Opinión

El país que exige podios mientras sus deportistas venden empanadas en la calle

Mientras otros países pagan a sus deportistas por su talento y por competir en la selección nacional, en Colombia, los atletas tienen que vender empanadas en la calle para poder competir.

Hace unas semanas Nicole Regnier periodista de ESPN Colombia y exfutbolista profesional, subió un video a sus redes sociales mostrando a integrantes de la Selección Colombia de karate vendiendo empanadas en las calles de Bogotá, buscando reunir dinero suficiente para poder asistir a torneos mundiales en México y España.

A pesar de resaltar el esfuerzo de estos deportistas, esto no es una escena inspiradora de superación; es una señal de alarma. Porque cuando un seleccionado nacional tiene que autofinanciar su participación en un torneo internacional, el problema no es individual, es estructural.

Como ex-deportista de alto rendimiento en Colombia que salió del país a los 18 años en busca de mejores oportunidades, puedo decir de primera mano que Colombia no falla por falta de talento, falla porque financia el resultado, pero abandona el proceso. Y cuando una federación abandona el proceso, el deportista es el que termina financiando al país.

Los números ayudan a entender por qué los atletas terminan recurriendo a estas medidas. El presupuesto nacional destinado al deporte cayó drásticamente en los últimos años: de alrededor de 1,3 billones de pesos en 2024 a cerca de 464.000 millones en 2025 y proyecciones cercanas a 310.000 millones para 2026, una reducción aproximada del 76% frente a 2024 según reportes financieros y advertencias del Comité Olímpico Colombiano. Cuando el presupuesto se reduce de esa manera, no desaparecen las competencias ni los calendarios internacionales. Desaparecen los recursos para llegar a ellos.

Para ponerlo en perspectiva, el presupuesto deportivo proyectado de Colombia para 2026 representa sólo una fracción del gasto nacional total y una de las reducciones interanuales más pronunciadas del sector en la historia reciente.

Y sí, existe el programa estatal de apoyo a deportistas de alto rendimiento que otorga estipendios mensuales según categoría, desde tres hasta siete salarios mínimos y acompañamiento integral. Sin embargo, el problema no es su existencia, es su alcance. Entre el atleta cubierto y el atleta seleccionado pero sin financiación, hay un vacío enorme. Y ese vacío es donde aparecen las rifas, las ventas y los préstamos familiares.

El caso del deportista Jacobo Mesa lo ilustra a la perfección. Cuando participó en el Panamericano de Monterrey siendo primero en el ranking nacional de Karate, no recibió apoyo de su federación, y eso que no se trataba de un atleta marginal sino del número uno del país en su disciplina. Esa paradoja explica todo el sistema, si esta es la situación del mejor del país, ¿cuáles son las oportunidades para el resto de los atletas?

El argumento institucional más común es entendible: Colombia tiene prioridades sociales urgentes y recursos limitados. Es cierto. No se puede comparar el presupuesto deportivo de una potencia económica con el de un país en desarrollo. Pero ese no es el debate real, el debate no es deporte versus necesidades sociales, el debate es coherencia deportiva frente a los recursos y a lo que se exige.

No se pueden exigir medallas con estructura de supervivencia.

Porque lastimosamente en Colombia el deporte es amateur… hasta que te piden que representes al país como profesional.

Sin embargo, Colombia si quiere llegar a ser una potencia en el deporte como lo exigen las federaciones y la ciudadanía colombiana no se puede quedar en el “soy un país tercermundista.” Porque soluciones hay y otros modelos demuestran que el apoyo no siempre depende de ser rico, sino de cómo se organiza el sistema.

En Reino Unido, por ejemplo, los atletas de alto rendimiento reciben estipendios directos financiados en gran parte por la Lotería Nacional para cubrir gastos de vida y entrenamiento. En Australia existe un esquema federal que otorga apoyo financiero directo para que los deportistas puedan concentrarse en prepararse y competir. En Estados Unidos, aunque el Estado no financia directamente al equipo olímpico, existe un ecosistema sólido de becas universitarias, patrocinios y bonos por medalla que crean una red de seguridad competitiva.

Ninguno de esos países es perfecto. Ninguno tiene un sistema sin fallas. Pero todos comparten algo que Colombia aún no consolida: un piso mínimo de estabilidad para que competir no dependa del bolsillo del atleta.

Ahora, también hay otra excusa frecuente: “Que las federaciones deportivas también son responsables, no solo el Estado.” Tal cual.

Y precisamente por eso el problema es sistémico; Gobierno, federaciones y sector privado operan como compartimentos separados, cuando deberían funcionar como engranajes de un mismo sistema. Mientras cada institución espera que la otra responda, el deportista es el único que no puede esperar, porque el calendario no se detiene, los rankings no se congelan y las clasificaciones no se posponen.

El resultado es una contradicción nacional. Colombia celebra a sus atletas cuando ganan, pero los deja solos cuando se preparan. 

Se exalta la medalla, se ignora el camino.

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No se trata de romantizar el sacrificio. El sacrificio no debería ser requisito administrativo para competir. Representar a un país debería ser una responsabilidad deportiva y no una carga financiera.

Si Colombia quiere resultados sostenibles, necesita cambiar la lógica de inversión. No basta con premiar al que gana. Hay que financiar al que se está preparando para ganar. Los países que hoy dominan el medallero no improvisan campeones, los construyen con planificación, respaldo económico básico y calendarios internacionales garantizados.

La solución no es copiar modelos extranjeros imposibles de costear, es adaptar principios: Un fondo nacional de viajes para seleccionados oficiales, desembolsos rápidos y auditables, convenios público-privados para deportes no masivos, transparencia total sobre quién recibe apoyo y cuándo.

Porque cuando un atleta vende empanadas para poder competir, no estamos viendo una historia de esfuerzo. Estamos viendo un sistema que normalizó la precariedad.

Y un país que normaliza esto no tiene derecho a exigir podios.

Juan Andrés Manosalva

Juan Andrés Manosalva

Periodista y Analista deportivo

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