La Economía Liberal de Petro

Resulta extraño que un semanario británico fundado a finales del siglo XIX sobre las bases del liberalismo económico de Adam Smith, The Economist, haya reconocido como la cuarta mejor economía del mundo durante el tercer trimestre de 2025 a un pequeño país, al otro lado del Atlántico, gobernado por primera vez por la izquierda, cuyo crecimiento aunque excedió las expectativas de los más optimistas creciendo de un año al otro 3.2%, se encuentra todavía lejos de la meta anual alcanzando en la sumatoria del 2025 solamente un aumentó de 2.7%.
Según eminentes economistas como lo es el primer ministro de Hacienda y hoy contradictor del gobierno Petro, José Antonio Ocampo, el crecimiento significativo del PIB hasta septiembre de 2025 correspondía a un mayor consumo privado y público, el primero de los cuales guarda relación directa con los incrementos salariales que permitieron a los empleados gastar más moviendo el aparato económico colombiano.
Esta correlación de la que poco se habla en los medios de comunicación tradicionales, fue la principal motivación para que el presidente Gustavo Petro decidiera subir el salario mínimo para el 2026 en más del 23% lo que a este mismo genio de la economía le pareció un exabrupto.
Los catastrofistas amplificados por los canales comunicativos comprometidos con los intereses de los grandes capitales han advertido que esta merecida nivelación del pago mínimo que se debe realizar a un trabajador al servicio de cualquier empresa, llevará a un desbordamiento de la inflación, es decir que todos los bienes y servicios aumentarán su valor llevando a que el dinero no alcance y que, aquellas personas que no reciben un salario por encontrarse por fuera del mercado formal, es decir los informales que en Colombia representan más de la mitad de la población laboralmente activa, tendrán que pagar más recibiendo menos.
Lo que evidenció el reconocimiento del semanario británico fue que, a pesar del aumento del gasto, la inflación se ha nivelado alrededor del 5% después de haber estado en el 14% por la crisis logística global como consecuencia de la pandemia. El reto para el próximo gobierno será llevarla al 3.8% que se tenía en el 2019 antes de la crisis sanitaria lo que sin duda resultará un poco más difícil (más no imposible) después del incremento salarial de este último año del gobierno actual.
A pesar de que en este cuatrienio pareciera que la balanza empleado – empleador se hubiera tambaleado a favor de los empleados como nunca había sucedido, la advertencia de los economistas de que un alto incremento de su pago aumentaría la informalidad ante la imposibilidad para las empresas de mantener su planta laboral intacta por su excesivo costo, lo cierto es que Colombia cerró este año con el menor nivel de desempleo de este siglo, lo que también fue reconocido por los británicos como un gran logro.
Que haya más colombianos generando ingresos para sus familias trajo otra buena noticia para el país. Un importante indicador alcanzó su menor valor desde 2012: la pobreza monetaria. Tras la emergencia sanitaria originada por el COVID, 4 de cada 10 colombianos no tenían un ingreso suficiente para cubrir sus necesidades básicas; hoy este número ha llegado al 30% que, aunque parece poco, corresponde a 1.2 millones de personas menos en la pobreza extrema o miseria en Colombia.
El candente debate que se ha suscitado en las redes sobre las implicaciones del aumento excesivo del salario mínimo para este nuevo año ha dejado al descubierto dos posiciones que bien podrían enmarcarse en las corrientes ideológicas de derecha e izquierda.
Unos piensan que lo que necesita el país es facilitarles a las empresas la generación de riqueza para que, a través de los impuestos, se mejoren las condiciones de los menos favorecidos y se brinden mayores oportunidades de trabajo que mejoren la calidad de vida de los colombianos.
Otros, que lo que hay que hacer es mejorar los beneficios para los empleados para que, a través del consumo, generen mayores ventas a las empresas y de esta manera éstas tengan mayores ingresos, paguen más altos impuestos y, por supuesto, aumenten su planta de personal de la mano del incremento de la demanda.
Ambas posiciones son sensatas y dependerá de los colombianos el rumbo que al respecto tome el país dependiendo de a quién llevemos a la Casa de Nariño. ¡Dios nos ilumine!



