Historias

La cárcel

Paola Andrea Machado Acosta

Pamaco

Un lugar que imaginamos pero no queremos conocer, tal vez sea fría, desoladora y sin esperanza, algunos de los que pasan sus días allá anhelan salir, otros están cómodos porque sus condenas son largas y saben que al volver nadie los espera y el mundo como lo conocían no existirá.

Tienen sus horarios establecidos para la comida, las horas de sol, para irse a dormir y algunos para capacitarse o realizar alguna labor que le permitirá rebajar su condena, los días de visita son de júbilo pues podrán tener contacto con su familia y amigos, aquellos que nos los dejan ni los olvidan así estén lejos, todo un ritual de disciplinamiento social que busca corregir los errores que la misma sociedad provoca.

Una vida en la cárcel que se observa aburrida, sin sentido, pero es lo que tienen y la opción es sobrellevarla, finalmente tienen donde dormir y no tienen que preocuparse por cómo conseguir los alimentos en su día a día.

Esa es la cárcel que conocemos de muros altos, rejas de piso a techo y guardianes entrenados por los pasillos, pero si lo pensamos, no existe una cárcel más eficiente que la que no se ve y que igualmente nos disciplina.

La vida nos cambió y al parecer vivimos ahora en una, sí, los que estamos afuera de los fríos edificios, la crisis sanitaria nos obligó a quedarnos en casa, a salir sólo en los días decretados de lo contrario tendremos una sanción y tampoco nos proveerán los víveres para llevar a casa porque el número de cédula no es el indicado para la compra ese día.

Algunos tiene la fortuna de tener balcón o patio para tomar el sol, otros solo cuentan con una pequeña ventana que filtra los rayos vitales y deben estar atentos a la hora exacta para no perder un segundo del resplandor sobre sus cuerpos, si bien no se nos controla el horario de las comidas si debemos cumplir con el horario para el teletrabajo y las clases virtuales, no tenemos visitas ni podemos hacerlas, nos preocupamos por conseguir el sustento para los nuestros y el júbilo llega al poder observar a través de una pantalla a un amigo o familiar, incluso salir a recibir un domicilio y encontrar jabón líquido o alcohol en el estante de un supermercado, al caer la noche, al igual que los cautivos dejamos aflorar nuestra angustia contenida todo el día para que nadie la perciba y después fantaseamos con un mañana diferente, un mañana sin rejas, sin disciplinamiento, sin preocupaciones, con un sol que enceguezca nuestros ojos y un aire que podamos respirar sin temor, así tengamos claro que debemos sobrellevar el mundo que nos espera pues como lo conocíamos no estará.

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba