Colombia después de Petro: cuando el poder se va y Macondo se queda

Hay momentos en la política en los que la realidad parece escrita por Gabriel García Márquez. Colombia atraviesa uno de ellos. Tras la victoria electoral de Abelardo de la Espriella, siento que algunos sectores del petrismo parecen haberse quedado viviendo en una especie de Macondo político: un territorio donde perder una elección no necesariamente significa perder el poder, donde la explicación siempre está en el otro y donde admitir errores parece más difícil que abandonar el palacio.
El Consejo Nacional Electoral declaró oficialmente la elección presidencial para el periodo 2026-2030. El resultado, por tanto, no es una anécdota ni una opinión: forma parte de la decisión soberana expresada en las urnas.
Y aquí aparece mi primera reflexión: Colombia no necesita otra batalla imaginaria, sino respeto por la democracia.
Durante cuatro años escuchamos promesas de cambio, lucha contra la corrupción, transformación de las prácticas políticas tradicionales y defensa de los sectores históricamente excluidos. Sin embargo, el gobierno de Gustavo Petro también quedó marcado por controversias, escándalos y cuestionamientos relacionados con presuntas irregularidades administrativas, contratación, manejo político y posibles actos de corrupción que corresponden a las autoridades investigar y determinar.
Lo preocupante es que, ante ese balance, una parte del petrismo parece preferir construir otro relato antes que hacer autocrítica. Como en Macondo, algunos personajes pueden terminar convencidos de que la realidad es aquello que repiten suficientes veces.
Yo creo que Colombia merece algo distinto.
La mitad del país que votó por Abelardo de la Espriella no puede ser presentada como enemiga de la democracia, ni como una masa manipulada, ignorante o indigna de ser escuchada. Esa ciudadanía también tiene preocupaciones, frustraciones y esperanzas. Y tiene exactamente el mismo derecho a exigir un nuevo estilo de gobierno.
Eso no significa otorgarle un cheque en blanco al nuevo presidente. Todo lo contrario: el poder debe ser vigilado, cuestionado y controlado, independientemente de quién lo ejerza.
A quienes hoy dejan el poder les corresponde entender que la democracia también consiste en saber perder. A quienes llegan, recordar que ganar una elección no convierte a nadie en dueño de Colombia.
Quizás ese sea el verdadero desafío después de estas elecciones: salir de Macondo. Dejar atrás las ficciones políticas, reconocer los errores, respetar al adversario y comprender que Colombia no pertenece ni al petrismo ni al antipetrismo.
Pertenece a todos.
Y si el país decidió intentar otro camino, lo mínimo que merece esa decisión es respeto.




