Historias

«Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma»

Martha Lucía Barbieri

Comunicadora Social -Yo soy la que soy –

Hace unas semanas me debatía pensando si mi hija iría al colegio de forma presencial o permanecería otro año escolar en la virtualidad. Partiendo de lo que sería lo mejor para ella y la familia, esta decisión, aunque consensuada finalmente iba a recaer en mí, sería yo quien tendría la última palabra.

No siempre he decidido, hay ocasiones en las que alguien más ha elegido en mi lugar, en una oportunidad una persona tomó una decisión importante por mí, fue una elección amorosa y de buena voluntad, sin embargo, debió ser mi elección y no es ni en sueños, la que yo hubiera determinado, confieso que en ese momento me faltó firmeza y arrojo para agarrar otra opción.

Desde nuestra infancia hacemos pequeñas elecciones y en todos los ámbitos de la vida estamos decidiendo: en el político, en el económico, en el sentimental, en la salud y en el día a día; sin embargo, como adultos con responsabilidades nuestras decisiones personales casi siempre están basadas en un bien común o ligadas a éste y en la mayoría de los casos hacemos lo que creemos que es mejor para nosotros y quienes nos rodean. Algunos, claro, piensan principalmente en su propio beneficio. Hay decisiones individuales, colectivas o de familia, éstas dejan consecuencias cuyos resultados se perciben con el tiempo y así sabremos qué tan acertados fuimos. No siempre haremos lo correcto, las equivocaciones son importantes, cometer errores es necesario.

Foto Comicaina

Las decisiones definen en parte nuestro futuro y el de los más cercanos, alteran de manera directa o indirecta a los demás. Sin embargo, me llamó la atención un artículo que leí hace unas semanas, allí explican que investigadores simularon un viaje en el tiempo mediante un ordenador cuántico, descubriendo que los cambios en el pasado resultan insignificantes al volver al presente. En palabras más claras, su vida sería más o menos la misma que es ahora, si sus elecciones pasadas hubiesen sido distintas.

No todas nuestras decisiones tienen el mismo impacto, trascendencia y relevancia. Distinto es satisfacer un deseo inmediato como ir a una pastelería y escoger entre una variedad de postres, panes y tartas, lo cual ya es difícil para algunos (como para mí que soy golosa), a hacer una elección que trascienda en el tiempo y que de ella además se deriven otras. Ahora bien, lo que para varios pueden ser elecciones obvias y simples, para otras personas puede significar un dédalo de dudas. En algún momento para mí fue muy sencillo decirle a alguien que dejara a su esposo maltratador, esa persona ha vacilado porque ha tenido que sopesar varios aspectos, incluido el económico. Nos puede suceder entonces que no estemos de acuerdo con una elección de alguien cercano: respetar y entender, eso es lo enrevesado.

A diario tomamos elecciones y dudamos cuando van más allá de un definido gusto personal; yo elijo si tomo té, café o chocolate en las mañanas, pero para mí está bastante clara la elección. Sin embargo, el simple hecho de levantarse de la cama sin vacilar (o vacilando), escoger la ropa que va a usar, determinar si enviar un mensaje o no, aceptar una invitación, tener la iniciativa y el valor de decirle a alguien que lo quiere, empezar algo, todo esto es parte de la cotidianidad para la mayoría de nosotros. No obstante, conozco personas que no pueden decidir qué almorzar simplemente porque no tienen con qué hacer o pagar un almuerzo y también a quienes no pueden decidir qué almorzar, porque alguien más en su casa es quien costea el mercado y define hasta lo que van a cocinar.

Probablemente se ha debatido sobre qué es lo mejor, qué camino u opción tomar y ha puesto situaciones en una balanza haciendo equilibro entre lo que quiere y debe, entre lo que le dicta el corazón y lo que le dice la conciencia. Seguramente alguna vez ha dicho que debe consultarlo con su almohada y si tiene varias almohadas, tal vez ya se encuentra con varias opiniones y se confunde más. Puede que posponga el momento de decidir o sea de aquellos que busca un consejo.

Quizás le cuesta elegir qué película de Netflix va a ver el fin de semana, qué camisa comprar, posiblemente se ha debatido entre dos trabajos, entre dos lugares o entre dos amores. Tal vez decidió (o no) su maternidad o paternidad. Hay parejas que no han decidido separarse por el impacto que esto generaría en su círculo, por los hijos, por temas financieros, aunque interiormente su decisión está muy diáfana y en definitiva o no quieren estar juntos o hay algo que no los satisface por completo y no han logrado avanzar al siguiente paso porque prima el compromiso y la responsabilidad. «Un cura jamás abandona su iglesia», diría un amigo que vive en su zona de confort en la cual tiene una familia para «mostrar», comida en casa, sexo asegurado, vacaciones cada año y una sensación de malestar permanente, pues siente que está con la persona equivocada. Su balanza se inclina entonces hacia sus responsabilidades y no a la determinación, es su decisión.

Imagine por un momento tomar con coraje y valentía una decisión pensando exclusivamente en usted ¿Qué haría?

Tomar decisiones es hacerse responsable de las mismas, no pueden dejarse al azar y ser una moneda lanzada al aire. Quedaron en mí grabadas las palabras de un profesor de mi facultad: «escoger es renunciar a lo demás«, decía él, seguro parafraseando a Italo Calvino cuando expresaba que no hay diferencia entre el acto de elegir y el acto de renunciar. En ese momento entendí que la decisión perfecta no existe, porque siempre tendremos que dejar o abandonar algo (que también queremos), asumir cierta perdida y no siempre están en equilibrio la fuerza del corazón y de la razón. Su corazón lo sabe, casi siempre lo sabe, ese primer impulso debería ser la elección y sin embargo, es por él que casi nunca nos inclinamos.

¿Cambiaría alguna decisión importante de su pasado? Seguramente no, porque si fue un desacierto finalmente eso hace parte de que usted sea lo que es en este momento. De pronto no se habría iniciado en algún vicio, habría realizado algún deporte o pasatiempo, pero finalmente     qué es más fácil viajar atrás o seguir adelante? Si usted dice que habría estudiado más, habría aprendido un instrumento, habría sido más arriesgado etc., yo le digo: hágalo ahora, que todavía está a tiempo para lo que sea y deje de cuestionarse sobre qué hubiese pasado sí…

En este jueves de volver a lo que fue, lo que es, lo que siempre será… les dejo este poderoso verso de William Ernest Henley: «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma«, lleve el timón de sus decisiones, sea el capitán de su alma y no permita que nadie lo haga por usted, ni la vida o las circunstancias.

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