Pánico

Como una relación tóxica de esas que te destruyen por dentro y te vuelven loco; como una escena de horror que se repite y se repite y parece que no tiene fin; como ese miedo que te sembraron desde que eras un niño; como las sombras de la noche y el ruido de los pájaros nocturnos… así es el pánico que se siente hoy en día… pánico que tiene ahora un nuevo nombre: Omicron.
Entonces, los abrazos y los besos desaparecen por completo y la gente se mira con desprecio. Entonces, el horror en las miradas y el actuar extraño son de nuevo lo que podemos percibir en propios y foráneos.
Entonces, al amor le han puesto una vez más tapabocas porque dicen que, aunque estamos vacunados, la muerte sigue suelta y hace de las suyas como lo haría Pedro por su casa o la mía. Nos muestran cifras sin mostrarlas y las sustentan la televisión, la prensa y la radio.
Entonces, la misma melodía siniestra en esta tierra fría y sin amor, se escucha en cada rincón; los amigos se escondieron, recogieron la mesa y el pavo se perdió. Se han vuelvo a escuchar los nefastos rumores, el chisme de corrillo: “esos fulanos tienen Covid, no te acerques a ellos”.
¡Pánico! es el título de una canción que ahora nos cantan con fuerza y que se nos clava en los odios y hasta en el corazón.
¡Pánico! Que se cierren las puertas, que vuelve una vez más la restricción. La temperatura sigue bajando y la nieve se derrite con el sol; la población entera enloqueció, vuelve el hambre y la guerra del papel higiénico y mientras tanto, allá arriba, se las ingenian para que todos se apliquen la inyección que los hará libres, sin pensar ni por un momento en sus efectos secundarios.
Como una relación tóxica, de esas que te destrozan el alma y el corazón, nos volvieron a vender el pánico, ahora con un nuevo nombre: Omicron. Y más adelante, teniendo esta maravillosa fórmula mágica, vendrán más y más pánicos con nuevos nombres, con nuevos síntomas, con nuevas restricciones, con nuevas leyes que lo único que quieren es inyectarnos el terror en la sangre y en el cerebro.
Somos, indiscutiblemente, conejillos de indias a merced de un grupo de desalmados que cuando quieren y sin que nadie les pueda decir nada, aprietan el botón.



