Opinión

¿Quién le pone ‘coto’ a Verónica?

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

Aunque es una expresión muy coloquial, no deja de ser cierta. ¿Cuál es el misterio que envuelve a Verónica Alcocer, que le permite vivir al otro lado del mundo, mientras funge como primera dama de nuestro país? ¿Cómo solventa ese ritmo de vida? Si su sustento proviene de nuestros impuestos, ¿quién se encarga de poner los límites?

Muchas suspicacias genera que Alcocer haya decidido refugiarse en Estocolmo, Suecia, posterior a que se evidenciara la separación por parte del mismo Petro. Pero más dudas quedan en el ambiente cuando es a ese país, al que se le compran unos aviones que, según se dice, no son los que necesitamos, y que costarán la módica suma de 16 billones de pesos.

Es claro que sobre la separación en sí, no hay nada de qué hablar. Es un tema personal que ellos tienen que resolver, pero, ¿por qué engañar a los colombianos, haciéndonos creer que eran una familia, una pareja, cuando ya no había ningún vínculo? ¿Por qué hacer que, con los impuestos del país, solventemos la vida de lujo de la señora Alcocer, cuando ni siquiera, son ‘excesos’ de primera dama? ¿A quién y cómo le reclamamos el dinero gastado en cosas que no aportan al crecimiento o desarrollo de Colombia? Porque no estamos hablando de una ida a Panaca con las amigas, hablamos de una nómina de lujo para su vida de lujo.

No es sensato que, un país con tantas necesidades, tenga que escuchar primero que, con su oro, el presidente pretende ayudar a los niños en otro lado del mundo, cuando no ha sido capaz de darle la mano a los que tiene en su territorio y sufren de hambre, desnutrición y falta de estudio. Segundo, que la primera dama no es la primera dama, porque no cumple con los requisitos básicos para serlo y, aparte de eso, lleva 3 años gastando a manos llenas dentro y fuera del país, mientras el presidente busca cómo hacer una nueva reforma tributaria camuflada, excusado en programas sociales y de ayuda a los necesitados, cuando los principales necesitados son ellos: ella, quien necesita estar fuera del país, seguramente porque no soporta estar cerca de él y él, quién necesita tenerla fuera para tenerla contenta y evitar que esté por ahí, quizás, hablando de más y contando lo que pasa al interior de su hogar.

No perdamos de vista que, si hay alguien que sepa qué pasó en campaña y pueda reconfirmar todo lo dicho en algún momento por Nicolás Petro, es Verónica Alcocer. Casados o no, enamorados o no, ella fue la persona que lo acompañó durante toda la campaña y es muy seguro que está al tanto de todos los pormenores de todo. Motivos para invertir en ella hay… Y como ha sido tradicional en este Gobierno, todo el que tiene algo qué decir, ha sabido poner su precio para mantenerse en silencio. Así ha ocurrido con Armando Benedetti, hoy ministro del Interior; Laura Sarabia, embajadora en Londres; Juliana Guerrero, a la que hasta graduaron de profesional para poderle dar el cargo que querían. Lástima que alguien con sensatez, la congresista Jennifer Pedraza, se atravesó en el camino y detuvo la debacle de la juventud. Porque este gobierno, ya no sólo paga a los jóvenes «por no matar», sino que, además, los patrocina para que no estudien y delincan, exhibiendo títulos falsos.

Este capítulo es otra clara muestra de que no tenemos un gobierno de cambio que se enfoca en la construcción, en las oportunidades. Por el contrario, es un gobierno donde ‘el saber’ que vale no es el del conocimiento, de la preparación, de la capacidad de construir nuevas formas para derribar obstáculos, sino, ‘el saber’ de conocer secretos ajenos, de poseer información que puede interesar a otros y destruir a muchos.

Ponerle límite a Verónica no es posible desde Casa de Nariño, porque es necesario tenerla contenta, conforme, ajena a la realidad, para evitar que pueda ir por ahí, hablando de más. Ya lo vivieron los Petro con Daysuris Vásquez, la ex de Nicolás, quien, por despecho, no tuvo reparo en salir a contarle al país y a la justicia todo lo que pasaba al interior de su hogar. Ya suficiente riesgo corrieron con lo de Panamá, evidenciando ante el país que ese matrimonio no funciona y que al presidente ‘le importa cinco’ si ella es la madre de sus hijas, porque lo importante son ‘los gusticos’ que se da con el erario.

Pobre Verónica, desde todo punto de vista, sin que nadie le dé su lugar, sin verdaderos afectos a su alrededor y, lo más grave, con un corazón vacío que sólo se llena a punta de dinero, dinero que ni siquiera produce sino, que les quita a los colombianos.

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