Historias

A 40 años de la masacre de Tacueyó, un episodio oscuro que sigue interpelando la memoria del país

Con los primeros rayos del sol se disipó la espesa neblina que cubría un campamento guerrillero en el corregimiento de Tacueyó, municipio de Toribío (Cauca). Allí, a finales de 1985, una pequeña comisión armada del M-19 confirmó lo que hasta entonces eran rumores: en un enclave del grupo disidente “Ricardo Franco” se estaba perpetrando una tragedia de dimensiones inimaginables.

La información inicial, entregada por campesinos y combatientes desertores, llevó a Carlos Pizarro, entonces comandante del M-19, a asumir personalmente la tarea de verificar lo ocurrido. El M-19 mantenía en la zona una alianza táctica con esta guerrilla naciente, creada en 1983 por exmiembros de las Farc que se habían separado tras un conflicto interno. Su líder era José Fedor Rey, conocido como Javier Delgado, antiguo militante de las Juventudes Comunistas y hombre cercano al Secretariado de las Farc.

Lo que se constató fue una escena trágicamente surrealista. Combatientes del propio grupo eran reducidos, encadenados y sometidos a torturas inhumanas bajo la acusación de ser infiltrados del enemigo. Jóvenes, muchos de ellos menores de edad, eran forzados a “confesar” supuestos vínculos con la inteligencia militar o la CIA. Estas confesiones, arrancadas bajo tormento, servían para señalar a nuevos sospechosos, en una espiral que terminó con el asesinato de cerca de 200 guerrilleros.

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Muy pocos sobrevivieron. Uno de ellos, a quien se identifica como Gabriel, relató que tenía menos de 15 años cuando fue reclutado. “Javier Delgado me acusó de ser coronel del Ejército. Me hicieron cavar un hueco para enterrarme vivo. Estuve días bajo tierra, golpeado, sin poder respirar”, contó. Según su testimonio, las ejecuciones comenzaron en un sitio conocido como El Silencio, en Corinto, poco después de la toma del Palacio de Justicia.

La llegada del M-19 al campamento evitó más muertes, pero fue demasiado tarde. Pizarro intentó capturar a Delgado, quien ya había huido. Años después, los interrogantes persisten. No existe una explicación única y verificable sobre lo ocurrido. Las hipótesis van desde paranoia colectiva, consumo de sustancias psicoactivas e infiltración de inteligencia militar, hasta la posibilidad de un plan deliberado de autodestrucción del grupo.

La llamada masacre de Tacueyó, que se extendió hasta enero de 1986, sigue siendo un hecho único en la historia del conflicto armado colombiano. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV) ha intentado ofrecer una lectura compleja de estos hechos, mientras que la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD) trabaja en la localización de los cuerpos de al menos 164 combatientes.

Más allá de las explicaciones, el episodio plantea una pregunta profunda: ¿qué lleva a que, incluso en la guerra, nadie se rebele ante la atrocidad? A cuatro décadas de distancia, Tacueyó continúa siendo una herida abierta y un recordatorio de que ni siquiera en medio del conflicto armado es admisible despojar al otro de su condición humana.

Texto basado y editado a partir del libro Memorias de abril (Editorial Planeta, 2010).

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