Sembrar un país juntos

También hubiera podido titular esta columna: Desasosiego. O, La incapacidad que hemos demostrado los colombianos para consolidar un proyecto capaz de acabar con la polarización del país.
¿Por qué?
Porque somos soberbios.
No somos capaces de ponernos en el lugar del otro. De reconocer que las preocupaciones, los miedos y los reclamos del otro son tan genuinos y legítimos como los nuestros.
No hemos sabido explicar que no es probable que Colombia se convierta en “otra Venezuela”, porque no hemos escuchado bien a quienes temen que eso suceda, y ese miedo —aunque alimentado por desinformación— nace de una realidad: la incertidumbre y la desconfianza en nuestras instituciones.
Pero tampoco hemos admitido que no vamos a resolver, de la noche a la mañana, los problemas de una sociedad que lleva siglos construyéndose. Mucho menos si seguimos señalando sólo a un puñado de culpables y que hacerlo de esa manera puede resultar muy peligroso.
Caemos en promesas que ofrecen soluciones inmediatas, como si bastara un discurso o un decreto para reparar siglos de desigualdad.
Nos cuesta aceptar que quien vota diferente no lo hace por ignorancia o maldad, sino porque vive una realidad distinta.
Hemos caído en nuestros prejuicios. Ignoramos que, detrás de cada alarma y de cada promesa, hay intereses particulares —de campaña, de poder, de miedo. Y hemos cometido el error de enfocarnos más en los problemas que en sus soluciones.
Tenemos un país inmensamente rico en recursos naturales, en diversidad cultural, en talento humano. Si dirigiéramos nuestra energía a construir soluciones reales —colectivas y sostenibles—, podríamos resolver mucho más de lo que creemos. Si fuimos capaces de llegar a la luna, también podemos con esto.
Todos, en algún momento, hemos preferido defender una idea antes que escuchar una verdad ajena. Pero todos podemos cambiar. Todos podemos abrir un espacio para el diálogo, para el encuentro y para la construcción.
Pongámonos de acuerdo en algo: sí es posible que todos tengamos vidas dignas.
Y es urgente empezar a pensar —juntos— cómo lograrlo.
No se trata de salvar un país, sino de sembrarlo entre todos, para que crezca con raíces compartidas.



