Opinión

Un país que no cree Y que debemos escuchar, como Jesucristo nos enseñó

Sara Moreno Ruiz

Sara Moreno Ruiz

Columnista Invitada

Después de que Simón Bolívar liberó a Colombia del dominio español, sus ideas de igualdad social fueron rápidamente olvidadas.

En la recién independizada Colombia, no hubo muchos cambios. La sociedad permaneció altamente estratificada: los herederos de los españoles se mantuvieron en la cima, y casi todos los demás quedaron por debajo. Esto se puede reconocer hoy en día en cualquier ciudad del país, en el fenotipo de las clases sociales: las más altas son más parecidas a nuestros ancestros españoles, y las más bajas a quienes habitaron primero este territorio y a los traídos de África como esclavos.

En este rígido sistema de clases, la disparidad entre los que tenían y los que no era enorme, con la riqueza extrema contrastando con la pobreza extrema. Aunque ha habido cierto movimiento social, este ha sido muy lento. Mientras unos sectores de la población han tenido históricamente acceso a viviendas cómodas y lujosas, servidumbre, buena alimentación y casas de recreo; educación bilingüe y en el exterior, viajes por el mundo, buenas posiciones laborales y sociales, clubes privados, “buenos apellidos”, ropa de marca, autos de lujo, lanchas y yates, otros no; y una gran parte vive en la miseria.

No hay que ser un “resentido social” para darse cuenta. Basta con salir de los tres estratos más altos de cada ciudad. Leer historia, revisar algunas estadísticas y ojear las páginas sociales de las revistas y periódicos. Por eso, cuando ciertos actores políticos y sociales hacen análisis de la situación económica del país —rodeados de las colecciones de sus bibliotecas, con sus camisas relucientes y elegantemente planchadas en la tintorería o por la mujer que se ocupa de la limpieza— hay un país que los escucha con desconfianza.

Ese país tan desigual que somos, es también un país profundamente católico. Otra herencia española. Uno con la mayor cantidad de practicantes entre las naciones colonizadas por España. En lugar de despreciar el sentimiento de quienes, con razón, sienten desconfianza y de enemistarnos con ellos, deberíamos escucharlos con bondad y hacer un esfuerzo por comprenderlos. Bien nos dicen las canciones de la iglesia en la que celebramos nuestros principales acontecimientos, que “debemos amarnos de corazón, no solo de labios y de oídos. Para que cuando Cristo venga, nos encuentre preparados.”

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