su intención de votar por el abogado. “Menos mal se va a lanzar a la presidencia Abelardo”, dijo uno de los susodichos mientras comentábamos la situación del país.
De la Espriella ha sido criticado por haber defendido penalmente a los paramilitares durante su desmovilización. Desconozco los detalles de esos procesos, en los que, por supuesto, pudo haber vicios. Pero los señores paramilitares, como cualquier delincuente, tenían derecho a una legítima defensa.
También ha sido cuestionado por varios de sus excesos: desde vuelos en aviones privados hasta atuendos de diseñador —de los pies al sombrero— y actuaciones de ópera en su villa italiana. Todo lo anterior, además, denota un “exceso” de riqueza que contrasta con la miseria del país.
Pero todas esas críticas son debatibles. Habrá quienes consideren que haber defendido a criminales fue una labor ardua, riesgosa y patriótica, que merecía una buena remuneración. Pago que, sumado a los ingresos de su reputada firma de abogados, alcanzaría de sobra para costear sus comodidades y —en mi opinión— sus malos gustos. Allá Abelardo, exhibiendo los tobillos con sus pantalones saltacharco y sus Ferragamo…
Pero una cosa es todo eso —que daría para una buena pieza investigativa, o de moda— y otra muy distinta, desde mi punto de vista, es que el respetado abogado se preste para decir, muy orondo y con un arsenal al fondo, que “en Colombia lo que hace falta es tiro ventiao”. ¡Háganme ustedes el favor! En un país en el que, si algo ha sobrado, han sido precisamente las balas. A menos, claro, que uno crea que los malos nacen en Colombia por simple mala suerte y que hay que acabarlos como se acaba con una plaga.
Esa escena, para mí, constituye un acto tan irresponsable y peligroso como muchos de los del actual presidente, a quien tanto critica el señor Abelardo.
Abelardo de la Espriella pareciera desconocer algo que es fácil de constatar en nuestro país: que no ha habido un desarrollo justo de los recursos —humanos y naturales— ni de la economía. Por el contrario, a lo largo de sus pocos siglos de República, lo que ha habido en Colombia es un desarrollo injusto, concentrado en manos de unos pocos. Esta situación, sumada a la llegada del narcotráfico, ha dejado en manos de la delincuencia a centenares de vidas.
Por supuesto, quienes han delinquido deben ser aislados y emprender un proceso de reparación y no repetición de sus crímenes. Para ello, debe existir una fuerza pública robusta. Nadie propone premiar a los delincuentes, ni mucho menos. Pero si de verdad se quiere una sociedad libre de crimen, lo que se necesita es que todos sus miembros tengan la oportunidad de una vida digna. De descubrir y desarrollar sus talentos, y de ponerlos al servicio de sus comunidades.
El señor Abelardo bien puede guardar sus balas y dejar de engañar incautos con la falsa promesa de que va a acabar con la plaga del mal que —dirá él— le mandó a Colombia Lucifer.



