La Tragedia de Armero: Memoria Familiar

El jueves 14 de noviembre de 1985 me levanté temprano y encendí las noticias, como hacía todos los días. No entendía muy bien de qué hablaban Yamid Amat y un piloto que intervenía desde la línea aérea: mencionaban algo sobre Armero. Presté atención y quedé paralizado. El piloto afirmaba que Armero —una ciudad de más de 31.000 habitantes— había desaparecido en la noche del miércoles 13 de noviembre. Una inmensa mancha de lodo cubría lo que, hasta la noche anterior, había sido una de las poblaciones más queridas y pujantes del país.
Desperté a mi hermano Juan Manuel, que vivía entonces con nosotros.
—Juanma, Armero desapareció —le dije entre sollozos.
—¿La guerrilla? —preguntó, sobresaltado.
—No, hermano. Una erupción del Nevado del Ruiz —respondí.
Nos quedamos escuchando las primeras noticias, incapaces de comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo en nuestro Tolima.
Ese mismo día salí hacia mi trabajo en el Banco del Comercio, donde reinaba una consternación absoluta. Teníamos dos oficinas en la zona afectada —Líbano y Mariquita— y nos afanábamos por localizar a nuestros empleados, pero las comunicaciones estaban completamente colapsadas. Hablé con mi mamá en Ibagué; me contó que los hospitales de la ciudad estaban en alerta máxima, esperando heridos.

En el Hospital Federico Lleras Acosta, mi hermano Juan Carlos Niño, entonces médico rural, vivió horas extremas que aún conserva con una claridad dolorosa. Él recuerda:
“Yo era médico rural del Federico Lleras. El jueves, día posterior a la tragedia, llegaron pocos pacientes, pero para el viernes, hacia las diez de la mañana, fueron tantos que hubo que acostarlos en el suelo y bañarlos con mangueras: la lava y el lodo eran muy difíciles de retirar.
Trabajamos intensamente clasificando heridos y no paramos hasta el domingo, casi sin dormir y con muy poca comida. El domingo llegó un bus con muchos médicos que nos reemplazaron.
El lunes me asignaron un pequeño hospital. Junto con el ‘Tatareto’ Robledo nos encargamos de cuidar heridas, aplicar antibióticos y reunir familias. Lloramos muchas veces, con emociones profundas: el reencuentro de padres e hijos, las malas noticias, las muertes.
Luchamos por alimentarlos; en mi Renault 4 cargaba mercados desde la Cruz Roja. Recuerdo mucho a Ibagué como una ciudad en guerra. Son vivencias que me dejaron un recuerdo triste para toda mi vida.”

Un par de días después de la tragedia, mi tío Pedro Antonio Niño también llegó a Ibagué, donde presenció una ciudad completamente sumida en el caos y el dolor. Él relata:
“Qué dolor. Mi recuerdo es muy fuerte. Estuve en Ibagué el sábado siguiente a la avalancha, dos o tres días después. La ciudad parecía una urbe en guerra. Había ambulancias por todos los lados.
Lo más dramático fue el aeropuerto, que no estaba habilitado para operaciones nocturnas. La pista estaba iluminada con antorchas. Despegamos en un vuelo de AIRES a las ocho de la noche, en un avión lleno de heridos.
Al aterrizar en Bogotá, las ambulancias se escuchaban desde la pista de El Dorado, esperando para recoger a los heridos. En el vuelo tuve al lado de mi silla, en camillas sobre el suelo, a varios sobrevivientes impregnados y quemados por la lava volcánica; sufrían muchísimo. Son recuerdos imborrables.
En Ibagué había helicópteros de la zona del Canal de Panamá colaborando en el rescate. La carretera entre Armero e Ibagué estaba llena de ambulancias. Los hospitales estaban colapsados, aunque el número de sobrevivientes era muy bajo frente a los más de veinte mil fallecidos.”
En medio de aquellos días de angustia, esperábamos noticias de un primo de mi esposa, José Luis Albornoz, quien se encontraba en pleno centro del desastre. Estaba alojado en la finca El Puente, justo en el punto donde el río Lagunilla ingresaba a Armero.
El miércoles 13 de noviembre de 1985, hacia las diez de la noche, comenzaron a escucharse ruidos ensordecedores. José Luis y su novia, Ana Sofía Rebolledo, salieron de la casa y comprendieron de inmediato lo que ocurría: el río Lagunilla venía hacia ellos con una velocidad y una fuerza descomunales.
Se subieron a un pequeño carro y tomaron la única ruta posible: la carretera hacia Cambao. Detrás de ellos, en una escena casi irreal, venía el río cada vez más cerca, arrastrando lodo, piedras y árboles. Avanzaron apenas un par de kilómetros cuando el torrente finalmente los alcanzó. Y entonces ocurrió un milagro: el carro flotó sobre la avalancha, mantenido a flote por el lodo volcánico y las rocas.
A duras penas lograron salir del vehículo y se dirigieron hacia un árbol donde decenas de sobrevivientes se aferraban a las ramas. Treparon y pasaron allí la noche, incapaces de moverse, escuchando los gritos de agonía que retumbaban en la oscuridad. Fue una noche interminable.
Con la luz del amanecer, contemplaron la magnitud del desastre. En el punto exacto de la hacienda, el Lagunilla se había estrellado contra el puente que daba nombre al lugar y se había dividido en múltiples brazos que cubrieron toda la ciudad. De manera inexplicable, la casa principal quedó en pie, protegida por estar justo en la zona donde el río se bifurcó.

José Luis y Ana bajaron del árbol, caminaron cubiertos de lodo hasta llegar a una carretera y fueron auxiliados por personas que los llevaron a Lérida. Era ya la tarde del jueves 14. Más tarde fueron trasladados a Ibagué, al Federico Lleras, epicentro de la atención de heridos. Con seguridad, allí coincidieron —sin saberlo— con mi hermano Juan Carlos, quien atendía víctimas sin descanso y que, muchos años después, sería su médico.
A pesar del horror, la noticia de que José Luis y Ana estaban vivos fue uno de los pocos momentos de alivio en medio del desastre. Con ellos hemos regresado varias veces a El Puente.
Allí, en el patio posterior de la casa principal, se levanta la imagen de la Virgen María, que permaneció intacta durante la avalancha y que aún hoy sigue en pie, cuarenta años después. Inclinarse ante ella es un recordatorio silencioso y permanente de la tragedia, de la fragilidad de la vida y de los milagros improbables que emergen en medio del dolor.

Armero significó la muerte de más de 23.000 personas, uno de los peores desastres naturales de la historia de Colombia y del mundo. Muchas familias cercanas a la nuestra sufrieron pérdidas devastadoras.
Entre ellas, la familia Ruiz de Armero, quienes habían vivido cerca de nosotros durante nuestra adolescencia en Ibagué, y que perdieron más de veinte familiares en la tragedia. Un golpe imposible de dimensionar.
1985 fue también un año que marcó profundamente mi vida en lo personal.
El año de la trágica muerte de mi padre y del emocionante nacimiento de mi hijo Daniel Humberto. El año de la muerte de mi tío Walter, y del nacimiento de tres de mis sobrinas: Andrea Niño, Andrea Sanmiguel y Deborah Nessim. El año de Lucho Herrera en el Tour de Francia y del Suramericano de Paraguay. El año del terremoto de México.
El de las grandes tragedias del Palacio de Justicia y de Armero.
Un año muy duro y, a la vez, lleno de vida. Un año que marcó para siempre mi existencia.





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