En dónde veo yo la posibilidad de vivir en un mundo próspero y en paz

Reunida en una cafetería de Montreal con dos amigas, dos mexicanas y una venezolana, comentábamos las últimas noticias del gobierno de Donald Trump.
Mis amigas, mejor enteradas que yo, se expresaban indignadas sobre las últimas capturas de inmigrantes y manifestantes de la causa palestina, de las amenazas a Harvard, de los ya famosos aranceles, entre otras excentricidades, por decir lo menos, de la segunda era de Trump.
Las mismas amigas que ese día me manifestaron no querer ver más noticias de “ese señor” y por las cuales otras amigas han considerado salirse de Instagram.
De algunas de esas noticias apenas me estaba enterando. Por alguna razón, el algoritmo de mis redes sociales no me las muestra tan a menudo como sí lo hace con mis amigas. Pero de lo que sí llevo mucho tiempo enterada yo es de la polarización; que fue cómo llegó a la presidencia Trump.
Creo que Colombia se encuentra entre los países “pioneros” de esa modalidad de hacer política en los últimos años.
Fue en Colombia donde nos inventamos el “castrochavismo” (negociaciones entre Hugo Chávez y Fidel Castro aparte) como consigna de campaña en América Latina e incluso en la campaña de reelección de Donald Trump, durante la cual Joe Biden fue acusado de ser el representante de esa corriente política en el país del Norte.
En Colombia nos dividimos en dos mitades: una mitad que apoyaba las negociaciones para el desarme de las FARC, y otra que no. En la teoría, la primera era castrochavista y, también en la teoría, la segunda era de “extrema derecha”.
La realidad es que una mitad la conformábamos ciudadanos esperanzados en conocer la verdad de la guerra, de perdonarnos (como Jesús nos enseñó) y de empezar a construir la paz. La otra mitad, ciudadanos aterrorizados de que uno de los grupos que había ejecutado los actos más violentos de la historia reciente del país se tomara el poder. Creo que podemos acordar que ambos sentimientos son legítimos.
Reunidas en la cafetería esa misma tarde, les dije a mis amigas que en la capacidad que tuviéramos de sentarnos a dialogar entre nosotros sin etiquetas y con compasión, estaría la posibilidad de vivir en un mundo próspero y en paz. A pesar de Trump y “todos los demás”.



