Opinión

Verónica en su laberinto

Sara Moreno Ruiz

Sara Moreno Ruiz

Columnista Invitada

Vi toda la entrevista que le hizo Vicky Dávila a Eva Ferrer. Confieso que me parecía estar escuchando a (casi) cualquier político, en cualquier campaña, denunciando delitos de otros políticos en la misma campaña, mientras se pontificaba. Al principio, estás denuncias me escandalizaban: ¿Cómo así que fulanito hace eso? ¿Cómo así que tiene nexos con tal y con pascual, acusados de todo? Corrupción, coimas, narcotráfico, paramilitarismo y, en algunos casos, hasta asesinatos. Le ves la cara al acusado y no te lo puedes creer; sobre todo porque, como suele suceder en la política, al tiempo que el político es, presuntamente, culpable de todo eso, también reza. Pero te empiezas a preocupar, a investigar y, claro, a desconfiar.

Después, el acusado te viene con las mismas denuncias. El malo es él. Pregúntale a fulano, pero créele a quien tú quieras, te dice. Y tú, la verdad, es que ya no sabes qué creer. Cualquiera podría ser culpable, pero también inocente.

Denuncias van y denuncias vienen. Algunas incluso trascienden a los periódicos. Cualquier día, sin embargo, los ves abrazados en los mismos periódicos. Celebrando alianzas, nombramientos, etc. Yo, con todo y que soy amiga de arrepentirse, de perdonarse y de hacer la paz, comprendo en ese momento que no era el delito lo que les preocupaba, sino que no se estuvieran cumpliendo sus intereses.

Sin ser ingenuos, todo eso hay que presupuestarlo en la política. De los propósitos que uno tiene a cumplirlos hay un laberinto de intrigas, de mentiras y de delitos. Hay quienes hacen parte de ellos. Hay quienes se detienen ante ellos. Hay quienes pasan por un ladito, sabiendo que hay que llegar al otro lado para, desde allá, ayudar a cambiar las cosas. En ese laberinto estuvieron, y todavía están, Eva y Verónica. Cada una con sus particularidades.

No conozco a la señora Eva, pero me estoy formando una impresión de ella. Todo lo que vio y lo que supo lo calló mientras no estuvo en contra de sus intereses. Quizás para «llegar al otro lado». Lo cierto es que los tiempos y la ligereza de sus declaraciones la dejan a ella y a la revista como unas simples chismosas.

Tengo amigas en común con Verónica. Sé de sus excesos. Verónica no es una mujer discreta. Es una mujer emocional de muchas maneras, pero nada de eso es un delito. Dice Eva que es una mujer ambiciosa. No lo dudo: hemos mamado de aspirar a ser reinas de belleza, famosas, ricas, exitosas. La ambición desmedida en Verónica no sería nada nuevo. Aunque sí problemático. Movida por ella, Verónica pudo haber participado, en lugar de detenerse o pasar por un ladito, en los delitos que integran el laberinto de la política. No tengo ninguna duda, eso sí, de que haya participado en las intrigas y en las mentiras. Pero esto último no constituye tampoco un delito.

Lo cierto es que lo que más debería preocuparnos no son Eva ni Verónica. Sabemos que el interés de la revista es el rating. Lo que más debería preocuparnos son las circunstancias de la política. El estado del laberinto. No tanto las personas, sino los valores. La ambición desmedida. Los vacíos con los que tienen que lidiar y las circunstancias emocionales y mentales que los llevan a perpetuar el estado del laberinto.

Adenda

Me llamó la atención que Eva dijera que Verónica no podía leer. Me la imaginé en el colegio, obligada a leer, queriendo salir a bailar, por ejemplo. Esa incapacidad del sistema educativo de reconocer los talentos de sus estudiantes puede crear vacíos que luego se intentan llenar con vicios.

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