Historias

Anécdota viajera: Mi mamá y el barrio rojo

Annie Navia

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Visitaba junto a mi mamá Ámsterdam, una de las ciudades más liberales a las que haya ido, y aunque yo intento no tener prejuicios, para otros puede no resultar tan fácil entender la dinámica de la ciudad.

Nuestro hostal quedaba justo en el límite de lo que llaman el “Barrio Rojo”. Esta es una zona donde en sus calles los locales bajos tienen vitrinas con vidrio que van de piso a cielo, nada diferente a una calle comercial de cualquier otra parte del mundo. Pero en estas vitrinas no se exponen artículos que están a la venta, sino que hay mujeres semidesnudas cuyo oficio es la prostitución.

En las noches dentro las vitrinas se iluminan con un bombillo rojo, por lo cual surge el nombre de esta parte de la ciudad.

Visitar estas calles y este barrio, termina siendo un atractivo para turistas, sin embargo, mucha gente lo hace con respeto. No se fotografían a las mujeres, no se hace corrillo para mirarlas y de cierta mera se dignifica (aunque se exponga abiertamente) una de las profesiones más antiguas y más cuestionadas de la humanidad.

Una tarde estábamos caminando por la ciudad: atravesando puentes, admirando los botes en los canales y escapándonos de ser atropelladas por los ciclistas. Poco a poco nos fuimos adentrando a otra zona, alejada de dicho barrio. Las calles se volvían más tranquilas y nosotras disfrutábamos de esa paz fuera del bullicio de tanta gente.

Por esa época mi hermana estaba embarazada y la futura abuela se enternecía desmesuradamente por cada artículo de bebé que veía. Íbamos por el andén de una de estas tranquilas calles, cuando mi mamá se quedó de repente mirando una pequeña vitrina, al interior había una silla con un lindo osito de peluche, pero al lado, había una mujer de aquellas que creíamos que solo estaban en el barrio rojo. Ella se sonreía al ver que mi mamá estaba tan concentrada con el muñeco que no se había percatado de su discreta presencia.

¡Entre dientes (como si la mujer fuera a escucharme y a entender español) le dije a mi mamá que no se quedara mirando así! ¡Y le abrí los ojos! Tal vez como ella lo habrá muchas veces cuando era niña y cometía alguna imprudencia.

Pero ella muy inocentemente me pregunta: ¿por qué?

Y en ese instante levantó la cabeza y vio a la mujer, que con una sonrisa le decía: ¡tranquila!

Sin embargo, mi mamá ante su asombro inesperado, pegó tal brinco, ¡que la mujer y yo solo pudimos reírnos! Luego nos reímos las 3 y con una levantada de mano le dijimos adiós y seguimos nuestro camino.

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