Morir dignamente, ¿Y vivir?

La eutanasia de Marta Sepúlveda, programada para ayer, fue cancelada unilateralmente por su IPS el pasado viernes. Ella, quien se encontraba feliz porque iba a dejar de ver cómo su cuerpo y su vida se deterioraban de manera irremediable con el paso de los días por culpa de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), tendrá que dar una nueva batalla para que un grupo de personas que no tienen ese padecimiento, entiendan por qué ella quiere poner fin a su vida, antes de verse sumida en una vida de dolor y dificultad y con la que, seguramente, tampoco podrá lidiar desde lo económico.
La lucha se da desde lo moral, porque hay quienes consideran que la vida es entregada por Dios y solo él debe estar en capacidad de retirarla; sin embargo, también hay quienes piensan que cada uno de nosotros, gracias al libre albedrío, debe tener la posibilidad de decidir en casos especiales que afectan la calidad de vida, si se quiere continuar con ésta o no. Infortunadamente, aunque se ha presentado en tres oportunidades el proyecto, el Congreso aún no saca una ley que regule la eutanasia, ni existe resolución de ningún Ministerio para tal fin.
Y aunque espero que el caso de Marta se resuelva de la mejor manera posible para ella y su familia, ante tantas manifestaciones en redes sociales por una decisión que considero personal y que solo afecta a una familia me pregunto: ¿la ausencia de vida digna para todos, realmente nos indigna tanto? Los niños en la Guajira que mueren por desnutrición, ¿nos preocupan igual que la decisión de Marta? La seguridad, cada vez más perdida en nuestras ciudades, ¿está dentro de nuestro alto nivel de inconformidad? Los incumplimientos de nuestros políticos, ¿nos afectan tanto como lo que una persona decidió para su vida?
La eutanasia debe reglamentarse para que puedan acceder a ella las personas que padecen una enfermedad terminal o crónica que les impide llevar una vida de manera digna, pero lo que definitivamente necesitamos reglamentar es el nivel de interés y capacidad de acción por nuestra propia vida, por nuestro propio entorno, por las acciones u omisiones que nos afectan de manera directa. No podemos seguir construyendo una sociedad sobre unos valores que solo miran hacia el lado que más conviene.




