Opinión

Killing Me Softly

Luis Carlos Rojas García

Luis Carlos Rojas García

Escritor

Fernando Soto, oriundo del Valle del Cauca Colombia, aguardó con paciencia en la sala de espera. Lo acompañaba su novia y en su rostro se dibujaba una enorme preocupación. Nunca había visto a Fernando tan acongojado por enfermedad alguna.

La sala, atiborrada de gente, recreaba un escenario muy parecido al que solemos ver en las salas de espera de cualquier clínica o EPS de nuestro país. Gente de pie, gente sentada, ancianos, niños y adolescentes esperando un turno. Algunos revolcándose de dolor.

Fernando miró a su novia y esta, al percatarse de su malestar, le apretó con fuerza las manos como diciéndole que todo iba a estar bien. Una hora y media después se escuchó en el altavoz que Fernando Soto podía pasar al consultorio número 9.

Caminaron lentamente por el largo pasillo que los llevó a otra recepción en donde una mujer les indicó exactamente la puerta por donde tenían que entrar. Una vez adentro, Fernando se agarró con fuerza de la camilla ubicada en un rincón, cerca de una ventana que dejaba ver los moribundos rayos de sol del otoño. El rostro del hombre palideció y su novia lo abrazó con ternura.

—¡No me vayas a soltar por favor!

Exclamó Fernando con la voz entrecortada, a lo que su enamorada novia respondió con su acento extraño:

—¡Nunca amor mío! ¡De eso puedes estar seguro!

Fernando se refugió en los brazos de su amada y por un momento el dolor se convirtió en un recuerdo, en un mal sueño que se disipaba poco a poco con cada caricia que subía y bajaba por la espalda del adolorido hombre.

Entonces, Fernando cayó, momentáneamente, es un plácido estupor que lo hizo salir por aquella ventana como un pájaro que vuela libre de su jaula. Se encontró migrando con algunas aves, recorrió el amplio territorio que lo separaba de su tierra natal y como la canción, cuando estaba a punto de llegar: no pudo evitar que sus ojos se le aguaran.

Imaginó entonces que baila salsita romántica con su novia en Juanchito y que hacían el amor entre los cañaduzales como dos adolescentes que disfrutan por primera vez las mieles del amor. Imaginó además que se daba una vuelta de la mano de la que sería su esposa por el Cristo Rey, Iglesia de la Ermita, por la Plaza Caicedo y después, una vez llegaron a la Capilla de San Antonio, se vio de rodillas pidiéndole a su enamorada matrimonio con todo el protocolo romántico que amerita un acto como tal.

Justo cuando en su ensueño su novia estaba por darle el sí, entró un hombre alopécico, con rostro de bufón y con un traje de esos que identifican a los profesionales de la salud.

Su acento era áspero y algo complejo de entender para personas como Fernando. La pareja se separó de inmediato y procedieron a prestar atención a lo que el galeno, al menos eso parecía que era, les decía.

Por orden del recién llegado, Fernando caminó un poco y luego, con mucha dificultad, se sentó en la camilla. El hombre le tomó la presión, le tocó los pies con todo y zapatos y, como si se tratase de un adivino, más que de un doctor, dijo que lo que tenía afectado era el nervio ciático y que le mandaría un tratamiento especial que lo pondría a dormir durante tres días.

Fernando y la que pensó se convertiría en su futura esposa, salieron del lugar, se acercaron a la farmacia, pagaron lo que tenían que pagar, llegaron al apartamento y comenzaron el tratamiento que, no solo puso a dormir a Fernando durante tres días, sino que, también, le creo cierta necesidad por el dichoso tratamiento.

Hoy en día, Fernando recuerda aquella vez que llegó a su casa con unos pequeños frascos que contenían analgésicos opiáceos, medicados por aquel hombre de rostro de bromista y, aunque ahora entiende el porqué de su adicción a dichos fármacos y de que no es el único que desarrolla una dependencia como tal por los mismos en países como la tierra fría del norte gracias a que muchos problemas de la salud se resuelven a punta de narcóticos, es consciente que difícilmente saldrá de ese agujero negro y que la única manera de calmar su dolor, tanto el físico como el de su ruptura que nunca superó, es consumiendo más y más de lo mismo, para después perderse entre balbuceos y tarareando la misma estrofa:

—Killing me softly, with his song. Killing me softly.

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