¿Y si el problema no es quién gane, sino si se respeta la derrota?

No me quita el sueño si las próximas elecciones presidenciales las gana Paloma Valencia, Abelardo De La Espriella o Iván Cepeda. En democracia, perder o ganar es parte del juego. Lo que realmente me preocupa es algo más profundo y peligroso: si el país está preparado para aceptar un resultado adverso sin caer en el caos.
Me inquieta, especialmente, la actitud del gobierno de Gustavo Petro frente a una eventual derrota en las urnas. No es un temor gratuito. En repetidas ocasiones, el propio presidente ha sembrado dudas sobre la transparencia electoral, hablando de posibles fraudes y alimentando una narrativa que, en lugar de fortalecer la confianza institucional, parece erosionarla.
Cuando desde el poder se cuestiona el sistema antes de que hablen los votos, se abre una puerta peligrosa. Porque entonces la discusión deja de ser política y pasa a ser existencial: ¿se respetará la voluntad popular o se intentará deslegitimarla?
No puedo evitar pensar en escenarios donde la tensión social se desborde. La historia reciente del país ha demostrado que actores como la minga indígena o la llamada “primera línea” pueden movilizarse con fuerza en las calles. ¿Qué pasaría si esas energías son canalizadas bajo la idea de que hubo fraude? ¿Estamos preparados para una reacción así?
No se trata de estigmatizar la protesta, que es legítima en democracia. Se trata de preguntarse si el liderazgo político está dispuesto a ponerle límites a la confrontación o si, por el contrario, la alentará cuando no le favorezca el resultado.
Quisiera creer que Colombia ha madurado lo suficiente para tramitar sus diferencias en las urnas y no en las calles. Pero también creo que la responsabilidad más grande recae en quienes tienen el poder de influir en millones.
Porque al final, más allá de nombres y partidos, lo que está en juego no es una elección. Es la estabilidad misma del país y la confianza en que la democracia, con todos sus defectos, sigue siendo el camino.




