Opinión

Un año largo, muy largo

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

Se avecina el último año de gobierno de Gustavo Petro y todo indica que será tan largo y desgastante como lo ha sido su mandato hasta ahora. Un año en el que, lejos de buscar consensos o serenidad institucional, el país parece condenado a vivir atrapado entre dos extremos igual de agotadores: un presidente que se victimiza a diario, rodeado de un séquito que insiste en pintar un país de fantasía; y una oposición que descalifica cada movimiento del Gobierno, incluso antes de que ocurra.

Lo primero que salta a la vista es la narrativa oficialista, cada vez más alejada de la realidad cotidiana. Según el presidente y su círculo cercano, Colombia va rumbo a convertirse en ejemplo mundial en justicia social, transición energética, salud pública, empleo digno y paz total. Pero cuando se rasca un poco esa superficie, lo que hay debajo es improvisación, peleas institucionales, proyectos estancados y un liderazgo que no escucha, sino que señala y confronta. Todo aquel que se atreva a cuestionar algo —así lo haya apoyado antes— es inmediatamente tildado de “enemigo del cambio”, de “oligarca”, o de “vocero de las mafias”.

Del otro lado, la oposición tampoco ayuda. En vez de construir y exigir con argumentos, muchos prefieren el insulto fácil y el “no” sistemático. Todo lo que viene del Gobierno se rechaza de plano, sin matices. Esa actitud también erosiona la democracia y convierte el debate en una batalla estéril que solo alimenta la polarización.

En este contexto, lo único sensato sería exigir que se cumpla lo que se prometió. Y entre esas promesas está el respeto por los poderes públicos, por la Constitución, por la separación de funciones. No es aceptable seguir viendo ataques velados (o directos) a la Corte Suprema, al Congreso, al periodismo libre, a los empresarios que arriesgan capital, a los deportistas que no se alinean con el discurso oficial, y mucho menos a los ciudadanos que no aplauden todo sin pensar. La democracia también se construye con quienes dudan, se arrepienten o simplemente no creen.

Queda un año. Ojalá pase rápido. Ojalá pase en paz. Colombia no necesita más sangre, más estigmatización ni más liderazgos mesiánicos que dividen. Necesitamos un cierre de ciclo en el que se gobierne para todos, no solo para los convencidos. Que se legisle sin atropellos. Que se administre sin soberbia. Que se escuche más y se grite menos.

No es mucho pedir. Solo es lo mínimo que se merece un país que lleva décadas buscando, sin descanso, una salida a su laberinto.

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